¿Has hecho planes alguna
vez de darle una sorpresa a tu mamá? ¿Quizás para
su cumpleaños? Estoy seguro de que lo has hecho. Quizás fue
algo que compraste para ella o algo que tu mismo hiciste. Talvez era una
torta
, o bombones, o un cuadro
o alguna cosa bordada. Fuera lo que fuese, yo sé que apenas podías
esperar a que llegara el día para entregárselo. ¡Cuán
emocionado te sentías a medida que se acercaba ese momento!
Una emoción similar debe haber experimentado Dios en el sexto día de la semana de la creación, porque ese día iba a ser también un día de regalo de cumpleaños, en que se iba a festejar el nacimiento de alguien, y Él lo sabía.
Había pasado toda la
semana preparando el regalo.¡Y que regalo! ¡Un mundo entero!
Un mundo hermosísimo, lleno de tesoros: oro, plata y piedras preciosas;
con abundante alimento: nueces,
frutas, granos y agua pura y cristalina ; un mundo colmado de bellezas:
árboles
, helechos y flores;
un mundo poblado de maravillosos seres vivientes: aves, peces y animales
de toda clase y color, animales para estudiar y con los cuales jugar y
divertirse.
¡Qué presente
más extraordinario!
Sí, todo el tiempo
que Dios estaba preparando su presente pensaba en ese alguien a quien lo
iba a entregar y se decía: “Espero que lo disfrute; creo que lo
hará feliz. El va a darse cuenta de todas las cosas que he creado
para su deleite en cambio me prodigará su amor”.
Por fin, cuando todo estuvo
listo y Dios hubo creado todo lo que pensaba que haría de este mundo
un paraíso, dijo:”Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra
semejanza, para que domine sobre los peces del mar,
sobre las aves del cielo, sobre la tierra y sobre todas las bestias de
la tierra
y sobre cuantos
animales se mueven sobre ella.
“Y creó Dios al hombre
imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y
hembra”.
“¡A imagen suya!” ¡A
semejanza de Dios! ¡Qué cosa más admirable!
Dios podría haber dicho:
“Hagamos al hombre a semejanza del mono”. Pero no lo hizo. Podría
haber dicho también: “Hagamos al hombre como un león, solamente
que sea más grande y más fuerte”. Sin embargo, tampoco hizo
así. Podría haber dicho:”Hagamos al hombre como un águila
y démosle alas para volar sobre las montañas más altas”.
Pero
no lo hizo. En cambio escogió al hombre a Su semejanza. No
podría haberle conferido un honor más alto ni haberle
demostrado mayor amor.
“Formó Jehová
Dios al hombre del polvo de la tierra”.
Cuando Dios hizo los animales
y las aves, “dijo... y fue hecho.” Los animales salieron saltando
y brincando de la tierra al mandato de su voz. Pero cuando creó
al hombre, fue diferente. Dios lo “formó”.
Con sabiduría , paciencia y ternura infinitas, modeló la
noble cabeza, el rostro bondadoso, el cuerpo vigoroso. Y puso en él
algo más maravilloso que la televisión: la facultad de ver;
algo más admirable que la radio: la facultad de oír; algo
más extraordinario que el radar: la facultad de pensar y de hablar
y de recordar. Y lo más
sorprendente de todo, Dios lo capacitó para amar, para reír,
y adorar.
Finalmente la obra quedó
completada cuando el Creador, con infinita suavidad
le dio los últimos
toques a su obra maestra.
Y allí, sobre la tierra
de la cual había sido formado, yacía el hombre: el primer
hombre, silencioso e inmóvil, como una estatua, aguardando el don
de la vida.
¡Cuánto deber
haberse acercado Dios a él! ¡Tan cerca que la boca de Dios
rozó la boca del hombre! Tal vez, ¡quién lo sabe!,
el creador lo besó. Quizá había también lágrimas
de amor en sus ojos cuando se inclinó sobre la maravillosa criatura
que había formado, tan semejante a sí mismo, tan cara a su
corazón. De pronto, mientras Dios le susurraba algo al oído,
inspirando suave, tierna y amorosamente su propia vida prodigiosa en él,
Adán se despertó y contempló el rostro de su Hacedor.