Dios crea al hombre

Tomo 1, 1ª. Parte

¿Has hecho planes alguna vez de darle una sorpresa a tu mamá? ¿Quizás para su cumpleaños? Estoy seguro de que lo has hecho. Quizás fue algo que compraste para ella o algo que tu mismo hiciste. Talvez era una torta, o bombones, o un cuadro o alguna cosa bordada. Fuera lo que fuese, yo sé que apenas podías esperar a que llegara el día para entregárselo. ¡Cuán emocionado te sentías a medida que se acercaba ese momento!

Una emoción similar debe haber experimentado Dios en el sexto día de la semana de la creación, porque ese día iba a ser también un día de regalo de cumpleaños, en que se iba a festejar el nacimiento de alguien, y Él lo sabía.

Había pasado toda la semana preparando el regalo.¡Y que regalo! ¡Un mundo entero! Un mundo hermosísimo, lleno de tesoros: oro, plata y piedras preciosas; con abundante alimento: nueces, frutas, granos y agua pura y cristalina ; un mundo colmado de bellezas: árboles, helechos y flores; un mundo poblado de maravillosos seres vivientes: aves, peces y animales de toda clase y color, animales para estudiar y con los cuales jugar y divertirse. ¡Qué presente más extraordinario!
Sí, todo el tiempo que Dios estaba preparando su presente pensaba en ese alguien a quien lo iba a entregar y se decía: “Espero que lo disfrute; creo que lo hará feliz. El va a darse cuenta de todas las cosas que he creado para su deleite  en cambio me prodigará su amor”.

Por fin, cuando todo estuvo listo y Dios hubo creado todo lo que pensaba que haría de este mundo un paraíso, dijo:”Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre la tierra y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella.

“Y creó Dios al hombre  imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra”.
“¡A imagen suya!” ¡A semejanza de Dios! ¡Qué cosa más admirable!

Dios podría haber dicho: “Hagamos al hombre a semejanza del mono”. Pero no lo hizo. Podría haber dicho también: “Hagamos al hombre como un león, solamente que sea más grande y más fuerte”. Sin embargo, tampoco hizo así. Podría haber dicho:”Hagamos al hombre como un águila y démosle alas para volar sobre las montañas más altas”. Pero no lo hizo. En cambio escogió al hombre a Su semejanza. No  podría haberle conferido  un honor más alto ni haberle demostrado mayor amor.
“Formó Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra”.

Cuando Dios hizo los animales y las aves,  “dijo... y fue hecho.” Los animales salieron saltando y brincando de la tierra al mandato de su voz. Pero  cuando creó al hombre, fue diferente. Dios lo “formó”. Con sabiduría , paciencia y ternura infinitas, modeló la noble cabeza, el rostro bondadoso, el cuerpo vigoroso. Y puso en él algo más maravilloso que la televisión: la facultad de ver; algo más admirable que la radio: la facultad de oír; algo más extraordinario que el radar: la facultad de pensar y de hablar y de recordar. Y lo más sorprendente  de todo, Dios lo capacitó para amar, para reír, y adorar.
Finalmente la obra  quedó completada cuando el Creador, con infinita suavidad
le dio los últimos toques a su obra maestra.
Y allí, sobre la tierra de la cual había sido formado, yacía el hombre: el primer  hombre, silencioso e inmóvil, como una estatua, aguardando el don de la vida.
¡Cuánto deber haberse acercado Dios a él! ¡Tan cerca que la boca de Dios rozó la boca del hombre! Tal vez, ¡quién lo sabe!, el creador lo besó. Quizá había también lágrimas de amor en sus ojos cuando se inclinó sobre la maravillosa criatura que había formado, tan semejante a sí mismo, tan cara a su corazón. De pronto, mientras Dios le susurraba algo al oído, inspirando suave, tierna y amorosamente su propia vida prodigiosa en él, Adán se despertó y contempló el rostro de su Hacedor.


 
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