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Elena G. de White / Ellen G. WhiteDeclaraciones de Elena de White sobre

CIENCIAS DE LA TIERRA


Centro de Investigación White - Argentina

Traducción del original "The Essential Knowledge", "EGW on the Value and Limitations of Science" and Ellen G. White Statements relating to Geology and Earth Sciences.

EL CONOCIMIENTO ESENCIAL

Testimonies for the Church, tomo 8, 255-261



"Para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo" (2 Cor. 4:6).



Dios en la naturaleza

Antes de la entrada del pecado no había ni una nube en las mentes de nuestros primeros padres que oscureciera su percepción del carácter de Dios. Estaban en perfecta conformidad con la voluntad de Dios. Por vestimenta los rodeaba una hermosa luz, la luz de Dios. Esta luz clara y perfecta iluminaba todo objeto al que se aproximaban.

La naturaleza era su libro de texto. En el Jardín del Edén se notaba la existencia de Dios. Los objetos de la naturaleza que los rodeaban revelaban los atributos de Dios. Todo objeto sobre el que se posaban sus ojos les hablaba. Las cosas invisibles de Dios "su eterno poder y deidad", se veían claramente, y eran comprendidos por medio de las cosas hechas.



Resultados del pecado

Pero aunque es verdad que el comienzo Dios podía ser discernido en la naturaleza, después de la caída no fue así que un conocimiento perfecto de Dios se encontrara revelado en el mundo natural, en Adán y su posteridad. Sino que la transgresión trajo desgracia sobre la tierra y se interpuso entre la naturaleza y la naturaleza de Dios. Si Adán y Eva nunca hubieran desobedecido a su Creador, si hubieran permanecido en el camino de la perfecta rectitud, hubieran continuado aprendiendo de Dios mediante sus obras. Pero cuando oyeron al tentador y pecaron contra Dios, la luz de sus vestimentas de inocencia celestial se apartó de ellos. Privados de la luz celestial, no pudieron más discernir el carácter de Dios en las obras de sus manos.

Y mediante la desobediencia del hombre se produjo un cambio en la misma naturaleza. Manchada por la maldición del pecado, la naturaleza sólo puede mostrar un testimonio imperfecto del Creador. No puede revelar su carácter en su perfección.



Un Maestro Divino

Necesitamos un Maestro divino. Para que el mundo no permanezca en tinieblas, en una eterna oscuridad espiritual, Dios nos salió al encuentro mediante Cristo Jesús. Cristo es "la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo" (Juan 1:9, versión King James). La "iluminación del conocimiento de la gloria de Dios" es revelada "en la faz de Jesucristo" (2 Cor. 4:6). La luz de Cristo, que ilumina nuestro entendimiento y brilla sobre la faz de la naturaleza, todavía nos capacita para leer la lección del amor de Dios en sus obras creadas.



La naturaleza testifica de Dios

Las cosas de la naturaleza que hoy miramos nos dan sólo un débil concepto de la belleza y la gloria del Edén. Sin embargo, mucho de esta belleza permanece. La naturaleza testifica que Uno, infinito en poder, grande y bondadoso, misericordioso y amoroso, creó la tierra y la llenó con vida y felicidad. Aún en su estado opacado, todas las cosas revelan la mano del gran Artífice. Aunque el pecado ha manchado la forma y la belleza de las cosas de la naturaleza, aunque en ellas se puede ver las marcas de la obra del príncipe de las potestades del aire, no obstante todavía hablan de Dios. En las zarzas, los cardos, las espinas, las cizañas, podemos leer la ley de condenación; pero de la belleza de los cosas naturales y de su maravillosa adaptación a nuestras necesidades y nuestra felicidad, podemos leer que Dios todavía nos ama, que su misericordia todavía se manifiesta en el mundo.

Los cielos cuentan la gloria de Dios,

y el firmamento anuncia la obra de sus manos.

Un día emite palabra a otro día,

y una noche a otra noche declara sabiduría.

