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Cómo Hacer Frente a un Punto de Doctrina Controvertido

Por Elena G. de White.
 

NECESITAMOS entender el tiempo en que vivimos. No lo entendemos ni a medias. No lo aceptamos ni a medias. Mi corazón se conmueve dentro de mí cuando pienso en el enemigo al que tenemos que hacer frente, y en cuán pobremente estamos preparados para eso. Las vicisitudes de los hijos de Israel y su actitud justamente antes de la primera venida de Cristo me han sido presentadas vez tras vez para ilustrar la posición del pueblo de Dios en su experiencia antes de la segunda venida de Cristo: cómo el enemigo se valía de cada oportunidad para dominar las mentes de los judíos y cómo hoy está procurando cegar las mentes de los siervos de Dios para que no puedan discernir la preciosa verdad. Cuando Cristo vino a nuestro mundo, Satanás dominaba el terreno, y disputó cada centímetro en la senda de Cristo desde el pesebre al Calvario. Satanás había acusado a Dios de que requería abnegación de los ángeles, cuando él mismo no sabía nada de lo que significaba, y cuando él mismo no haría ningún sacrificio por otros. Esta fue la acusación que  Satanás hizo contra Dios en el cielo. Y después de que el maligno fue expulsado del cielo, él continuamente acusó al Señor de que imponía un servicio exigente que él mismo no estaba dispuesto a prestar. Cristo vino al mundo para hacer frente a esas falsas acusaciones y para revelar al Padre. No podemos concebir la humillación que sufrió al tomar nuestra naturaleza sobre sí. No que el acto en sí de pertenecer a la raza humana fuera una desgracia, pero Cristo era la Majestad del cielo, el Rey de la gloria y se humilló a sí mismo para convertirse en una criatura y sufrir las necesidades y aflicciones de los mortales. Se humilló no a la posición más elevada para ser un hombre de riquezas y poder, sino que aunque era rico, por nosotros se hizo pobre para que pudiéramos ser hechos ricos por su pobreza. Dio paso tras paso en su humillación. Fue arrojado de una ciudad a otra, pues los hombres no querían recibir la Luz del mundo. Estaban perfectamente satisfechos con su posición.

Cristo había dado preciosas gemas de verdad, pero los hombres las habían envuelto con los andrajos de la superstición y el error. Les había impartido las palabras de vida, pero no vivieron de cada palabra que sale de la boca de Dios. Vio que el mundo no podía hallar la Palabra de Dios, porque estaba oculta por las tradiciones de los hombres. Vino para colocar delante del mundo la importancia relativa del cielo y de la tierra, y para poner la verdad en el lugar que le corresponde. Sólo Jesús podía revelar la verdad que era necesario que conocieran los hombres a fin de que pudieran obtener la salvación. Sólo él podía colocarla en el marco de la verdad, y fue su obra liberarla del error y presentarla delante de los hombres en su luz celestial.

Satanás se sintió movido a oponerse a Cristo, porque ¿acaso no había hecho todo lo posible desde la caída para hacer que la luz pareciera tinieblas y las tinieblas luz? Mientras Cristo procuraba presentar delante de la gente la verdad  en su debida relación con la salvación, Satanás obraba mediante los dirigentes judíos y les inspiraba enemistad contra el Redentor del mundo. Ellos se determinaron a hacer todo lo que estuviera en su poder para impedir que hiciera una impresión sobre la gente.

¡Cómo anhelaba Cristo exponer a los sacerdotes los mayores tesoros de la verdad, cómo ardía su corazón por eso! Pero la mente de ellos se había plasmado en un molde tal, que era casi imposible revelarles las verdades relativas al reino de Cristo. Las Escrituras no habían sido leídas correctamente. Los judíos habían estado esperando el advenimiento del Mesías, pero habían pensado que debía venir en toda la gloria que lo acompañará en su segunda aparición. Porque no vino con toda la majestad de un rey, lo rechazaron completamente. Pero no sólo lo rechazaron porque no vino rodeado de esplendor. Fue porque era la encarnación de la pureza, y ellos eran impuros. Anduvo por la tierra como un varón de integridad inmaculada. Un personaje tal, en medio de la degradación y el mal, no estaba -  en armonía con los deseos de ellos, y fue ultrajado y despreciado. Su vida impecable brillaba sobre los corazones de los hombres y les descubría la iniquidad en su carácter odioso.

