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Domingo
LA SANTIFICACIÓN TOTAL DEL HOMBRE
Renovaos en el espíritu de  vuestra mente, y  vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. (Efe. 4: 23, 24).

La verdad debe santificar íntegramente al hombre abarcando su mente, sus pensamientos, su corazón, su fuerza.  No debe malgastar sus  energías vitales en prácticas lascivas. Debe vencerlas,   pues de otro modo ellas lo vencerán. . . La malaria sensual obnubila la mente. Los pensamientos necesitan purificación. ¡Qué alturas habrían podido alcanzar los hombres y las mujeres si hubieran comprendido que el trato que se dispensa al cuerpo está íntimamente relacionado con el vigor y la pureza de la mente y el corazón!
El verdadero cristiano obtiene una experiencia que le reporta santidad.  No tiene mancha de pecado en su conciencia ni señal de corrupción en su alma.  Se incorpora a su vida la espiritualidad de la ley de Dios con sus principios restrictivos. La luz de la verdad ilumina su entendimiento. La lumbre del perfecto amor hacia el Redentor disipa los miasmas interpuestos entre su alma y Dios.  La voluntad de Dios ha llegado a ser la suya: pura, elevada, refinada y santificada.  En su rostro se revela la luz del cielo.  Su cuerpo es templo apropiado del Espíritu Santo.  La santidad adorna su carácter. Dios puede tener comunión con él, pues el alma y el cuerpo están en armonía con el Señor. . .
Dios quiere que comprendamos que él tiene derecho sobre todo lo que poseemos: mente, alma, cuerpo y espíritu.  Somos suyos por creación y por redención. Como Creador, demanda de nosotros un servicio sin reservas.  Como Redentor, tiene sobre nosotros derecho afectivo y también legal a un amor sin paralelos. Deberíamos comprender este derecho en todo momento de nuestra existencia. . . Nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestra vida le pertenecen no sólo porque constituyen su generoso don, sino porque constantemente nos provee de sus beneficios y nos da fortaleza para usar nuestras facultades. . . "A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios", dice el Señor (Juan 1: 12). . . Los que son hijos de Dios representarán a Cristo en su carácter. Sus obras tendrán la fragancia de la ternura, la compasión, el amor y la pureza infinitos del Hijo de Dios. Y cuanto más sometamos al Espíritu  Santo la mente y el cuerpo, tanto mayor será la fragancia de la ofrenda que le hagamos.* 229
 

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Lunes
EN ARMONÍA CON SU LEY
Dame entendimiento, y guardaré tu ley, y la cumpliré de todo corazón. (Sal. 119: 34).

En el nuevo nacimiento el corazón viene a quedar en armonía con Dios, al estarlo con su ley.  Cuando se ha efectuado este gran cambio en el pecador, entonces ha pasado de muerte a vida, del pecado a la santidad, de la transgresión y la rebelión a la obediencia y a la lealtad. . . Falsas teorías sobre la santificación, debidas a que no se hizo caso de la ley divina, o se la rechazó, desempeñan importante papel en los movimientos religiosos de nuestros días.  Esas teorías son falsas en cuanto a la doctrina y peligrosas en sus resultados prácticos, y el hecho de que hallen tan general aceptación hace doblemente necesario que todos tengan una clara comprensión de lo que las Sagradas Escrituras enseñan sobre este punto.
La doctrina de la santificación verdadera es bíblica.  El apóstol Pablo, en su carta a la iglesia de Tesalónica, declara: "Esta es la voluntad de Dios, es a saber, vuestra santificación".  Y ruega así: "El mismo Dios de paz os santifique del todo" (1 Tes. 4: 3; 5: 23, VM).  La Biblia enseña claramente lo que es la santificación, y cómo se la puede alcanzar.  El Salvador oró por sus discípulos: "Santifícalos con la verdad: tu Palabra es la verdad" (Juan 17: 17, VM).  Y San Pablo enseña que los creyentes deben ser santificados por el Espíritu Santo (Rom. 15: 16). ¿Cuales la obra del Espíritu Santo? Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando viniere aquél, el Espíritu de verdad, el los guiará al conocimiento de la verdad" (Juan 16: 13, VM). Y el salmista dice: "Tu ley es la verdad ". Por la Palabra y el Espíritu de Dios quedan de manifiesto ante los hombres los grandes principios de justicia encerrados en la ley divina. Y ya que la ley de Dios es santa, justa y buena, un trasunto de la perfección divina, resulta que el carácter formado por la obediencia a esa ley será santo.  Cristo es el ejemplo perfecto de semejante carácter. . . Los discípulos de Cristo han de volverse semejantes a él, es decir, adquirir por la gracia de Dios un carácter conforme a los principios de su santa ley.  Esto es lo que la Biblia llama santificación.  Esta obra no se puede realizar sino por la fe en Cristo, por el poder del Espíritu de Dios que habite en el corazón.* 230