No hay lenguaje, ni palabras,

ni es oída su voz.

Salmo 19:1-3



La incapacidad del hombre para interpretar la naturaleza

Separados de Cristo somos todavía incapaces de interpretar correctamente el lenguaje de la naturaleza. La lección más difícil y humillante que el hombre ha tenido que aprender es la de su propia ineficiencia al depender de la sabiduría humana y el completo fracaso de sus esfuerzos para leer correctamente la naturaleza. Por sí mismo él no puede interpretar la naturaleza sin colocarla por encima de Dios. Se encuentra en una situación similar a la de los atenienses, quienes, entre medio de sus altares dedicados a la adoración de la naturaleza, tenían uno con la escritura: "al dios no conocido." Dios era realmente desconocido para ellos. Es desconocido para todos aquellos que, sin la conducción del divino Maestro, se dedican al estudio de la naturaleza. Con seguridad llegarán a conclusiones erróneas.

En su humana sabiduría el mundo no conoce a Dios. Sus hombres sabios obtienen un conocimiento imperfecto de El por medio de sus obras creadas; pero este conocimiento, lejos de darles conceptos exaltados de Dios, lejos de elevar sus mentes y sus almas, y llevar todo su ser en conformidad con la voluntad de Dios, tiende a hacer a los hombres idólatras. En su ceguera exaltan la naturaleza y las leyes de la naturaleza por encima del Dios de la naturaleza.

Dios ha permitido que un raudal de luz se derrame sobre el mundo en los descubrimientos de la ciencia y el arte; pero cuando los profesos hombres de ciencia razonan sobre estos temas desde un punto de vista meramente humano, de seguro que errarán. Las más grandes mentes, si no son guiadas por la palabra de Dios, se confunden en sus intentos por investigar la relación de la ciencia y la revelación. El Creador y sus obras están más allá de su comprensión; y debido a que esto no puede explicarse por las leyes naturales, se considera la historia bíblica como no confiable.

Aquellos que cuestionan la confiabilidad de los registros de las Escrituras han dejado ir su ancla y son golpeados por las rocas de la infidelidad. Cuando se encuentran incapaces de medir al Creador y sus obras por su propio conocimiento imperfecto de la ciencia, cuestionan la existencia de Dios y atribuyen a la naturaleza poder infinito.

En la verdadera ciencia no puede haber nada contrario a las enseñanzas de la palabra de Dios, porque ambas tienen el mismo autor. Una comprensión correcta de ellas siempre probará que las dos están en armonía. La verdad, tanto en la naturaleza como en la revelación, es armoniosa consigo misma en todas sus manifestaciones. Pero la mente no iluminada por el Espíritu de Dios siempre estará en oscuridad con respecto a su poder. Esta es la razón de porqué las ideas humanas con respecto a la ciencia tan a menudo contradicen las enseñanzas de la Palabra de Dios. (Testimonies for the Church, tomo 8, 255-258).

La obra de la creación

Nunca podrá la ciencia explicar la obra de la creación. ¿Qué ciencia puede explicar el misterio de la vida?

La teoría de que Dios no creó la materia cuando sacó al mundo a la existencia, no tiene fundamento. Al formar el mundo, Dios no se valió de materia preexistente. Por el contrario, todas las cosas, materiales o espirituales, comparecieron ante el Señor Jehová a la orden de su voz y fueron creadas para el propósito de él. Los cielos y todo su ejército, y todas las cosas que contienen, son no sólo la obra de sus manos, sino que llegaron a la existencia por el aliento de su boca.

"Por la fe entendemos haber sido compuestos los siglos por la palabra de Dios, siendo hecho lo que se ve, de lo que no se veía." (Heb.11: 3.)



