El Principio Fundamental

Por Arthur Whitefield Spalding

 Arthur  Whitefield Spalding (1877- 1953) escribe luego de tener una larga experiencia en el campo de la educación.

Después de enseñar ingles a nivel universitario, fue director de varias escuelas secundarias. Más adelante fundó la Comisión de Hogar de la Conferencia General y sirvió como su secretario desde 1922 hasta 1941. Durante su vida escribió 30 libros, la mayoría de ellos destinados para los niños y jóvenes. En 1947, él escribió lo siguiente para dos compañeros educadores, Thomas W Steep y Herbert J. Welch, el presidente y el preceptor del colegio de Madison.

Los adventistas del séptimo día nunca se han aferrado, de manera corpórea, al concepto básico de educación de la hermana White, ni llegan cerca de comprender la magnitud y el carácter de esa educación y el formato educativo necesario para producirla. Solo han entendido parcialmente dónde y cómo entra ésta en conflicto con la filosofía y la ciencia del mundo .

¿ Cuál es el principio primordial de la educación cristiana? Es el amor, y punto. Es amor con un campo tan vasto, con un significado tan profundo, de una naturaleza tan inherente y penetrante, de modo que la verdadera educación esta permeada de él, transformando sus ideales, objetivos, métodos y formas. Casi no puedo dejar de enfatizar este punto, porque sé que para muchas mentes el amor es sólo una palabra de cuatro letras. O es un sentimiento. O es una obsesión. "Oh, por supuesto que amamos. Debemos amar a nuestros hermanos cristianos. Debemos amar a nuestros estudiantes. Debemos amamos los unos a los otros." Lo cual significa en la mayoría de los casos que nos gustan las personas cuando no nos causan fastidio.

Es el amor de Dios, llenando nuestros corazones, mentes y vidas, operando en el aprendizaje y ministerio, lo que hace al educador cristiano. Para no extenderme más, déjenme presentarles algunos ángulos específicos.

El amor es opuesto al egoísmo. El gran incentivo de este mundo es la rivalidad, el engrandecimiento propio, la contención por  la supremacía. Ésta impregna el comercio, la sociedad, la educación y la religión. En oposición a la rivalidad encontramos el principio de Cristo referente al amor divino, que no busca su preferencia egoísta, que satisface su naturaleza mediante un ministerio desinteresado en favor de otros y que encuentra su recompensa en el compañerismo con Cristo. Sólo con decir amén a esto y continuar con el tipo de educación que tenemos es cumplir Ezequiel14:1-8.  

La rivalidad, quizás no al, extremo en que el mundo la lleva, sin embargo, súper abundante, se manifiesta en nuestras escuelas, en los incentivos para obtener becas, en las clases y distinciones sociales, en los deportes, en los clubes y en la política de la iglesia y sus departamentos.

¿No es deprimente el pensar que algunos hombres codician el llegar a ser el presidente de la Asociación General? Comienzan luchando por llegar a ser presidente de la fraternidad estudiantil o de la clase de graduandos. Los incentivos competitivos para la obtención de becas se manifiestan en la clasificación de las notas académicas, en las convocaciones de honor y en  premios. La rivalidad se estimula en las elecciones realizadas en las clases y en los clubes, en campañas de recolección de fondos y subscripciones, recreaciones y en deportes. Cada una de éstas es condenada, en principio y algunas por nombre, en la Biblia y en el espíritu de profecía.

Muchos de nuestros educadores se ofenden cuando se les sugiere que deberíamos eliminar la rivalidad o por lo menos la competencia como un incentivo.

Muchos defienden los deportes los cuales  son específicamente condenados por los Testimonios. Su actitud es, "oh, ¿por qué ocasionar tanto alboroto? No vemos un peligro tan grande en un poquito de competencia. Tendríamos una sociedad insípida y anticuada si eliminaseis este leve estímulo, y solamente se tendría el mismo nivel de apatía y mediocridad." Ellos afirman esto porque no conocen el tremendo incentivo del amor, manifestado en diversos tipos de aplicaciones. No buscan comprobar los Testimonios; buscan refutarlos.

¿ Es negativo? Una y otra vez se acusa o se insinúa que este programa de reforma es simplemente negativo. La suposición es que se les dice a los estudiantes: "No podéis hacer esto o aquello. No podéis jugar béisbol, al tenis, no al fútbol, a los juegos de cartas, no hagáis campañas enérgicas para obtener puestos o para realizar obras de caridad, y no ofrezcáis incentivos para las becas." El desaliento hundiría a los espíritus humanos a las profundidades de la apatía y la desesperación. ¡Qué espantosa perspectiva!

