Es tanto el privilegio de cada miembro de la iglesia conocer por
medio de la Palabra la voluntad de Dios con respecto a su conducta, como
lo es para el presidente de la asociación o para cualquier otra
persona que ocupe un cargo de confianza. Buscarán al Señor
todos los que desean ser instruidos, iluminados y modelados por el Espíritu
Santo. Dios está listo para comunicarse con su pueblo. . .
Cada cual debe tratar de conocer la Palabra de Dios por sí
mismo mediante ferviente oración, y cumplirla. Solamente cuando
pone su confianza en Dios cada día, y no en el brazo de carne, obtendrá
el alma la experiencia necesaria para responder esta oración de
Cristo: "Y esta empero es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único
Dios verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado" (Juan 17: 3).
Esta es la lección que se da a cada alma que ha comenzado el nuevo
año. En todas las preocupaciones temporales de ustedes, en
todos los cuidados y ansiedades, esperen en el Señor. No confíen
en príncipes, ni en hijos de hombres porque ocupan cargos de confianza.
El Señor ha unido los corazones de ustedes con el de él.
Si lo aman, y han sido aceptados en su servicio, lleven al Señor
todas sus cargas, públicas y privadas, y esperen en él.
Tendrán entonces una experiencia individual, una convicción
de su presencia y su disposición a escuchar las oraciones de ustedes
en demanda de sabiduría e instrucción, que les dará
seguridad y confianza en la buena voluntad del Señor para socorrerlos
en sus perplejidades. . .
Quiere que se regocijen y lo alaben cada día por el privilegio
que les concede mediante las palabras de Cristo: "Venid a mí todos
los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar"
(Mat. 11: 28). . . Extiendan sus casos delante del Señor, y no importa
cuáles sean sus ansiedades y pruebas, el espíritu de ustedes
se fortalecerá para resistirlos. Se abrirá el camino delante
de ustedes para librarlos de las ataduras y dificultades. No necesitan
ir al pueblo vecino o a los confines de la tierra para saber qué
hacer. Confíen en Dios como su permanente Ayudador, como el
que es capaz de dirigir todas las cosas puesto que sabe qué es lo
mejor (Manuscrito 15, del 14 de marzo de 1897, "Necesaria experiencia individual").
83
Necesitamos albergar amor en nuestros corazones. No debiéramos
estar dispuestos a pensar mal de nuestros hermanos. Debiéramos
interpretar en la forma más leve posible lo que hacen o lo que dicen.
Debemos ser cristianos en el sentido bíblico del término:
"Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante
el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros
entrañablemente, de corazón puro" (1 Ped. 1: 22).
No debemos ser descuidados con respecto a nuestra propia salvación.
"Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros
mismos" (2 Cor. 13: 5).
No debemos ser indiferentes. Debemos examinar el verdadero carácter
de nuestros pensamientos, sentimientos, manera de ser, propósitos,
palabras y acciones. No estaremos seguros a menos que combatamos constantemente
y con éxito contra nuestras propias corrupciones pecaminosas.
Debemos asegurarnos de que somos un ejemplo de santidad cristiana,
de que estamos en la fe. A menos que escudriñemos diligentemente
nuestros corazones a la luz de la Palabra de Dios, el amor a nosotros mismos
nos inducirá a tener una opinión propia mucho más
elevada de lo que debería ser. No debemos ser tan celosos
en nuestros esfuerzos para corregir a los demás, que descuidemos
nuestras propias almas. No necesitamos manifestar tanto celo por nuestros
hermanos que descuidemos la obra que se necesita hacer en nuestro propio
beneficio. Los errores de los demás de ningún modo corregirán
los nuestros. Tenemos una obra que hacer por nosotros mismos, que
de ninguna manera debemos descuidar. . .
Si estamos llenos de la misericordia y el amor de Dios, su efecto se
manifestará en los demás. No tenemos nada de qué
jactarnos. Todo nos lo ha dado un generoso Salvador, Debemos cuidar
con diligencia nuestras propias almas. Debemos andar en humildad.