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Martes
SANTIFICACIÓN ESPURIA
El que dice: Yo le conozco y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. (1 Juan 2: 4, 5).

La santificación, tal cual la entiende ahora el mundo religioso en general, lleva en sí misma un germen de orgullo espiritual y de menosprecio de la ley de Dios que nos la presenta como del todo ajena a la religión de la Biblia. Sus defensores enseñan que la santificación es una obra instantánea, por la cual, mediante la fe solamente, alcanzan perfecta santidad. "Tan sólo creed -dicen- y la bendición es vuestra". Según ellos, no se necesita mayor esfuerzo de parte del que recibe la bendición. Al mismo tiempo niegan la autoridad de la ley de Dios y afirman que están dispensados de obligación de guardar los mandamientos. Pero, ¿será acaso posible que los hombres sean santos y concuerden con la voluntad y el modo de ser de Dios, sin ponerse en armonía con los principios que expresan su naturaleza y voluntad?. . .
El Deseo de llevar una religión fácil, que no exija luchas, ni desprendimiento, ni ruptura con las locuras del mundo, ha hecho popular la doctrina de la fe, y de la fe sola; pero, ¿qué dice la Palabra de Dios?  El apóstol Santiago dice: "Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?. . . ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?" (Sant. 2: 14, 20). . . El testimonio de la Palabra de Dios se opone a esta doctrina seductora de la fe sin obras.  No es fe pretender el favor del Cielo sin cumplir las condiciones necesarias para que la gracia sea concedida.  Es presunción, pues la fe verdadera se funda en las promesas y disposiciones de las Sagradas Escrituras.  Nadie se engañe a sí mismo creyendo que puede volverse santo mientras viole premeditadamente uno de los preceptos divinos.  Un pecado cometido deliberadamente acalla la voz atestiguadora del Espíritu y separa al alma de Dios. . . Aunque Juan habla mucho del amor en sus epístolas, no vacila en poner de manifiesto el verdadero carácter de esa clase de personas que pretenden ser santificadas y seguir transgrediendo la ley de Dios.  "El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no esta en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado" (1 Juan 2: 4, 5).* 231

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Miércoles
IMPRESIONES, SENTIMIENTOS Y DROGAS
De tus mandamientos he adquirido Inteligencia; por tanto, he aborrecido todo camino de mentira. (Sal. 119: 104).

Son muchos los espíritus inquietos que no quieren someterse a la disciplina, el sistema y el orden.  Piensan que sus libertades quedarían cercenadas si pusiesen a un lado su propio juicio y se sometiesen al de personas de experiencia. La obra de Dios no progresará a menos que los hermanos decidan someterse al orden y expulsar de las reuniones el espíritu temerario y desordenado del fanatismo.  Las impresiones y los sentimientos no son evidencia segura de que una persona es conducida por el Señor.  Satanás creará sentimientos e impresiones, si no se sospecha de él.  Estas cosas no son una guía segura.  Todos deben familiarizarse cabalmente con las evidencias de nuestra fe, y el gran objeto de su estudio debe ser cómo adornar la profesión de fe con frutos dignos de la gloria de Dios.*
Durante algún tiempo (un paciente del sanatorio de Battle Creek) supuso que tenía nueva luz.  Estaba muy enfermo y pronto iba a morir. . . Presentó sus visiones a algunos que lo escucharon con avidez y lo consideraron inspirado. . . Muchos creyeron que su razonamiento era perfecto y hablaron de las poderosas exhortaciones pronunciadas por él en su cuarto de enfermo.  Las visiones más maravillosas habían pasado delante de sus ojos.  Pero, ¿cuál había sido la fuente de su inspiración?: La morfina que se le había administrado para calmar sus dolores.*
Los venenos contenidos en muchos así llamados remedios crean hábitos y apetitos que labran la ruina del alma y del cuerpo. Muchos de los específicos populares, y aun algunas de las drogas recetadas por los médicos, contribuyen a que se contraigan los vicios del alcoholismo, del opio y de la morfina, que tanto azotan a la sociedad.*
Si la bendición que aseguran haber recibido los que se dicen santos, los lleva a confiar en una determinada emoción y a declarar que no necesitan escudriñar las Escrituras para conocer la voluntad revelada de Dios, esa supuesta bendición es una impostura, pues hace que sus poseedores den importancia a sus emociones y fantasías no santificadas, y cierren sus oídos a la voz de Dios manifestada en su Palabra.* 232