El hecho es que todo esto es una farsa, el argumento de la influencia del licor, los intereses de la industria de las diversiones comerciales, las asociaciones de juego, los belicistas, "Nos quitan nuestros intereses y nos dejan en la nada, sin ninguna actividad y ningún incentivo que vivir." Tengo la convicción de que los profesores Adventistas del Séptimo día que adoptan esta actitud, no desean conocer la verdad. Ellos no creen en el espíritu de profecía, ni buscan encontrar los medios para demostrar su veracidad. Siendo que sólo conocen (o mayormente), los deportes, las diversiones y los incentivos del mundo en los cuales ellos han nacido y de los que no han salido, emplean cualquier esfuerzo que realizan en resolver este problema, intentando evadir los Testimonios directos y justificar así su desobediencia. Y añadido a esto se encuentra el temor a la innovación, a ser peculiares, a diferenciarse de otras escuelas y otros sistemas. La filosofía de las masas.
El programa de incentivo cristiano, en el hogar, en la escuela y en la iglesia, es positivo y constructivo. Nuestra juventud ha estado tan sujeta a prohibiciones extraídas de los escritos de la Hna. White, que por lo general le temen a los Testimonios como el esclavo le teme al látigo. Cada programa positivo tiene necesariamente un lado negativo: Si usted hace esto, Ud. no hace aquello. Pero el consejo para los profesores cristianos es fomentar el lado positivo, constructivo y el espíritu de profecía brinda un gran apoyo para esto.

Cualquiera que no sabe esto, no conoce el espíritu de profecía.  La competencia, la rivalidad, son el vino alterado de la emulación. Si nosotros no podemos ingerir un líquido a menos que sea cerveza o champagne, entonces  tampoco podremos competir sin contienda. Mas Dios no es responsable de este brebaje maligno. La recreación física, mental y espiritual ha de ser hallada en las actividades de la naturaleza y en los estudios, la música, el arte, las relaciones sociales, en el trabajo y en el servicio misionero, todo sin envidia, celos o la lucha por ser el mayor.

 La multiplicidad de estas oportunidades de recreación y generosa cooperación son mucho más extensas de lo que puedo mencionar aquí; algunas de ellas están escritas en mi libro, Who is the Greatest? [¿Quién es el Mayor?]

¿Es destructivo? ¿Deberíamos ingresar a una escuela, entre estudiantes que en su mayoría han salido del mundo o por lo menos es seguro decir que han salido de una sociedad en donde la competencia es la regla general, y decirles: "Abandonen, ahora, todas estas costumbres. Tal proceder no es cristiano. No lo permitiremos. Ustedes han de llegar a ser como Cristo, abnegados, serviciales, amorosos." Los dogmas del profesorado prohíben esto. Ningún verdadero profesor comienza enemistándose con sus alumnos. El maestro cristiano primeramente debe obtener la victoria por medio de lo que refleja en su vida, mediante el amor a sus estudiantes.

Cuando los estudiantes llegan a amarle, a confiar en él, a seguirle, han alcanzado parte de la meta. Entonces ellos creerán lo que él enseñe. Seguirán su ejemplo. Si el maestro tiene una motivación de amor, más noble que ofrecerles, ellos abandonarán voluntariamente el impulso tosco e insociable de la rivalidad. El programa de transformar una escuela de principios mundanos en una escuela de principios cristianos es un proceso de sustituir lo malo e indigno por lo bueno y verdadero.

Pero en primer lugar es vital que los maestros estén verdaderamente convertidos; que estén tan imbuidos de los principios del amor cristiano que no puedan instruir sin enseñado y que tengan una visión y una persistencia tal que, aunque deban moverse con discreción, lo harán y se dirigirán hacia el objetivo.
Es más, en una escuela que ya ha hecho algún progreso en inculcar los principios cristianos, es de vital importancia que no ocurra ninguna regresión. Que donde los deportes competitivos no han sido aprobados no se les permita ser introducidos. Que donde la rivalidad en las elecciones, las campañas y las becas, ha sido reducida al mínimo, no se le permita desarrollarse nuevamente.

El maestro y el administrador cristiano deben estar siempre alerta para detectar y frustrar cada movimiento que se haga hacia la reanudación de las prácticas que Cristo condena y las cuales han sido sancionadas. Manteniendo todo  lo que se ha logrado, los maestros deberían progresar constantemente hacia el ideal.