No queremos revestirnos con el manto de la guerra, sino con las vestimentas
de la paz y la justicia. Quiera el Señor enseñarnos a llevar
su yugo y su carga. Todo en esta causa y en esta obra debe ser llevado
a cabo con un espíritu bondadoso y conciliador. Siempre podemos
ser corteses, y nunca debiéramos temer el serio demasiado.
Debemos practicar la buena voluntad hacia todos los hombres (Carta 11,
del 15 de marzo de 1880, dirigida a un administrador de la Asociación
General). 84
Al dar su vida por la vida del mundo, Cristo franqueó el abismo
abierto por el pecado, para unir esta tierra maldita con el universo celestial.
Dios escogió este mundo para que fuera el escenario de sus poderosas
obras de gracia. Mientras la sentencia condenatoria pendía
sobre él a causa de la rebelión de sus habitantes, mientras
nubes de ira se iban acumulando debido a la transgresión de la ley
de Dios, se escuchó una voz misteriosa en el cielo que decía:
"He aquí, vengo. . . El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha
agradado" (Sal. 40: 7, 8).
Nuestro sustituto y seguridad vino del cielo para declarar que había
traído con él el inmenso e incalculable don de la vida eterna.
Se ofrece perdón a todos los que quieran volver a ser leales a la
ley de Dios. Pero hay quienes rehusan aceptar un "Así dice
Jehová". No reverencian ni respetan su ley. Promulgan
rigurosas leyes humanas que se oponen a un "Así dice Jehová",
y por precepto y ejemplo inducen a pecar tanto a hombres, como a mujeres
y niños. Exaltan las leyes humanas por encima de la ley divina.
Pero la condenación y la ira de Dios penden sobre los desobedientes.
Ya se están juntando las nubes de la justicia de Dios. Por
siglos y siglos se han estado acumulando los materiales destructivos, y
sin embargo sigue aumentando la apostasía, la rebelión y
la deslealtad contra Dios. El pueblo remanente de Dios, los que guardan
sus mandamientos, comprenderán las palabras de Daniel: "Muchos serán
limpios, y emblanquecidos y purificados; los impíos procederán
impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero
los entendidos comprenderán" (Dan. 12: 10).
Satanás ha declarado que este mundo es su territorio.
Aquí está su trono, y considera suyos a todos los que no
quieren guardar los mandamientos de Dios y rechazan un claro "Así
dice Jehová". Están bajo el estandarte del enemigo,
porque hay sólo dos bandos en el mundo. Todos están
bajo el estandarte de los obedientes o bajo el de los desobedientes.
Jesús está enviando ahora su mensaje a un mundo caído.
Se complace en tomar elementos aparentemente sin esperanza que han sido
instrumentos de Satanás, para someterlos a la influencia de su gracia.
Se regocija al librarlos de la ira que caerá sobre los desobedientes
(Manuscrito 41, del 16 de marzo de 1898, "La medida del amor de Dios").
85
Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. 1 Ped. 4: 10.
Cuántos dones de Dios han sido mal usados, porque los que los
recibieron no tenían el fervor que produce el amor de Cristo en
el alma. Hay gran necesidad de que cada cual haga lo mejor posible.
Hay quienes habrían usado sabiamente los talentos recibidos si se
los hubiera dejado luchar solos y depender de sus posibilidades.
Pero llegaron a poseer bienes y perdieron el incentivo necesario para cultivar
sus talentos y hacer todo lo posible a fin de comunicar lo que tenían.
La abundancia de dinero impidió que cumplieran fielmente su mayordomía.
Todos los que pretenden ser cristianos deben administrar sabiamente
los bienes de Dios. El Señor está haciendo un inventario
del dinero que les ha prestado y de los privilegios espirituales que les
ha concedido. ¿No harán ustedes, como administradores, un
cuidadoso inventario? ¿No quisieran verificar si están empleando
con economía todo lo que Dios les ha confiado o si están
malgastando en forma egoísta los bienes del Señor con propósitos
de ostentación? ¡Si todo lo que se gasta sin necesidad se
depositara en la tesorería del cielo!
Dios no sólo le da dinero a sus administradores. La capacidad
de impartir también es un don. ¿Qué dones del Señor
están compartiendo ustedes mediante sus palabras y su tierna simpatía?