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Jueves
TAMBORES, DANZAS Y ESTRÉPITO
Hágase todo decentemente y con orden. (1 Cor. 14: 40).

Esas mismas cosas que habéis explicado que ocurrían. . . el Señor me ha mostrado que volverán a ocurrir justamente antes de la terminación del tiempo de gracia.  Se manifestará toda clase de cosas extrañas.  Habrá vocerío acompañado de tambores, música y danza.  El juicio de algunos. . . se confundirá de tal manera que no podrán confiar en él para tomar decisiones correctas.  Y a eso considerarán manifestación del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo nunca se manifiesta en esa forma, mediante ese ruido enloquecedor.  Eso es una invención de Satanás para disimular sus ingeniosos métodos destinados a desvirtuar la pura, sincera, elevadora, ennoblecedora y santificadora verdad para este tiempo. . . El ruido enloquecedor aturde los sentidos y desnaturaliza lo que, si se condujera en la forma debida, constituiría una bendición.  La influencia de los instrumentos satánicos se combina con el estrépito y el vocerío, semejante al de un carnaval, y a eso se lo denomina la obra del Espíritu Santo. . . Los que participan en el supuesto reavivamiento reciben impresiones que los desorientan.  Son incapaces de decir qué creían anteriormente con respecto a los principios bíblicos. No debería estimularse esta clase de   culto.  Esa misma influencia se manifestó después de cumplida la fecha  de 1844.  Se ofreció la misma clase de espectáculo. Los hombres se excitaron y se sintieron impulsados por un poder que se creía era el de Dios.*
Hombres y mujeres supuestamente guiados por el Espíritu Santo celebraron reuniones en estado de desnudez.  Hablaban acerca de la carne santificada.  Decían que estaban fuera del alcance del poder de la tentación, y cantaban, gritaban y hacían toda clase de manifestaciones ruidosas. . . Satanás le estaba dando forma a la obra, y el resultado era la sensualidad.  La causa de Dios fue deshonrada.  La verdad, la sagrada verdad fue arrojada en tierra por agentes humanos. . . Dí mi testimonio, declarando que esos movimientos fanáticos, ese ruido, ese bullicio, eran inspirados por el espíritu de Satanás, quien estaba haciendo milagros para engañar, si era posible, aun a los escogidos.  Debemos ser vigilantes, mantener una relación íntima con Cristo, para no ser engañados por los artificios de Satanás.  El Señor desea que en su culto haya orden y disciplina, no agitación y confusión.* 233

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Viernes
NINGÚN MOTIVO PARA JACTARSE
Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos. (Isa. 6: 5).

