Un carácter formado a la semejanza divina es el único
tesoro que podemos llevar de este mundo al venidero. Los que en este
mundo andan de acuerdo con las instrucciones de Cristo, llevarán
consigo a las mansiones celestiales toda adquisición divina.
Y en el cielo mejoraremos continuamente. . .
La capacidad mental y el genio no son el carácter, porque a
menudo son posesión de quienes tienen justamente lo opuesto a lo
que es un buen carácter. La reputación no es el carácter.
El carácter íntegro es una cualidad del alma que se manifiesta
en la conducta.
Un buen carácter es un capital de más valor que el oro
o la plata. No lo afectan las crisis ni los fracasos, y en aquel
día en que serán barridas las posesiones terrenales, os producirá
ricos dividendos. La integridad, la firmeza y la perseverancia son
cualidades que todos deben procurar cultivar fervorosamente; porque
invisten a su poseedor con un poder irresistible, un poder que lo hará
fuerte para hacer el bien, fuerte para resistir el mal y para soportar
la adversidad.
La fuerza de carácter consiste en dos cosas: la fuerza de voluntad
y el dominio propio. Muchos jóvenes consideran equivocadamente
la pasión fuerte y sin control como fuerza de carácter; pero
la verdad es que el que es dominado por sus pasiones es un hombre débil.
La verdadera grandeza y nobleza del hombre se miden por su poder de subyugar
sus sentimientos, y no por el poder que tienen sus sentimientos de subyugarlo
a él. El hombre más fuerte es aquel que, aunque sensible
al maltrato, refrena sin embargo la pasión y perdona a sus enemigos.
Si se considerara tan importante que los jóvenes poseyeran un
carácter hermoso y una disposición amistosa, como se estima
importante que imiten las modas del mundo en el vestir y el comportarse,
veríamos a cientos, donde hoy vemos a uno, que suben al escenario
de la vida activa preparados para ejercer una influencia ennoblecedora
sobre la sociedad.* 222
Adán y Eva fueron colocados en el Edén en circunstancias
extremadamente favorables. . . Estaban sin la condenación del pecado.
La luz de Dios y de los ángeles estaba con ellos y los rodeaba.
El Autor de su existencia era su maestro. Pero cayeron bajo el poder
y las tentaciones del artero enemigo. Durante cuatro mil años
Satanás estuvo obrando contra el gobierno de Dios y obtuvo fortaleza
y experiencia gracias a su constante actividad en este sentido. Los
hombres caídos no tenían las ventajas de Adán en el
Edén. Habían estado separados de Dios durante cuatro
mil años. La sabiduría para comprender y el poder para
resistir las tentaciones de Satanás habían disminuido más
y más, al punto que éste parecía reinar triunfante
sobre la tierra. El apetito y la pasión, el amor del mundo
y pecados temerarios eran las grandes ramas del mal, de las cuales crecían
toda suerte de crímenes, violencias y corrupción.*
Puesto que el hombre caído no podía vencer a Satanás
con su fortaleza humana, vino Cristo de las reales cortes del cielo para
ayudarlo con su fortaleza humana y divina combinadas. Cristo sabía
que Adán en el Edén, con sus excelentes ventajas, podía
haber resistido la tentación de Satanás y podía haber
vencido. Sabía también que no era posible que el hombre,
fuera del Edén, separado de la luz y del amor de Dios, desde la
caída, resistiera con su propia fuerza las tentaciones de Satanás.
