Debéis mantenemos alejados del terreno encantado de Satanás
y no permitir que vuestras mentes sean apartadas de la fidelidad a Dios.
Mediante Cristo podéis y debéis ser felices y adquirir hábitos
de dominio propio. Hasta vuestros pensamientos deben ser sometidos
a la voluntad de Dios y vuestros sentimientos al dominio de la razón
y la religión. No os fue dada la imaginación para que
se le permitiese correr tumultuosamente y salirse con la suya, sin hacer
ningún esfuerzo por refrenarla o disciplinarla. Si los pensamientos
son malos, los sentimientos serán malos; y los pensamientos y sentimientos
combinados forman el carácter moral. . . Si cedéis
a vuestras impresiones y permitís que vuestros pensamientos vayan
por un camino de suspicacia, duda y descontento, os contaréis entre
los más desgraciados de los mortales.*
Estimada Hna. F., usted tiene una imaginación enfermiza y deshonra
a Dios permitiendo que sus sentimientos controlen totalmente su razón
y su juicio. Usted tiene una voluntad decidida que induce a la mente
a influir sobre el cuerpo desequilibrando la circulación y produciendo
congestión en ciertos órganos. De ese modo usted está
sacrificando su salud en aras de sus sentimientos.
Está cometiendo un error que si no lo corrige terminará
por arruinar no sólo su felicidad. No sólo se está
haciendo verdadero daño a sí misma, sino también a
los miembros de su familia. . . Esta actitud no sería pecado si
usted no tuviera dominio sobre sus sentimientos; pero ni aún en
ese caso tendría excusa para someterse al enemigo. Su voluntad
necesita ser santificada y subyugada en lugar de alzarse en contra de la
voluntad de Dios.
El hombre se encuentra en un mundo de aflicción, cuidados y
confusión. Se halla aquí para ser examinado y probado
así como lo fueron Adán y Eva a fin de poder desarrollar
un carácter noble y extraer armonía de la discordia y la
confusión. Nos quedan por realizar muchas cosas esenciales.
. . y nos queda mucho por disfrutar. Mediante Cristo nos ponemos
en conexión con Dios. Su misericordia nos pone continuamente
en deuda con él. Al sentirnos indignos de sus favores, hemos
de apreciar aun el más ínfimo de ellos.* 221
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Un carácter formado a la semejanza divina es el único
tesoro que podemos llevar de este mundo al venidero. Los que en este
mundo andan de acuerdo con las instrucciones de Cristo, llevarán
consigo a las mansiones celestiales toda adquisición divina.
Y en el cielo mejoraremos continuamente. . .
La capacidad mental y el genio no son el carácter, porque a
menudo son posesión de quienes tienen justamente lo opuesto a lo
que es un buen carácter. La reputación no es el carácter.
El carácter íntegro es una cualidad del alma que se manifiesta
en la conducta.
Un buen carácter es un capital de más valor que el oro
o la plata. No lo afectan las crisis ni los fracasos, y en aquel
día en que serán barridas las posesiones terrenales, os producirá
ricos dividendos. La integridad, la firmeza y la perseverancia son
cualidades que todos deben procurar cultivar fervorosamente; porque
invisten a su poseedor con un poder irresistible, un poder que lo hará
fuerte para hacer el bien, fuerte para resistir el mal y para soportar
la adversidad.
La fuerza de carácter consiste en dos cosas: la fuerza de voluntad
y el dominio propio. Muchos jóvenes consideran equivocadamente
la pasión fuerte y sin control como fuerza de carácter; pero
la verdad es que el que es dominado por sus pasiones es un hombre débil.
La verdadera grandeza y nobleza del hombre se miden por su poder de subyugar
sus sentimientos, y no por el poder que tienen sus sentimientos de subyugarlo
a él. El hombre más fuerte es aquel que, aunque sensible
al maltrato, refrena sin embargo la pasión y perdona a sus enemigos.
Si se considerara tan importante que los jóvenes poseyeran un
carácter hermoso y una disposición amistosa, como se estima
importante que imiten las modas del mundo en el vestir y el comportarse,
veríamos a cientos, donde hoy vemos a uno, que suben al escenario
de la vida activa preparados para ejercer una influencia ennoblecedora
sobre la sociedad.* 222
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Adán y Eva fueron colocados en el Edén en circunstancias
extremadamente favorables. . . Estaban sin la condenación del pecado.
La luz de Dios y de los ángeles estaba con ellos y los rodeaba.
El Autor de su existencia era su maestro. Pero cayeron bajo el poder
y las tentaciones del artero enemigo. Durante cuatro mil años
Satanás estuvo obrando contra el gobierno de Dios y obtuvo fortaleza
y experiencia gracias a su constante actividad en este sentido. Los
hombres caídos no tenían las ventajas de Adán en el
Edén. Habían estado separados de Dios durante cuatro
mil años. La sabiduría para comprender y el poder para
resistir las tentaciones de Satanás habían disminuido más
y más, al punto que éste parecía reinar triunfante
sobre la tierra. El apetito y la pasión, el amor del mundo
y pecados temerarios eran las grandes ramas del mal, de las cuales crecían
toda suerte de crímenes, violencias y corrupción.*
Puesto que el hombre caído no podía vencer a Satanás
con su fortaleza humana, vino Cristo de las reales cortes del cielo para
ayudarlo con su fortaleza humana y divina combinadas. Cristo sabía
que Adán en el Edén, con sus excelentes ventajas, podía
haber resistido la tentación de Satanás y podía haber
vencido. Sabía también que no era posible que el hombre,
fuera del Edén, separado de la luz y del amor de Dios, desde la
caída, resistiera con su propia fuerza las tentaciones de Satanás.
A fin de proporcionar esperanza al hombre y salvarlo de su completa ruina,
se humilló a sí mismo al tomar la naturaleza humana, para
que, con su poder divino combinado con el humano, pudiera alcanzar al hombre
donde éste está. Obtuvo para los caídos hijos
e hijas de Adán aquella fortaleza que, es imposible que logren por
sí mismos, para que en el nombre de Cristo puedan vencer las tentaciones
de Satanás.*
Nuestra vida puede parecer enredada, pero al confiarnos al. . . Maestro,
él desentrañará el modelo de vida y carácter
que sea para su propia gloria. Y ese carácter que expresa
la gloria -o carácter- de Cristo, será recibido en el Paraíso
de Dios.*
Todo el que cumpla por fe los mandamientos de Dios, alcanzará
el estado de impecabilidad en que vivía Adán antes de la
caída.* 223
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