El Hijo de Dios fue asaltado a cada paso por los poderes de las tinieblas. Después de su bautismo, fue llevado por el Espíritu al desierto y sufrió la tentación durante cuarenta días. Me han llegado cartas que afirman que Cristo no podría haber tenido la misma naturaleza que el hombre, pues si la hubiera tenido, habría caído bajo tentaciones similares. Si no hubiera tenido la naturaleza del hombre, no podría ser nuestro ejemplo. Si no hubiera sido participante de nuestra naturaleza, no podría haber sido tentado como lo ha sido el hombre. Si no le hubiera sido posible rendirse ante la tentación, no podría ser nuestro ayudador. Fue una solemne realidad que Cristo vino para reñir las  batallas como hombre, en lugar del hombre. Su tentación y victoria nos dicen que la humanidad debe copiar el Modelo. El hombre debe llegar a ser participante de la naturaleza divina.

La divinidad y la humanidad unidas en Cristo

La divinidad y la humanidad estaban combinadas en Cristo. La divinidad no se degradó hasta la humanidad. La divinidad mantuvo su lugar, pero la humanidad, estando unida con la divinidad, resistió la más tremenda prueba de la tentación en el desierto. El príncipe de este mundo vino a Cristo después de su largo ayuno, cuando estaba hambriento, y le sugirió que ordenara que las piedras se convirtieran en pan. Pero el plan de Dios, ideado para la salvación del hombre, disponía que Cristo conociera el hambre y la pobreza, y cada aspecto de la experiencia del hombre. Resistió a la tentación mediante el poder que puede tener el hombre. Se aferró del trono de Dios, y no hay un hombre o mujer que no pueda tener acceso a la misma ayuda mediante la fe en Dios. El hombre puede llegar a ser participante de la naturaleza divina. No vive una sola alma que no pueda pedir la ayuda del cielo en la tentación y la prueba. Cristo vino para revelar la fuente de su poder a fin de que el hombre nunca necesitara depender de sus capacidades humanas desvalidas.

Los que desean vencer deben esforzar al máximo cada facultad de su ser. Deben angustiarse sobre sus rodillas ante Dios, en procura del poder divino. Cristo vino para ser nuestro ejemplo y para hacernos saber que podemos ser participantes de la naturaleza divina. ¿Cómo? Habiendo escapado de la corrupción que está en el mundo por la concupiscencia. Satanás no ganó la victoria sobre Cristo. No holló con su pie el alma del Redentor. No tocó la cabeza, aunque lastimó el talón. Con su propio ejemplo, Cristo puso en evidencia que el hombre puede mantenerse  íntegro. Los hombres pueden tener un poder para resistir el mal: un poder que ni la tierra, ni la muerte, ni el infierno pueden vencer; un poder que los colocará donde pueden llegar a ser vencedores como Cristo venció. La divinidad y la humanidad pueden combinarse en ellos.

Fue la obra de Cristo presentar la verdad en el marco del Evangelio y revelar los preceptos y principios que había dado al hombre caído. Cada idea que presentó Cristo era propia de él. No necesitó tomar prestados los pensamientos de nadie, porque era el originador de toda verdad. Podía presentar las ideas de los profetas y de los filósofos, y preservar la originalidad de él, pues era suya toda la sabiduría. El era el manantial, la fuente de toda verdad. Llevaba la delantera a todos, y por su enseñanza llegó a ser el dirigente espiritual para todos los siglos.

Fue Cristo el que habló mediante Melquisedec, el sacerdote del Dios altísimo. Melquisedec no era Cristo, sino la voz de Dios en el mundo, el representante del Padre. Y Cristo ha hablado a través de todas las generaciones del pasado. Cristo ha guiado a su pueblo y ha sido la luz del mundo. Cuando Dios eligió a Abrahán como un representante de su verdad, lo sacó de su país, lo separó de su parentela, y lo apartó. Deseaba modelarlo de acuerdo con el modelo divino. Deseaba enseñarle de acuerdo con el plan divino. No había de estar sobre él el modelo de los maestros del mundo. Había de ser enseñado en la forma de guiar a sus hijos y a su casa tras sí, que guardaran los caminos del Señor, que hicieran justicia y juicio. Esta es la obra que Dios quiere que hagamos. Quiere que entendamos cómo gobernar nuestras familias, cómo manejar a nuestros hijos, cómo dirigir nuestros hogares para que guarden el camino del Señor.