A fin de proporcionar esperanza al hombre y salvarlo de su completa ruina,
se humilló a sí mismo al tomar la naturaleza humana, para
que, con su poder divino combinado con el humano, pudiera alcanzar al hombre
donde éste está. Obtuvo para los caídos hijos
e hijas de Adán aquella fortaleza que, es imposible que logren por
sí mismos, para que en el nombre de Cristo puedan vencer las tentaciones
de Satanás.*
Nuestra vida puede parecer enredada, pero al confiarnos al. . . Maestro,
él desentrañará el modelo de vida y carácter
que sea para su propia gloria. Y ese carácter que expresa
la gloria -o carácter- de Cristo, será recibido en el Paraíso
de Dios.*
Todo el que cumpla por fe los mandamientos de Dios, alcanzará
el estado de impecabilidad en que vivía Adán antes de la
caída.* 223
Cristo fue obediente a todo requerimiento de la ley. . . Por su
perfecta obediencia ha hecho posible que todo ser humano obedezca los mandamientos
de Dios. Cuando nos sometemos a Cristo, el corazón se une con su
corazón, la voluntad se fusiona con su voluntad, la mente llega
a ser una con su mente, los pensamientos se sujetan a él;
vivimos su vida. Esto es lo que significa estar vestidos con el manto
de su justicia. Entonces, cuando el Señor nos contempla, él
ve no el vestido de hojas de higuera, no la desnudez y la deformidad del
pecado, sino su propio manto de justicia, que es la perfecta obediencia
a la ley de Jehová.*
Mediante el plan de redención, Dios ha provisto medios
para vencer cada, rasgo pecaminoso y resistir cada tentación, no
importa cuán poderosa sea.*
La tentación más poderosa no puede excusar el pecado.
Por intensa que sea la presión ejercida sobre el alma, la transgresión
es un acto nuestro. Ni la tierra ni el infierno tienen poder para
obligar a nadie a pecar. Debe haber consentimiento de la voluntad,
sometimiento del corazón, pues de otro modo la pasión no
puede vencer a la razón, ni la iniquidad triunfar sobre la justicia.*
Si permanecéis bajo el estandarte ensangrentado del Príncipe
Emanuel, haciendo fielmente su servicio, nunca tendréis que ceder
a la tentación, pues estará a vuestro lado Aquel que es poderoso
para guardaros sin caída.*
No tenemos motivo para conservar nuestras tendencias pecaminosas. .
. A medida que nos hagamos partícipes de la naturaleza divina, se
irán eliminando del carácter las tendencias al mal hereditarias
y cultivadas, y nos iremos transformando en un poder viviente para el bien.
Al aprender constantemente del Maestro divino, al participar diariamente
de su naturaleza, cooperamos con Dios en vencer las tentaciones de Satanás.
Dios y el hombre obran de común acuerdo a fin de que éste
pueda ser uno con Cristo así como Cristo es uno con Dios.
Entonces nos sentaremos juntamente con Cristo en los lugares celestiales,
y nuestra mente reposará en paz y seguridad en Jesús.* 224
Si hacéis de Dios vuestra fortaleza podréis alcanzar,
aun bajo las condiciones más desalentadoras, una altura y una amplitud
en la perfección cristiana que ahora os parecen imposibles de lograr.
Vuestros pensamientos pueden ennoblecerse; podéis tener aspiraciones
dignas, vislumbres claras de la verdad y propósitos de acción
que os eleven por sobre toda motivación sórdida.
Si deseáis alcanzar la perfección del carácter
debéis poner en juego el pensamiento y la acción. Mientras
os halléis en contacto con el mundo, debéis cuidaros de no
buscar ansiosamente el aplauso de los hombres ni de vivir conformándoos
a su opinión. Actuad prudentemente si queréis andar
por camino seguro; cultivad la gracia de la humanidad y apoyad vuestra
alma desvalida en Cristo. Podéis ser hombres de Dios en todo
sentido. En medio de la confusión y la tentación que
representa el tumulto mundano, podéis mantener con toda tranquilidad
la independencia de vuestra alma.
Si tenéis comunión diaria con Dios, aprenderéis
a estimar a los hombres en la medida en que él lo hace, y cumpliréis
con agrado el deber que tenéis de auxiliar a la humanidad sufriente.
