Aprenda constantemente de Jesús, aumente siempre su fe y crezca
en la gracia y en el conocimiento de la verdad. Estamos haciendo una gran
obra, y el Señor es nuestro ayudador y nuestro escudo. Los ángeles
de Dios están empeñados en esta obra de proclamar al mundo
el mensaje de amonestación. Nosotros mismos nada podemos hacer.
Sin el Espíritu del Señor somos tan débiles como el
agua. Nuestra fuerza consiste en ocultarnos en Jesús. Sea Cristo
el muy amado y señalado entre diez mil.
De nuevo le aconsejo que cuide la habitación que Dios le ha
concedido. No reine el pecado en su cuerpo mortal, y no malgaste las facultades
físicas que Dios le ha dado; conserve, en cambio, su vigor, y ponga
toda su confianza en un Salvador perfecto. Desea que alcance la victoria
que al final ostente una corona tachonada de joyas.
El cielo, el dulce cielo, es el hogar eterno de los santos. Allí
descansaremos pronto. Usemos, entonces, nuestras facultades, sin abusar
de ellas, a fin de que Dios pueda acrecentarlas y santificarlas para que
puedan prestar el servicio más elevado. Quiera el Señor acercarse
a usted. . . para darle una fuerte influencia que derribe el error,
la superstición y las obras de Satanás.
Podemos pedir a Dios grandes cosas y él nos las dará.
Seremos fuertes mediante su fortaleza. Sufrirá la oposición
del clero mientras viva a la altura de la elevada norma de la religión
de la Biblia y trate de presentarla a los demás. También
el desprecio y la burla, la calumnia y la falsedad lo seguirán.
Sus motivos, sus palabras y sus acciones serán mal entendidos, mal
representados y despreciados; pero si usted prosigue la obra sin hacer
caso de los malos tratos, si hace lo correcto, si es bondadoso y paciente,
humilde en espíritu, feliz en Dios, finalmente ejercerá una
buena influencia. Gozará de la simpatía de todos los honestos
y razonables.
Afírmese en la Palabra de vida; la tempestad de la oposición
se disipará gracias a su propia furia y por fin se calmará.
El clamor se extinguirá. . . La armonía de verdad será
vista, sentida y obedecida por los honestos y temerosos de Dios (Carta
16, del 21 de febrero de 1879, dirigida al pastor J. G. Matteson, obrero
de avanzada en Dinamarca).
Se ha apoderado de mi mente el pensamiento de que si no se producen
cambios en mi salud física, no es lo mejor que relacione este hecho
con mis dolores ni con mis horas de insomnio. Así, pues, pasa un
día tras otro y mi experiencia sigue igual. Los dolores reumáticos
han invadido todo mi cuerpo. No tengo apetito ni me agrada comer, y cuando
me siento por un instante, sufro muchos dolores cuando me quiero levantar.
Mis miembros no me quieren obedecer, y si los muevo sufro mucho dolor.
He pensado mucho acerca de que el Señor no me envió a
este país [Australia]. A veces tengo la seguridad de que la voluntad
de Dios era que permaneciera en California, en mi propio hogar, y que escribiera
en la medida de mis posibilidades acerca de la vida de Cristo. Pero de
una cosa estoy segura: la gente de este país necesita ayuda. Y temo
que hubiera sido egoísmo de mi parte, o amor a la comodidad, si
hubiera rehusado venir a Australia.
Durante mi vida he tratado de hacer lo que no estaba de acuerdo con
mi inclinación, porque Cristo, nuestro modelo, no vivió para
agradarse a sí mismo. Muchas veces he pensado que a un alto costo
había conseguido un lugar para retirarme a descansar, donde pudiera
escribir acerca de la vida de Cristo. Pero recibí una ferviente
invitación de un lugar donde se necesitaba ayuda, y se me solicitó
que diera mi testimonio en las iglesias. No me atreví a decir no.
Inmediatamente respondí que haría todo lo posible de acuerdo
con la fuerza que Dios me diera. Después de cumplir esta tarea en
medio de mi debilidad, otros deberes en Battle Creek requirieron mi colaboración,
lo que me obligó a trabajar de día y de noche, y a orar mucho
en las horas de la noche cuando no podía dormir.