Las leyes de la naturaleza

Al espaciarse en las leyes de la materia y de la naturaleza, muchos pierden de vista la intervención continua y directa de Dios, si es que no la niegan. Expresan la idea de que la naturaleza actúa independientemente de Dios, teniendo en sí y de por sí sus propios límites y sus propios poderes con que obrar. Hay en su mente una marcada distinción entre lo natural y lo sobrenatural. Atribuyen lo natural a causas comunes, desconectadas del poder de Dios. Se atribuye poder vital a la materia, y se hace de la naturaleza una divinidad. Se supone que la materia está colocada en ciertas relaciones, y que se la deja obrar de acuerdo a leyes fijas, en las cuales Dios mismo no puede intervenir; que la naturaleza está dotada de ciertas propiedades y sujeta a ciertas leyes, y luego abandonada a sí misma para que obedezca a estas leyes y cumpla la obra originalmente ordenada.

Esta es una ciencia falsa; en la Palabra de Dios no hay nada que pueda sostenerla. Dios no anula sus leyes, sino que obra continuamente por su intermedio y las usa como sus instrumentos. Ellas no obran de por sí. Dios está obrando perpetuamente en la naturaleza. Ella es su sierva, y él la dirige como a él le place. En su obra, la naturaleza atestigua la presencia inteligente y la intervención activa de un Ser que actúa en todas sus obras de acuerdo con su voluntad. No es por un poder original inherente a la naturaleza cómo año tras año la tierra produce sus dones y continúa su marcha en derredor del sol. La mano del poder infinito obra de continuo para guiar este planeta. Lo que le conserva su posición en su rotación es el poder de Dios ejercitado momentáneamente.

El Dios del cielo obra constantemente. Su poder hace florecer la vegetación, aparecer cada hoja y abrirse cada flor. Cada gota de lluvia o copo de nieve, cada brizna de hierba, cada hoja, flor y arbusto, testifican acerca de Dios. Estas cosas pequeñas que son tan comunes en derredor nuestro enseñan la lección de que nada es demasiado humilde para que lo note el Dios infinito; nada es demasiado pequeño para su atención.

El mecanismo del cuerpo humano no puede comprenderse plenamente; sus misterios actuales dejan perplejo al más inteligente. Si el pulso late y una respiración sigue a la otra, no es como resultado de un mecanismo que una vez puesto en movimiento, sigue funcionando. En Dios vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. Cada respiración, cada palpitación del corazón constituyen una evidencia continua del poder de un Dios siempre presente.

Dios es el que hace salir el sol en los cielos. El abre las ventanas de los cielos y da lluvia. El hace crecer la hierba sobre los montes. "El da la nieve como lana, derrama la escarcha como ceniza." "A su voz se da muchedumbre de aguas en el cielo; ... hace los relámpagos con la lluvia, y saca el viento de sus depósitos." (Sal. 147: 16; Jer.10: 13.)

El Señor está constantemente ocupado en sostener y usar como siervos suyos las cosas que ha hecho. Dijo Cristo: "Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro." (Juan 5: 17.)


Misterios del poder divino

Los mayores intelectos humanos no pueden comprender los misterios de Jehová que se revelan en la naturaleza. La inspiración divina hace muchas preguntas que no puede contestar el erudito más profundo. Estas preguntas no fueron hechas para que las pudiésemos contestar, sino para llamar nuestra atención a los profundos misterios de Dios, y enseñarnos que nuestra sabiduría es limitada, que en lo que rodea nuestra vida diaria hay muchas cosas que superan la comprensión de las mentes finitas y que el juicio y el propósito de Dios son inescrutables. Su sabiduría es también insondable.

Los escépticos se niegan a creer en Dios porque sus mentes finitas no pueden comprender el poder infinito por medio del cual él se revela a los hombres. Pero se le ha de reconocer más por lo que no revela de sí mismo que por lo que está abierto a nuestra comprensión limitada. Tanto en la revelación divina como en la naturaleza, Dios nos ha dejado misterios que exigen fe. Así debe ser. Podemos escudriñar siempre, averiguar de continuo, aprender constantemente, y sin embargo, quedará más allá el infinito. (Joyas de los testimonios, tomo 3, 257-261).




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