No sois dueños de vosotros mismos. El Señor tiene derechos
sagrados sobre vuestros más grandes afectos y el servicio supremo
de vuestra vida. Tiene derecho de usaros para su honra y gloria hasta
el límite máximo de vuestra capacidad física y espiritual.
Sea cual fuere la cruz que os toque llevar. . . debéis aceptarla
sin una queja.
Muchos viven sin Dios y sin esperanza. . . Son pecaminosos, corrompidos,
degradados y se hallan cautivos de los engaños de Satanás.
Pero son precisamente aquellos a quienes Cristo vino a redimir. Son
el objeto de su más tierna compasión, simpatía e incansable
esfuerzo, pues se hallan al borde de la ruina. Sufren por sus deseos
insatisfechos, por sus pasiones desordenadas y por los reproches de su
conciencia; se sienten miserables en todo el sentido de la palabra, pues
están perdiendo su esperanza para esta vida y no tienen ninguna
perspectiva para la vida futura.
Tenéis un campo de labor importante. Debéis ser
activos y vigilantes y obedecer gozosa e incondicionalmente las demandas
del Maestro.* 225
Nuestro Salvador comprende perfectamente la naturaleza humana y nos
dice a cada uno:" Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que
está en los cielos es perfecto". Así como Dios es perfecto
en su esfera, así debe serlo el hombre en la suya. A quienes
reciben a Cristo se dirigen estas palabras llenas de esperanza: "A todos
los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de
ser hechos hijos de Dios". Ellas nos indican que no debemos conformarnos
con nada que sea inferior a un carácter sobresaliente y elevado,
formado a la semejanza divina. Cuando se posee un carácter
tal, la vida, la fe, la pureza de la religión constituyen un ejemplo
instructivo para los demás.*
Pero se chasquearán los que esperan contemplar un cambio mágico
en su carácter sin que haya un esfuerzo decidido de su parte para
vencer el pecado. Mientras contemplemos a Jesús, no tendremos
razón para temer ni para dudar de que Cristo es capaz de salvar
hasta lo sumo a todos los que acuden a él. Pero podemos temer
constantemente para que nuestra vieja naturaleza no gane otra vez la supremacía,
no sea que el enemigo invente alguna trampa por la que seamos otra vez
sus cautivos. Hemos de ocuparnos de nuestra salvación con
temor y temblor, pues Dios es el que obra en nosotros así el querer
como el hacer su buena voluntad. Con nuestras facultades limitadas
hemos de ser tan santos en nuestra esfera como Dios es santo en la suya.
Hasta donde alcance nuestra capacidad, hemos de manifestar la verdad, el
amor y la excelencia del carácter divino. Así como la cera
recibe la impresión del sello, así el alma ha de recibir
la impresión del Espíritu de Dios y ha de retener la imagen
de Cristo.
Hemos de crecer diariamente en belleza espiritual. Fracasaremos
con frecuencia en nuestros esfuerzos de imitar el modelo divino.
Con frecuencia tendremos que prosternarnos para llorar a los pies de Jesús,
debido a nuestras faltas y errores, pero no hemos de desanimarnos.
Hemos de orar más fervientemente, creer más plenamente y
tratar otra vez, con mayor firmeza, de crecer a la semejanza de nuestro
Señor. Al desconfiar de nuestro propio poder, confiaremos
en el poder de nuestro Redentor y daremos alabanza al Señor, quien
es la salud de nuestro rostro y nuestro Dios.* 226
Siempre hay que fomentar los principios, la rectitud y la honestidad.
Esta última no permanecerá donde se dé albergue a
la conveniencia. Jamás podrá haber acuerdo entre ambas.
Una proviene de Dios, la otra, de Baal. El Maestro exige que sus
siervos sean probos en sus motivos y acciones. Se debe vencer toda
forma de codicia y avaricia. Los que elijan como compañía
a la honestidad, la incluirán en todos sus actos. Esta clase
de hombres no son del agrado de la mayoría, pero son preciosos para
Dios.
Satanás está trabajando para introducirse en todas partes.