Cuando fui a California creía verdaderamente que podría
quedarme allí todo el invierno, pero muchos expresaron la opinión
de que era el momento de ir a Australia. No me atreví a quedarme,
sino que fui, de acuerdo con la opinión y la luz de mis hermanos.
Entonces, cuando llegué a Australia, asumí las responsabilidades
y trabajé como hasta ahora lo he hecho (Diario, Manuscrito 29, del
22 de febrero de 1892, escrito en Melbourne, Australia).
Dios quiere que confiemos en él y gocemos de su bondad. Cada
día él despliega sus planes ante nosotros, y debemos tener
los ojos y la percepción necesarios para captar éstas cosas.
Por grande y gloriosa que sea la plena y perfecta victoria sobre el mal
que hemos de experimentar en el cielo, no todo ha de quedar para el momento
de la liberación final. Dios quiere que algo ocurra también
en nuestra vida presente. Necesitamos cultivar diariamente la fe en un
Salvador actual. Al confiar en un poder exterior y que está por
encima de nosotros mismos, al ejercer fe en un apoyo y un poder invisibles,
que aguarda las demandas del necesitado y dependiente, podemos confiar
tanto en medio de las nubes como a plena luz del sol, mientras cantamos
por la liberación y el gozo de su amor que podemos experimentar
ahora mismo. La vida que ahora vivimos debe ser vivida por fe en el Hijo
de Dios.
La vida del cristiano es una extraña mezcla de dolores y placeres,
frustraciones y esperanzas, temores y confianza. Se siente sumamente
insatisfecho consigo mismo, puesto que su propio corazón se agita
tremendamente, impulsado por pasiones avasalladoras, que ceden ante el
remordimiento, el pesar y el arrepentimiento, que a su vez dan lugar a
un sentimiento de paz e íntimo regocijo, porque sabe, cuando su
fe se aferra de las promesas reveladas en la Palabra de Dios, que cuenta
con el amor perdonador y la paciencia infinita del Salvador, a quien trata
de introducir en su vida y de incorporar a su carácter.
Son estas revelaciones, estos descubrimientos de la bondad de Dios,
los que le dan humildad al alma y la inducen a clamar con gratitud: "Y
ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí" (Gál. 2:20). Tenemos
razón para sentirnos reconfortados. Tremendas pruebas procedentes
del exterior pueden asediar al alma donde mora Jesús. Volvamos a
él para recibir el consuelo que él ha provisto para nosotros
en su Palabra. Las fuentes terrenales de esperanza y consuelo nos podrán
fallar, pero las fuentes superiores, alimentadas por el río de Dios,
están llenas y nunca se agotan. Dios quiere que usted aparte sus
ojos de la causa de su aflicción, y que los fije en el dueño
de su alma, de su cuerpo y de su espíritu. El es el amante del alma.
Sabe cuánto vale. Es la vida verdadera y nosotros somos los pámpanos.
. . (Carta 10, del 23 de febrero de 1887, al Dr. J. H. Kellogg).
Mi querida hermana: Tengo evidencias de que Dios la ama, y que ese precioso
Salvador que se dio a sí mismo para que usted pudiera salvarse no
la rechaza porque ha sido tentada y ha sido vencida en su debilidad. No
permita que su preocupación la separe de los brazos del amante Jesús;
por el contrario, entréguese a él con confianza y fe. La
ama, la cuida, la bendice y le dará su paz y su gracia. Le está
diciendo, "Tus pecados te son perdonados" (Luc. 5: 23). Le aseguro que
Jesús nos ama aunque erremos y caigamos en la trampa del pecado.
Nos perdona hasta lo sumo. Reciba en su alma la dulce promesa de Dios.
. .
Aparte su vista de su desdicha y diríjala a la perfección
de Cristo. No podemos crear nuestra propia justicia. Cristo tiene en sus
manos los puros mantos de la justicia, y nos cubrirá con ellos.
Pronunciará dulces palabras de perdón, llenas de sus promesas.
Y presenta a las almas sedientas las fuentes de aguas vivas, en las cuales
nos podemos refrescar. Nos pide que acudamos a él con todas nuestras
cargas, todos nuestros pesares, y hallaremos descanso. Por eso debemos
creer. . . que nos perdona, y debemos mostrar nuestra fe al descansar en
su amor. . .