¿Están permitiendo que su dinero pase a las filas del enemigo
para arruinar a los que quiere complacer? Por lo tanto, repito, el
conocimiento de la verdad es un talento. Hay muchas almas que moran
en las tinieblas y que podrían ser iluminadas por las fieles palabras
de ustedes. Hay corazones hambrientos de simpatía que perecen
lejos de Dios. La simpatía de ustedes los puede ayudar. .
.
La primera obra de todo cristiano consiste en escudriñar las
Escrituras con ferviente oración, para poder tener esa fe que obra
por el amor y purifica el alma de todo vestigio de egoísmo.
Si se recibe la verdad en el corazón, obra como la buena levadura,
hasta que cada facultad humana se somete a la voluntad de Dios. Entonces,
tal como el sol, no podrán dejar de resplandecer (Manuscrito 42,
del 17 de marzo de 1898, "A cada hombre su obra"). 86
Todo lo hizo hermoso en su tiempo. Ecl. 3: 11.
Dios desea que veamos la hermosura natural del mundo. Desea que
la veamos y eduquemos a nuestros hijos para que vean que es una expresión
del amor de Dios por el hombre. Hay una voz que les habla a ustedes,
padres, para ablandar y subyugar sus corazones. Recuerden siempre
al que hizo el cielo y la tierra, al que revistió el mundo con esa
alfombra de terciopelo verde, que nos ha dado los encumbrados árboles
recubiertos de su verde follaje. Pero en lugar de alabar a Dios,
que hizo todas estas cosas, los seres humanos hablan de las cosas hechas
por el hombre, y piensan en sus hermosas casas y en sus ropas tan ricamente
adornadas. Todo esto requiere tiempo y dinero. ¡Y eso significa
almas!
Dios nos ha dado dinero a fin de que lo empleemos para su gloria. ¡Oh,
si se pudiera descorrer el velo y si sólo pudiéramos tener
una vislumbre del amor de Dios que sobrepuja todo entendimiento!
Apenas me atrevo a referirme a la gloria que nos espera. ¿A quienes?
A cada alma que haya sido probada y que tenga la mira puesta en la gloria
de Dios, que sea leal a la verdad del cielo. El honor, la gloria
y los aplausos del mundo no valen nada para nosotros.
¿Qué pasa con el alma que ha aceptado a Jesucristo como
su Salvador personal? El amor fluye del corazón divino al
del creyente. ¿Qué hace entonces ese corazón?
Se dedica a servir a Dios y a guardar sus mandamientos para que no se lo
encuentre en la condición de Adán y Eva después de
la transgresión. No podemos permitir esto. No podemos
darnos el lujo de pecar. El pecado es realmente muy caro. . .
Queremos entrar por las puertas de la ciudad eterna. Cuando se abran
las puertas de perla, desearemos escuchar la bienvenida. Queremos
que ciña nuestra frente la corona de gloria inmortal. Queremos
recibir la túnica tejida en el telar del cielo, tan blanca que no
hay blanqueador en la tierra que pueda lograr su pureza. Queremos
ver al Rey en su hermosura y contemplar sus incomparables encantos. . .
Les ruego que depositen sus tesoros en el cielo. Líbrense
de todo lo que confunda la mente y les impida establecer la diferencia
que existe entre lo sagrado y lo común (Manuscrito 20, del 18 de
marzo de 1894, "El cuidado del Padre por sus hijos"). 87
Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados. 1 Ped. 2: 24.
Gracias a que Cristo sufrió el castigo en su propio cuerpo sobre
la cruz, el hombre dispone de una segunda oportunidad. Si quiere,
puede volver a ser leal. Pero si no quiere obedecer los mandamientos
de Dios, si rechaza las amonestaciones y los mensajes del Señor,
para aceptar más bien las palabras seductoras pronunciadas por los
que se hacen eco del engañador, su ignorancia es voluntaria, y la
condenación de Dios está sobre él. Elige la
desobediencia porque la obediencia significa llevar la cruz y practicar
la abnegación, y seguir a Cristo en la senda de la obediencia.