Juan, llamado a una obra especial

Juan fue llamado a hacer una obra especial. Había de  preparar el camino del Señor y enderezar sus veredas. El Señor no lo envió a la escuela de los profetas y rabinos. Lo apartó de las asambleas de los hombres y lo llevó al desierto para que pudiera aprender de la naturaleza y del Dios de la naturaleza. Dios no quería que él tuviera el molde de los sacerdotes y magistrados. Fue llamado a hacer una obra especial. El Señor le dio su mensaje. ¿ Fue a los sacerdotes y magistrados y les preguntó si podía proclamar su mensaje? No. Dios lo apartó de ellos para que no fuera influido por su espíritu y enseñanza. Era la voz que clamaba en el desierto: "Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane. Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; porque la boca de Jehová ha hablado" (Isa. 40: 3- 5). Este es precisamente el mensaje que debe ser dado a los nuestros. Estamos cerca del fin del tiempo, y el mensaje es: Preparad el camino del Rey; quitad las piedras; alzad pendón a los pueblos. El pueblo debe ser despertado. No es tiempo ahora de pregonar paz y seguridad. Se nos exhorta: "Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob su pecado" (Isa. 58: 1).

La luz de la gloria de Dios brilló sobre nuestro Representante y ese hecho nos dice que la gloria de Dios puede brillar sobre nosotros. Con su brazo humano, Jesús rodeó a la raza humana, y con su brazo divino se aferró al trono del Infinito, relacionando al hombre con Dios y a la tierra con el cielo. Debe caer sobre nosotros la luz de la gloria de Dios. Necesitamos la santa unción de lo alto. No importa cuán inteligente o cuán instruido sea un hombre, no está calificado para enseñar a menos que se aferre firmemente del Dios de Israel. El que esté relacionado con el cielo hará las obras de Cristo. Por fe en Dios, tendrá poder para conmover a la humanidad. Irá en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Si el poder divino no se combinara con el esfuerzo humano, yo no daría un ápice por todo lo que podría hacer el más grande de los hombres. Falta el Espíritu Santo en nuestra obra. Nada me alarma más que ver el espíritu de desavenencia manifestado por nuestros hermanos. Estamos en terreno peligroso cuando no podemos unirnos como cristianos y examinar cortésmente los puntos controvertidos. Siento el deseo de huir del lugar, no sea que reciba el molde de aquellos que no pueden investigar sinceramente las doctrinas de la Biblia.

Los que no pueden examinar imparcialmente las evidencias de una posición que difiere de la suya, no son idóneos para enseñar en departamento alguno de la causa de Dios.  Lo que necesitamos es el bautismo del Espíritu Santo. Sin esto, no estamos más capacitados para ir al mundo de lo que estuvieron los discípulos después de la crucifixión del Señor.  Jesús conocía su desamparo y les dijo que permanecieran en Jerusalén hasta que fueran investidos con el poder de lo alto. Cada maestro debe ser un alumno para que sus ojos puedan ser ungidos a fin de que vean las evidencias de la verdad de Dios que avanza.  Los rayos del Sol de justicia deben brillar en su propio corazón si quiere impartir la luz a otros.

Nadie puede explicar las Escrituras sin la ayuda del Espíritu Santo. Pero cuando recibáis la Palabra de Dios con un corazón humilde y dócil, los ángeles de Dios estarán a vuestro lado para impresionaros con las evidencias de la verdad.  Cuando el Espíritu de Dios descanse sobre vosotros, no habrá sentimientos de envidia o celos al examinar la posición ajena.  No habrá un espíritu de acusación y crítica, tal como Satanás inspiró en el corazón de los dirigentes judíos contra Cristo. Como Cristo dijo a Nicodemo, así también os digo: "Os es necesario nacer de  nuevo". "El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios" 482 (Juan 3: 7, 3). Debéis tener el molde divino antes de que podáis discernir los sagrados requerimientos de la verdad.  A menos que el maestro sea estudiante en la escuela de Cristo, no es idóneo para enseñar a otros.

La obra especial de Elena G. de White

Debiéramos llegar a un estado en el que desaparezca toda diferencia. Si pienso que tengo luz, mi deber es presentarla. Supongamos que yo consultara a otros acerca del mensaje que el Señor me hubiera dado para la gente; la puerta podría cerrarse de modo que la luz no llegara a aquellos a quienes Dios la hubiera enviado. Cuando Jesús entró en Jerusalén, "toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto, diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas ! Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. El, respondiendo, les dijo: Os digo que si éstos callaran, las piedras clamarían" (Luc. 19: 37- 40).

