El dilema de un pastor

Por: Russell R. Standish y Colin D. Standish

 El relato a continuación no está basado en una experiencia en particular, sino que presente el dilema que un pastor joven puede encontrar hoy en la obra de Dios.

Un hombre joven, al igual que muchos otros que están siendo preparados para el ministerio, se convirtió recientemente a la fe adventista. En sus entrañas reboza el amor por el gran mensaje que motiva todo su ser. Ha decidido entregar su vida a la obra del Evangelio. Inmediatamente se une a las filas de los estudiantes en el departamento de teología de un colegio adventista del séptimo día. Como muchos adventistas nuevos en la fe, él ha estudiado nuestras creencias extensamente y las conoce mejor que muchos que han estado en nuestra iglesia por generaciones. Comienza sus clases de Biblia con gran entusiasmo y queda asombrado cuando descubre que algunos de sus profesores no comparten su fe en la autenticidad del mensaje adventista. Estos profesores, después de haber cursado estudios en los seminarios de teología del mundo, han osado introducir sus creencias erradas en los colegios adventistas donde trabaja, y allí Satanás los usa para indoctrinar la nueva generación de futuros pastores en una “fe” deficiente. Los años de experiencia han fortalecido los argumentos de los profesores, y muchos estudiantes, como mansas ovejas, son persuadidos por el razonamiento de estos hábiles maestros.

Además, la mayoría de los estudiantes están propensos a aceptar la palabra de los hombres que exhiben grandes titulo académicos.

            No obstante, este joven no es engañado. Él logra percatarse de los errores de su profesor; y después de haber salido de su asombro, trata de probar prudentemente que su maestro está presentando creencias que difieren de la fe adventista. Al principio, sus comentarios en clase son tratados bondadosamente por el profesor. Pero muy pronto el profesor comienza a ser irritado por esos comentarios que ponen en duda la integridad de su enseñanza. Lo que es más, muchos de los alumnos comparten la preocupación del profesor, y como no han logrado adquirir el conocimiento de este joven, piensan que él es una influencia negativa en la clase.

            Finalmente el profesor invita al joven a su oficina para darle “consejos sabios”. Allí el joven es lisonjeado. “Eres un estudiante prometedor que podría hacer una gran obra para Dios, pero recuerda que has venido al colegio para adquirir conocimiento de aquellos que tienen una educación y experiencia mayor.” El joven, con todo respeto, trata de explicar su posición al profesor. El profesor señala la inmadurez y falta de experiencia del joven como adventista del séptimo día. Insinúa que el evangelista que lo bautizó no es un erudito en el mensaje. Después de esta entrevista con el profesor, el joven es más cauteloso en el aula y guarda silencio ante las dudosas enseñanzas del profesor. Sin embargo, todavía comparte sus observaciones con los compañeros de clase, quienes, en la mayoría de los casos, se oponen a sus ideas.

El profesor advierte que el joven continúa incitando a los estudiantes y decide aconsejarlo una vez más. Honradamente el joven trata de exponer los principios de la verdad en los ensayos y pruebas escritas, solo para ser fracasado o pobremente calificado por el profesor.

Ahora el joven tienen que confrontar una crisis y un dilema.  Él está convencido de su llamado al ministerio; no obstante, sabe que el logro de su ambición depende de sus profesores. Esos no solamente imparten conocimientos, sino que califican sus logros académicos; más aún, sus recomendaciones son tomadas en cuenta por las asociaciones que van en busca de obreros.

 Finalmente, y en contra de sus deseos, el joven comprende que tiene que guardar silencio en clase y con todos sus compañeros. Sin embargo, él se promete a si mismo que tan pronto se gradúe y sea empleado en la obra, se dedicará a predicar la verdad puras y sin trabas.

  El joven se gradúa y recibe un llamado como practicante. Pero ahora se encuentra trabajando bajo la supervisión de un pastor ordenado cuyas ideas de la verdad distintiva de la Palabra de Dios no son muy claras. No obstante, él comienza a predicar la verdad adventista con mucho valor, y anima a los miembros de la iglesia o obtener victoria sobre sus pecados con el poder de Cristo.

Entre los miembros hay algunos que por muchos años no han escuchado predicaciones tan directas, y acuden al pastor de la iglesia con sus protestas y preocupaciones.

El pastor, que no tiene un concepto claro del mensaje adventista, siente que es es deber dialogar con el joven practicante. Introduce sus consejos con halagos. Le dice al joven pastor que su futuro es muy prometedor, pero le amonesta a dejar a un lado las predicaciones de ciertos temas.