El sentimiento de culpa debe ser depositado a los pies de la cruz del
Calvario. La sensación de nuestra pecaminosidad ha contaminado las
fuentes de la vida y de la verdadera felicidad. Pero Jesús dice:
"Depositadlo todo en mí; yo tomaré vuestro pecado y os daré
paz. No destruyáis por más tiempo vuestra propia dignidad
porque os he comprado con el precio de mi propia sangre. Sois míos;
fortaleceré vuestras voluntades debilitadas; disiparé vuestro
remordimiento". Entonces vuelva su corazón agradecido, que tiembla
de incertidumbre, y aférrese de la esperanza que se le propone.
Dios acepta su quebrado y contrito corazón. Le ofrece ampliamente
su perdón. Le ofrece adoptarla en el seno de su familia, y ayudarla
con su gracia en su debilidad, y el amante Jesús la guiará
paso a paso, con tal que usted ponga su mano en la de él y le permita
que la guíe.
Busque las preciosas promesas de Dios. Si Satanás la asedia
con sus amenazas, apártese de ellas y aférrese de las promesas.
Quiera el Señor bendecir, en beneficio de su alma, estas pocas palabras
que me ha inducido a escribirle (Carta 38, del 24 de febrero de 1887).
Como los judíos de los días de Cristo, muchos hoy escuchan
y creen, pero no están dispuestos a subir a la plataforma de la
obediencia y aceptar la verdad tal como es en Jesús. Temen perder
ciertas ventajas mundanales. Mentalmente están de acuerdo con la
verdad, pero la obediencia implica llevar la cruz de la abnegación
y el sacrificio, y dejar de confiar en el hombre y poner carne por su brazo;
por eso se apartan de la cruz. Podrían sentarse a los pies de Jesús
para aprender diariamente de él y saber exactamente qué es
la vida eterna, pero no están dispuestos a hacerlo.
Toda persona salvada debe someter sus propios planes, sus proyectos
ambiciosos, que implican glorificación propia, y debe seguir la
dirección de Cristo. Se debe someter la mente a Cristo para que
él la limpie, la purifique y la refine. Esto ocurrirá cada
vez que se acepten debidamente las enseñanzas del Señor Jesús.
Es difícil que el yo muera cada día, aunque la admirable
historia de la gracia de Dios se presente con toda la riqueza de su amor,
que él revela a las almas necesitadas.
¡Oh, cuánto necesitamos conocer más íntimamente
al Señor Jesús! Necesitamos comprender su voluntad y llevar
a cabo sus propósitos, diciendo de todo corazón: "Señor,
¿qué quieres que haga?" ¡Cuánto deseo ver nuestras
iglesias en una condición diferente de la de ahora, es decir, que
agravian al Espíritu Santo cada día con su tibia vida religiosa,
que no es ni fría ni caliente! . . .
¡Oh, cuánto sería honrado y glorificado Cristo
ante los hombres y mujeres irreligiosos y mundanos si sus seguidores fueran
lo que pretenden ser, es a saber, verdaderos cristianos a quienes el amor
de Cristo los constriña a darlo a conocer ante un mundo idólatra,
poniendo de manifiesto el marcado contraste que existe entre los que sirven
a Dios y los que no lo sirven!. . . Tenemos que hablar a otros del amor
de Cristo, y para hacerlo debemos saber por experiencia qué significa
tener ese amor en el corazón. Todos encontrarían abundantes
oportunidades para trabajar, si quisieran aprovechar las oportunidades
que se les presentan (Carta 35, del 25 de febrero de 1903, dirigida a la
Hna. L. M. Hall, una fiel obrera y por muchos años jefa de
enfermeras del Sanatorio de Battle Creek).
Cristo nos encarga que brillemos como luces en el mundo, y que lo hagamos
reflejando la luz de Dios que resplandece en el rostro de Jesucristo. ¿Quién
entre nosotros lo está haciendo? ¿Brillan nuestras vidas
con esa luz admirable? Dios espera que cada uno de nosotros refleje su
imagen ante el mundo. Se nos guía paso a paso para que progresemos.
Hemos caminado y trabajado por fe, y necesitamos disciplinarnos para soportar
tribulaciones como buenos soldados de Jesucristo.
Necesitamos mentes fuertes y buenas que no se desanimen fácilmente,
mentes educadas para enfrentar las dificultades que se presentarán,
mentes dispuestas a luchar y solucionar arduos problemas. Debemos enarbolar
el estandarte de la verdad en los pueblos y ciudades de las inmediaciones.