Los judíos trataron de detener la proclamación del mensaje que había sido predicho en la Palabra de Dios, pero la profecía debía cumplirse.  El Señor dice: "He aquí, yo envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible"  (Mal. 4: 5). Alguien ha de venir en el espíritu y poder de Elías y, cuando aparezca, quizá digan los hombres: "Tú eres demasiado celoso, no interpretas las Escrituras de la debida manera.  Permíteme que te diga cómo enseñar tu mensaje".

Hay muchos que no pueden distinguir entre la obra de Dios y la del hombre. Diré la verdad como Dios me la da a mí, y digo ahora: Si continuáis encontrando faltas y teniendo un espíritu de desavenencia, nunca conoceréis la verdad. Jesús dijo a sus discípulos: 483 "Aún tengo muchas  cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar" (Juan 16: 12). No estaban en condición de apreciar las cosas sagradas y eternas, pero Jesús prometió enviar el Consolador que les enseñaría todas las cosas y les haría recordar todas las cosas que él les hubiera dicho. Hermanos, no debemos poner nuestra confianza en hombre. "Dejaos del hombre, cuyo aliento está en su nariz; porque ¿de qué es él estimado?" (Isa. 2: 22). Debéis hacer depender vuestra alma desvalida de Jesús. No es propio que bebamos de la fuente del valle, cuando hay una fuente en la montaña.  Dejemos las corrientes más bajas. Vayamos a las corrientes más elevadas.  Si hay un punto de verdad que no comprendéis, en el cual no estáis de acuerdo, investigad, comparad texto con texto, introducid profundamente el barreno de la verdad en la mina de la Palabra de Dios.  Debéis colocaros a vosotros mismos y vuestras opiniones en el altar de Dios, poner a un lado vuestras ideas preconcebidas y dejar que el Espíritu del cielo os guíe a toda verdad.

Mi hermano dijo una vez que no escucharía nada acerca de las doctrinas que sostenemos por temor de ser convencido.  No quería venir a las reuniones ni escuchar los discursos.  Pero después declaró que comprendía que era tan culpable como si los hubiera escuchado.  Dios le había dado una oportunidad para conocer la verdad y lo haría responsable por esa oportunidad. Hay muchos entre nosotros que tienen prejuicios contra las doctrinas que ahora se discuten.  No quieren venir para escuchar, no quieren investigar tranquilamente, sino que a ciegas presentan sus objeciones. Están perfectamente satisfechos con su posición. "Tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio para que veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete" (Apoc. 3: 7- 19).

Este pasaje se aplica a los que viven bajo el pregón del mensaje, pero no quieren ir a escucharlo. ¿De qué otra manera podréis saber que el Señor está dando evidencias renovadas de su verdad, colocándola en un nuevo marco, para que el camino del Señor sea preparado? ¿Qué planes habéis estado trazando para que nueva luz sea infundida en las filas del pueblo de Dios? ¿Qué evidencia tenéis de que Dios no ha enviado luz a sus hijos? Toda suficiencia propia, egotismo y orgullo por las opiniones deben ponerse a un lado. Debemos venir a los pies de Jesús y aprender de Aquel que es manso y humilde de corazón. Jesús no enseñó a sus discípulos como los rabinos enseñaban a los suyos.   Muchos de los judíos iban y escuchaban la forma en que Cristo revelaba los misterios de la salvación, pero no acudían para aprender. Iban para criticar, para sorprenderlo en alguna contradicción, para que pudieran tener algo con qué levantar los prejuicios de la gente. Estaban contentos con su propio conocimiento, pero los hijos de Dios deben conocer la voz del verdadero Pastor. ¿No es éste un tiempo cuando sería muy adecuado ayunar y orar delante de Dios? Estamos en peligro de desavenencias, en peligro de embanderarnos acerca de un punto controvertido, ¿y no deberíamos buscar a Dios con fervor, con humildad de alma para conocer lo que es la verdad?