La mente natural se inclina hacia el placer y la complacencia propia,
y es el plan de Satanás proveer estas cosas en abundancia para que
la excitación domine a los hombres y no les dé tiempo para
considerar esta pregunta: "¿En qué condición está
mi alma?" El amor a los placeres es contagioso. . .
La capacidad de gozar de las riquezas de la gloria aumentará
con el deseo que tengamos de poseerlas. ¿Cómo podremos aumentar
nuestro aprecio por Dios y las cosas celestiales a menos que sea en esta
vida? Si permitimos que las exigencias y los cuidados de este mundo
absorban todo nuestro tiempo y toda nuestra atención, nuestras facultades
espirituales se debilitarán y morirán por falta de ejercicio.
En una mente totalmente entregada a las cosas terrenales, está cerrado
todo intersticio por medio del cual se podría filtrar la luz del
cielo. En ese caso no se puede sentir el efecto de la gracia transformadora
de Dios sobre la mente y el carácter. Se ignoran y se descuidan
los talentos que se podrían usar. ¿Cómo se puede responder,
entonces, cuando se oye esta invitación: "Venid, que ya todo está
preparado" (Luc. 14: 17)? ¿Cómo es posible que un hombre
reciba está alabanza: "Bien, buen siervo fiel" cuando ha sido
desobediente, desagradecido e impío? Ha educado su mente para
descartar los claros requerimientos de Dios y para sentir disgusto por
lo religioso. Ama las cosas de la tierra más que las celestiales.
La obediencia a los mandamientos de Dios dará como resultado
que nuestros nombres sean inscriptos en el Libro de la Vida del Cordero.
"Porque somos hechos participantes de Cristo" (Heb. 3: 14) (Manuscrito
28, del 19 de marzo de 1899, "No penséis que he venido para abrogar
la ley"). 88
Miremos la cruz del Calvario. Es la garantía de amor ilimitado,
de la inconmensurable misericordia del Padre celestial. ¡Oh, si todos
se arrepintieran e hicieran sus primeras obras! Cuando los miembros
de las iglesias lo hagan, amarán a Dios sobre todas las cosas y
a su prójimo como a sí mismos. Efraín no envidiaría
a Judá, y éste no ofendería a Efraín.
Las disensiones desaparecerán y el áspero ruido de la contienda
no se escuchará más dentro de los límites de Israel.
Por medio de la gracia abundantemente proporcionada por Dios, todos
tratarán de contestar la oración de Cristo, es decir, que
sus discípulos sean unidos, como él y su Padre están
unidos. La paz, el amor, la misericordia y la benevolencia serán
los permanentes principios del alma. El amor de Cristo será
el tema de toda lengua, y el Testigo verdadero no podrá decir más:
"Tengo contra ti, que has dejado tu primer amor" (Apoc. 2: 4). El
pueblo de Dios permanecerá en Cristo, el amor de Jesús se
manifestará, y un solo Espíritu animará a todos los
corazones, regenerándolos y renovándolos a la imagen de Cristo,
amoldándolos a todos por igual.
Como ramas vivientes de la vid verdadera, todos estaremos unidos a
Cristo, la Cabeza viviente. Jesús morará en cada corazón,
para guiar, consolar, santificar, y para presentar al mundo la unidad de
sus seguidores, para dar testimonio de ese modo que la iglesia remanente
posee las credenciales del cielo. Mediante la unidad de la iglesia
de Cristo se probará que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito.
. .
Las obras no pueden ser para nosotros el precio que pagamos para entrar
al cielo. La única ofrenda que se hizo alcanza para todos
los creyentes. El amor de Cristo proporcionará nueva vida
a los creyentes. Quien beba aquí del agua de la fuente de
vida, será saciado en el reino con el nuevo vino. La fe en
Cristo será el medio por el cual el debido espíritu y los
motivos acertados obrarán en el creyente, y del que mira a Jesús
procederán toda bondad y toda actitud celestial, puesto que él
es autor y consumador de su fe. Miremos a Dios, no a los hombres.
El Señor es nuestro Padre celestial que está dispuesto a
soportar con paciencia nuestras debilidades y que las perdona y las sana
(Review and Herald, del 20 de marzo de 1894). 89
Sus comentarios