Los que experimenten la santificación de que habla la Biblia, manifestarán un espíritu de humildad.  Como Moisés, contemplaron la terrible majestad de la santidad y se dan cuenta de su propia indignidad en contraste con la pureza y la alta perfección del Dios infinito.
El profeta Daniel fue ejemplo de verdadera santificación.  Llenó su larga vida del noble servicio que rindió a su Maestro.  Era un hombre "muy amado" (Dan. 10: 11) en el cielo. Sin embargo, en lugar de prevalerse de su pureza y santidad, este profeta tan honrado de Dios se identificó con los mayores pecadores de Israel cuando intercedió cerca de Dios en favor de su pueblo: "¡No derramamos nuestros ruegos ante tu rostro a causa de nuestras justicias, sino a causa de tus grandes compasiones" "He pecado, hemos obrado impíamente" (Dan. 9: 18, 15). . .
Cuando Job oyó la voz del Señor de entre el torbellino, exclamó: "Me aborrezco, y me arrepiento en el polvo y la ceniza" (Job 42: 6). Cuando Isaías contempló la gloria del Señor, y oyó a los querubines que clamaban: "¡Santo, santo, santo es Jehová!" "¡Ay de mí, pues soy perdido!" (Isa. 6: 3, 5, VM). Después de haber sido arrebatado hasta el tercer cielo y haber oído cosas que no le es dado al hombre expresar, Pablo habló de sí mismo como del "más pequeño de todos los santos" (2 Cor 12: 2-4; Efe. 3: 8). Y el amado Juan, el que había descansado en el pecho de Jesús y contemplado su gloria, fue el que cayó como muerto a los pies del ángel. (Apoc. 1: 17.)
No puede haber glorificación de sí mismo, ni arrogantes pretensiones de estar libres de pecado por parte de los que andan a la sombra de la cruz del Calvario.  Harta cuenta se dan de que fueron sus pecados los que causaron la agonía del Hijo de Dios y destrozaron su corazón; y este pensamiento les inspira profunda humildad.  Los que viven más cerca de Jesús son también los que mejor ven la fragilidad y culpabilidad de la humanidad, y su sola esperanza se cifra en los méritos de un Salvador crucificado y resucitado.* 234

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Sábado
LA SALVACIÓN: UNA EXPERIENCIA DIARIA
Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. (1 Cor. 10: 12).

La caída de Pedro no fue instantánea, sino gradual.  La confianza propia lo indujo a creer que estaba salvado, y dio paso tras paso en el camino descendente hasta que pudo negar a su Maestro.  Nunca podemos con seguridad poner la confianza en el yo, ni tampoco, estando, como nos hallamos, fuera del cielo, hemos de sentir que nos encontramos seguros contra la tentación.  Nunca debe enseñarse a los que aceptan al Salvador, aunque sean sinceros en su conversión, a decir o sentir que están salvados.  Eso es engañoso. Debe enseñarse a todos a acariciar la esperanza y la fe, pero aun cuando nos entregamos a Cristo y sabemos que él nos acepta, no estamos fuera del alcance de la tentación. . . Sólo el que soporte la prueba, "recibirá la corona de vida" (Sant. 1: 12). . . Los que aceptan a Cristo dicen en su primera fe: "Soy salvo" están en peligro de confiar en sí mismos. . . Se nos amonesta: "el que piense estar firme, mire no caiga" (1 Cor. 10: 12). Nuestra única seguridad está en desconfiar constantemente de nosotros mismos y confiar en Cristo.*
Hay muchos que profesan seguir a Cristo, pero que nunca llegan a ser cristianos maduros.  Admiten que el hombre está caído, que sus facultades están debilitadas, que es incapaz de hazañas morales, pero añaden que Cristo ha llevado todas las cargas,  todos los sufrimientos, toda la abnegación, y que están dispuestos a dejar que él lo lleve todo.  Dicen que no hay nada que puedan hacer sino creer; pero dijo Cristo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" (Mat. 16: 24). . .
Nunca debemos descansar satisfechos de nuestra condición y cesar de progresar diciendo: "Estoy salvado". Cuando se fomenta esta idea, cesan de existir los motivos para velar, para orar, para realizar fervientes esfuerzos a fin de avanzar hacia logros más elevados.  Ninguna lengua santificada pronunciará esas palabras hasta que venga Cristo y entremos por las puertas de la ciudad de Dios.  Entonces, con plena razón podremos dar gloria a Dios y al Cordero por la liberación eterna. . . No puede jactarse de la victoria el que se reviste de la armadura, pues tiene todavía que pelear la batalla y ganar la victoria. El que soporte hasta el fin es el que será salvo.* 235

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