Debemos ver qué hay que hacer y hacerlo en el amor y el temor de
Dios. Cuando hayamos avanzado tanto como podamos por fe, entonces el Señor
obrará en nuestro favor.
Es Dios quien nos inspiró para que comenzáramos esta
obra. Hemos avanzado paso a paso, orando, creyendo y trabajando. Dios es
el Autor de nuestra fe, y cuando cada uno de nosotros hace individualmente
su parte, él perfecciona la obra, para glorificar su propio nombre
cuando ésta termine. El Señor inspira a sus obreros consagrados
para que trabajen, no de acuerdo con lo que ven, sino como el Señor
ve las cosas.
Necesitamos fortalecer nuestras almas con esperanza, la hermana gemela
de la fe. Los obreros de Dios deben vivir en perfecta sumisión a
la voluntad de Dios. Existe el peligro de que obremos en contra de la voluntad
de Dios; porque el hombre quiere obrar a su modo, suponiendo que es la
mejor forma de cumplir los propósitos del Señor. Pero no
podemos actuar a nuestro gusto y manera. Dios debe obrar en nosotros, por
nosotros y por medio de nosotros. Debemos ser en las manos de Dios como
la arcilla en las del alfarero, para que él nos modele de acuerdo
con la semejanza divina.
Nuestros corazones necesitan ser plenamente consagrados a Dios. No
tratemos de hacer las cosas a nuestro modo. Dios nos ha dado su verdad
para santificar, refinar y ennoblecer plenamente al hombre. "Pues la voluntad
de Dios" con respecto a vosotros, dijo, "es vuestra santificación"
(1 Tes. 4: 3) (Manuscrito 70, del 26 de febrero de 1899, "Colaboradores
de Dios").
Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado. 1 Ped. 1:13.
Hay que encauzar los pensamientos. Ciña los lomos de su entendimiento
para que obre en la debida dirección. y de acuerdo con un plan bien
trazado; entonces cada paso implicará progreso, y no perderá
tiempo ni esfuerzo en seguir ideas vagas y planes confusos. Debemos considerar
el propósito de la vida, y mantener siempre en vista un objetivo
valioso. Cada día hay que encauzar los pensamientos y mantenerlos
bien orientados, como la brújula al polo. Todos debieran tener metas
y propósitos, y acto seguido gobernar sus pensamientos y actos para
que cumplan esos propósitos. Hay que dirigir los pensamientos. Debe
tener firmeza de propósito para llevar a cabo lo que usted quiere
emprender.
Sólo usted, y nadie más puede controlar sus pensamientos.
En la lucha por alcanzar la norma más alta, el éxito o el
fracaso dependerán mucho de su carácter y de la forma como
estén encauzados sus pensamientos. Si éstos están
bien dirigidos, como Dios quiere que los estén cada día,
se espaciarán en los temas que nos van a ayudar a aumentar nuestra
devoción. Si los pensamientos son correctos, entonces, como resultado
de ello, las palabras también serán correctas; las acciones
serán de tal naturaleza que producirán alegría, consuelo
y descanso a las almas. . .
Los que actúan sin pensar y sin la debida consideración,
carecen de sabiduría. Hacen esfuerzos intermitentes, dan un golpe
por aquí y otro por allá, emprenden esto y aquello, pero
no llegan a ninguna parte. Se asemejan a la vid cuyos pámpanos que
no tienen apoyo se extravían por todas partes y se aferran de cualquier
objeto que encuentran a su paso. Pero para que la vida pueda servir de
algo habrá que arrancar esos zarcillos de aquello a lo que se han
adherido, y habrá que ayudarlos a entrelazarse con lo que les dará
gracia y belleza. . .
El estudioso que siempre está dispuesto a aprender encontrará
nueva luz, nuevas ideas, nuevas joyas de verdad que asimilará con
rapidez. Piensa; las leyes de la mente requieren que piense. El intelecto
humano se expande, se fortalece y se agudiza cuando se lo exige. La mente
debe estar en actividad porque en caso contrario divagará. Morirá
de inanición a menos que tenga temas frescos en qué pensar.
Si no piensa mucho, ciertamente perderá hasta la facultad de pensar
(Carta 33, del 27 de febrero de 1886, dirigida a un pastor de Europa).
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