Es su intención separar a quienes son verdaderos amigos. Hay
hombres que siempre están hablando, chismeando, dando falso testimonio,
sembrando semillas de discordia y originando contiendas. El cielo
considera a esta clase de personas como los siervos más eficientes
de Satanás. Pero el que resulta agraviado se halla en una
situación mucho menos peligrosa que cuando se lo adula y ensalza
por unas pocas labores que aparentemente ha realizado con buen éxito.
La alabanza, de los supuestos amigos es más peligrosa que su vituperio.
Todo hombre que se alaba a sí mismo empaña el brillo
de sus mejores esfuerzos. Un carácter verdaderamente noble
no se rebaja hasta sentirse ofendido por las acusaciones de sus enemigos.
Toda palabra pronunciada resulta inocua porque no hace más que corroborar
lo que no puede abatir. El Señor quiere que su pueblo esté
íntimamente unido a él, a su Dios de paciencia y amor.
Todos deben manifestar en su vida el amor de Cristo. Que nadie se atreva
a menoscabar la reputación o la posición de otro porque esto
es egotismo. . . Nunca habléis desdeñosamente de nadie, porque
puede ser valioso a la vista del Señor, en tanto que los que se
consideran importantes pueden ser de escasa estima para Dios debido a la
perversidad de su corazón. Nuestra única seguridad
consiste en que permanezcamos ocultos al pie de la cruz, en que nos veamos
insignificantes y confiemos en Dios, pues sólo él tiene poder
para hacemos grandes.* 227
Saber lo que constituye pureza de la mente, el alma y el cuerpo, es
parte importante de la educación. Cuando al carácter
le falta pureza, cuando el pecado ha llegado a formar parte de él,
tiene un poder hechizador que se asemeja al vaso de licor embriagante.
El poder del dominio propio y la razón resulta sobrepujado por actos
que contaminan el ser entero; y si se continúa con estas costumbres
pecaminosas, el cerebro se debilita y enferma, y pierde su equilibrio.
Los tales son una maldición para sí mismos y para los que
se relacionan con ellos de alguna manera.
Los malos hábitos se adquieren más fácilmente
que los buenos, y son más difíciles de abandonar. La
natural depravación del corazón explica este hecho bien conocido:
Requiere mucho menos trabajo desmoralizar a la juventud, corromper sus
ideas relativas al carácter moral y lo religioso, que injertar en
su carácter los hábitos duraderos, puros e incorruptos, de
justicia y verdad. La complacencia propia, el amor a los placeres, la enemistad,
el orgullo, la estima propia, la envidia, los celos, se desarrollarán
espontáneamente, sin ejemplo ni enseñanza. En nuestra
actual situación de seres caídos, todo lo que tenemos que
hacer es abandonar la mente y el carácter a sus tendencias naturales.
En el mundo natural, si dejáis un campo abandonado, lo veréis
cubrirse de espinas y cardos; pero para que produzca preciosa semilla o
hermosas flores, hay que poner cuidado y labor incesantes.*
Os presento la necesidad de resistir constantemente al mal. Todo
el cielo está interesado en los hombres y las mujeres a quienes
Dios ha valorado hasta el punto de entregar a su Hijo amado a la muerte
para redimirlos. Ningún otro ser creado por Dios es capaz de lograr
tal grado de perfeccionamiento, de refinamiento, de nobleza como el hombre.
Pero cuando llega a quedar embotado por sus pasiones envilecedoras, sumergido
en el vicio, ¡qué espécimen tiene que contemplar el
Señor! El hombre no alcanza y lo que puede ser y lo que puede llegar
a ser. Mediante la gracia de Cristo es capaz de efectuar un constante
progreso mental.* Resplandezca la luz de la verdad en la mente del hombre
y prodíguese el amor de Dios en su corazón, y podrá
ser un hombre poderoso, hijo de la tierra, pero heredero de la inmortalidad.*
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