Id bajo la higuera

Natanael oyó a Juan cuando señaló al Salvador y dijo: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1: 29). Natanael miró a Jesús, pero quedó chasqueado con la apariencia del Redentor del mundo. Aquel que llevaba las marcas del trabajo arduo y de la pobreza, ¿podría ser el Mesías? Jesús era obrero. Había trabajado con humildes operarios. Y Natanael se fue. Pero no se formó decididamente su opinión en cuanto a lo que era el carácter de Jesús. Se arrodilló debajo de una higuera para preguntar a Dios si ciertamente ese hombre era el Mesías. Mientras estaba allí, vino Felipe y dijo: "Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret". Pero la palabra "Nazaret" otra vez despertó su incredulidad y dijo: " ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? " Estaba lleno de prejuicios, pero Felipe no procuró combatir sus prejuicios. Dijo sencillamente: "Ven y ve". Cuando Natanael llegó a la presencia de Jesús, Jesús dijo: "He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño". Natanael quedó asombrado y dijo: "¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi" (Juan 1: 45, 46, 47, 48).

¿No sería bueno que nosotros fuéramos debajo de la higuera para suplicarle a Dios en cuanto a lo que es la verdad? ¿No estaría sobre nosotros el ojo de Dios como estuvo sobre Natanael? Natanael creyó en el Señor y exclamó: "Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel. Respondió Jesús y le dijo: ¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que éstas verás. Y le dijo: De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del hombre" (Juan 1: 49- 51).

Esto es lo que veremos si nos relacionamos con Dios. Dios quiere que nosotros dependamos de él y no del hombre. Desea que tengamos un corazón nuevo. Quiere darnos revelaciones de luz del trono de Dios. Debiéramos luchar con cada dificultad. Pero cuando se presenta algún punto controvertido, ¿habéis de ir al hombre para recoger su opinión y luego amoldar vuestras conclusiones con ella? No, id a Dios. Decidle lo que queréis. Tomad vuestra Biblia y escudriñadla como si se tratara de tesoros ocultos.

No profundizamos lo suficiente

No profundizamos lo suficiente en nuestra búsqueda de la verdad. Cada alma que cree en la verdad presente será puesta en circunstancias en las que se le requerirá que dé razón de la esperanza que hay en ella.  Los hijos de Dios tendrán que hallarse ante reyes, príncipes, gobernantes y grandes de la tierra, y éstos deberán saber que los hijos de Dios saben con certeza lo que es la verdad. Deben ser hombres y mujeres convertidos.  Dios puede enseñaros más en un momento, mediante su Espíritu Santo, que lo que podríais aprender de los grandes hombres de la tierra. El universo contempla la controversia que se desarrolla en la tierra. A un costo infinito, Dios ha provisto una oportunidad para que cada hombre sepa lo que lo hará sabio para la salvación. ¡Cuán ansiosamente miran los ángeles para ver quién aprovechará de esa oportunidad!

Cuando se presenta un mensaje a los hijos de Dios, no deben levantarse en oposición contra él. Debieran ir a la Biblia, para compararlo con la ley y el testimonio, y si no soporta esta prueba, no es verdadero. Dios quiere que se expandan nuestras mentes. Quiere revestirnos con su gracia. Podemos disfrutar de un festín diario de cosas buenas, pues Dios puede abrir todos los tesoros del cielo para nosotros. Hemos de ser uno con Cristo como él es uno con el Padre. Y el Padre nos amará como ama a su Hijo. Podemos tener la misma ayuda que tuvo Cristo, podemos tener fortaleza para cada emergencia, pues Dios será nuestra vanguardia y nuestra retaguardia. Nos protegerá por todos lados, y cuando seamos llevados delante de gobernantes, delante de las autoridades de la tierra, no necesitaremos meditar de antemano en lo que diremos. Dios nos enseñará en el día de nuestra necesidad. Ahora Dios nos ayude para ir a los pies de Jesús y aprender de él, antes de que procuremos llegar a ser maestros de otros.

La Biblia es nuestro credo

Cuando se estudie, comprenda y obedezca la Palabra de Dios, una luz brillante se reflejará al mundo; nuevas verdades, recibidas y obedecidas, nos unirán a Jesús con poderosos vínculos. La Biblia y sólo la Biblia, ha de ser nuestro credo, el único vínculo de unión. Todos los que se inclinen ante esta Santa Palabra, estarán en armonía. Nuestros propios puntos de vista y nuestras ideas no deben dominar nuestros esfuerzos. El hombre es falible, pero la Palabra de Dios es infalible.  En vez de discutir uno con otro, exalten los hombres al Señor. Hagamos frente a toda oposición como lo hizo nuestro Maestro, diciendo: "Escrito está". Levantemos el estandarte en el cual diga: La Biblia, nuestra norma de fe y disciplina (The Review and Herald, del 15 de diciembre de 1885).