Sus sermones están causando desunión entre los miembros de la iglesia, y algunos ya han expresado su preocupación al respecto. El pastor le asegura al joven practicante que sus miembros le tienen en alta estima, sólo que temen que sus predicaciones engendren controversia e inestabilidad en una iglesia que por tantos años han sido conocida como un bastión de la paz.

            Una vez más el joven se encuentra con un dilema, y, en contra de su voluntad, decide mitigar sus sermones mientras espera un llamado como pastor de iglesia. Finalmente llega esa oportunidad, y otra vez el joven pastor se lanza a presentar las grandes verdades del adventismo. Pero una vez más en la iglesia hay algunos que no están en armonía con sus predicaciones ni preparados para recibir el testimonio directo que él trata de presentar. Miembros de influencia visitan al presidente de la asociación y se quejan de las predicaciones del joven pastor. El presidente llama al pastor y le dice que los dirigentes están considerando ordenarlo. Le asegura que ellos lo consideran como un joven prometedor con un futuro muy brillante en el ministerio, pero que tiene que aprender a predicar de tal manera que mantenga la paz y la unidad en la iglesia. El presidente le explica que algunos miembros respetables de su propia iglesia, hombres de experiencia que son tenidos en alta estima por la asociación, están preocupadas con los mensajes que él está predicando desde el púlpito. El presidente de la asociación le exhorta a tener cuidado con los temas de sus predicaciones.

            Para este tiempo el joven pastor ya se ha casado y su esposa añade penas a su angustia. Llena de ambiciones, ella le ruega que no haga nada que amenace su ordenación o su futuro en el ministerio. Él se halla indeciso entre la lealtad a la verdad y una sincera inquietud por las almas de los miembros de su iglesia, y su futuro en la obra. Comienza a raciocinar que si lo sacan del ministerio perdería toda su influencia. Frustrado, el joven pastor decide esperar a ser ordenado para poder presentar el mensaje que Dios tiene para Su pueblo. Pero, como tantas veces ha comprometido sus principios y acallado su conciencia, ya no tiene el mismo empeño de predicar la verdad con poder. Poco a poco ha sido conducido a un ambiente de diplomacia en donde la aprobación de la congregación es uno de los factores que determinan su triunfo. De hecho, ahora él se jacta  de haber aprendido a presentar la verdad en forma persuasiva y atractiva. Reconoce que entre sus miembros hay mucha mundanalidad y profanidad, pero se engaña a sí mismo pensando que si predica al amor de Cristo, dejando a un lado los llamados al arrepentimiento, eventualmente los miembros de su iglesia dejarán los caminos del mundo y volverán al camino de Cristo. Con el tiempo es llamado a pastorear grandes iglesias y se le confieren mayores responsabilidades, hasta que un día es nombrado un presidente de una conferencia. Ahora él es el que ofrece los consejos que muchas veces él recibió cuando joven. Lo que es más, ahora relata su inadvertida audacia juvenil y aplaude a los “sabios” dirigentes que lo ayudaron a desarrollar un ministerio fructífero en sus iglesias.

            Lo triste del caso es que ha habido muchas historias parecidas a esta. Es posible que como pastores hayamos sido engañados en cuan a la razón de nuestro llamado, y ahora enfrentamos una crisis en nuestras vidas en donde ya no vemos la necesidad de presentar el testimonio directo del Testigo fiel a nuestras congregaciones. Por cierto, ahora creemos que de hacerlo estamos antagonizando el llamado de Cristo. Pero este no es el caso. La sierva de Dios nos dice que en los últimos días los ministros de la iglesia de Dios seremos llamados a predicar un testimonio aún más directo que el de Juan el Bautista. También se nos dice que muchos se levantarán en contra de esos mensajeros tal como ocurrió en generaciones pasadas. La situación nos intimidará y causara gran angustia en nuestras almas. Pero si desarrollamos una relación más intima con Cristo y dependemos totalmente de Él, entonces Él multiplicará nuestro ministerio, y muchos que de otra manera se hubieran perdido, se hallarán salvos en el reino celestial. Después de todo, es para esa gran obra que Dios nos ha llamado.

 



Este es el primer capitulo del libro en ingles titulado; Beepers of the Faith, escrito por los hermanos Colin y Russel Standish.

Tomado de Nuestro Firme Fundamento, Tomo  4, No. 1, Págs. 24 y 31.


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