¿Qué producirá esto en la organización de la escuela? No puedo decir donde será efectivo primeramente. En un caso puede ser en esto y en otro puede ser en lo otro. Pero en algún momento quitará los elementos de egoísmo y la expresión de auto-engrandecimiento en las prácticas de la escuela. La naturaleza competitiva de las calificaciones-las cuales es cierto, han sido disminuidas en el sistema más moderar--serán eliminadas. No se ofrecerán premios de origen secular por los esfuerzos escolares: el gran incentivo es una mejor preparación para servir a Cristo. Si esto no es innato en los estudiantes, será inculcado por los profesores tanto por precepto como por ejemplo. Las distinciones en la clase serán minimizadas hasta llegar a ser finalmente erradicadas.

No deseo adelantarme tanto que el cuadro parezca imaginario. Pero pienso que los maestros cristianos deberían mirar hacia el futuro en forma objetiva. Es obvio para todo aquel que piensa, que las formaciones horizontales de clases para los estudiantes de primero, segundo, tercero y último año de bachillerato promueven oportunidades e incentivos que fomentan el orgullo y la arrogancia. Creo que los principios del amor y el ministerio cristiano darán como resultado la sustitución de estas clases horizontales por clases verticales, hermandades y (no fraternidades o clubes), en donde una unidad estaría compuesta por un número reducido de estudiantes de primer año de bachillerato, un número aún más reducido de estudiantes de  segundo año, y todavía menos estudiantes del tercero, y uno o dos estudiantes del cuarto. Los estudiantes menores e inexpertos serán ayudados por sus compañeros de un nivel superior; ellos a su vez por aquellos que tienen un año más de experiencia; y finalmente, aquellos que han estado por más tiempo en la institución y por lo tanto son los más experimentados, (según una póliza escolar de calificar de acuerdo al carácter como también al nivel académico) los más estables y aptos, dirigirán toda la unidad y serán de ayuda para todos los niveles. Un sistema tal enseñaría responsabilidad, amor y ministerio cristiano. Este pequeño grupo de quizás una docena de estudiantes, y mucho más grupos según lo indique la asistencia, serían las unidades fundamentales en el gobierno y progreso de la escuela.

Gobierno: El gobierno de la escuela cristiana no ha de ser democrático ni tampoco autocrático. El ideal de Dios es que sea patriarcal. La familia es el modelo de Dios para la escuela. ¿Necesito citarles las declaraciones del espíritu de profecía en cuanto a este punto? Un estudio del gobierno de la familia nos revelará el patrón para el gobierno de nuestra escuela. Los más jóvenes son controlados completamente por los padres, pero a medida que se les enseñe a ser progresivamente autónomos, y aumenten en edad se les darán mayores responsabilidades, y, en la última etapa de su desarrollo, llegarán a ser los colaboradores de los padres dirigiendo a los más jóvenes. Aplíquese esto a la escuela y se tendrá el patrón de gobierno.
Las clases verticales que he sugerido anteriormente crean un medio para desarrollar esta responsabilidad y deber. Sobre esta base se edificaría una organización tan sencilla como fuera posible, ofreciéndole aun a los estudiantes la oportunidad de llevar muchas y variadas responsabilidades en el gobierno. No recomiendo que se introduzca bruscamente este ideal en medio del cuerpo estudiantil. Pienso que esto tendría que ser el resultado de un proceso educativo no competitivo, servicial y bondadoso. Los profesores deberían tener fe en él y manifestarlo por bastante tiempo, posiblemente aún antes de que pueda ser si quiera propuesto. Existen muchos otros ángulos de las pólizas sociales, escolásticas, industriales, y gubernamentales que tal vez tendría tratamiento previo.

El Currículo: Estamos ciertamente extraviados del ideal presentado en el espíritu de profecía en cuanto a algunas de las asignaturas que enseñamos y la manera en que lo hacemos. Por ejemplo, cito la literatura. Los Testimonios nos dicen que no deberíamos enseñar acerca de autores paganos, y lo que la hermana White afirma indica claramente que ella se refiere a autores neo-paganos como también a autores paganos de la antigüedad. Es la esencia de la literatura, no su periodo, lo que determina su carácter. Pero en la mayoría de nuestras escuelas prestamos poca atención a esa instrucción. ¿Por qué? Debido a que nuestros profesores de literatura han ido a las universidades para hacer su tesis, y han obtenido un concepto de la literatura que es .completamente anticristiano. Creo que la literatura deberíamos enseñarla selectiva y no históricamente. El verdadero propósito de la literatura, por lo menos en nuestro caso, es cultural, no pedantesco.
Algunas autoridades (supongo todas las " autoridades") estarán en desacuerdo conmigo en este punto: Y o no enseñaría a Homero, ni a Virgilio, ni a Dante, ni a Shakespeare, ni a Victor Hugo. Podría dar extractos de estos autores [que fuesen] de nobles sentimientos que valga la pena memorizar, pero no haría que mis estudiantes leyesen las brutalidades de la Guerra de Troya, las obscenidades de la sociedad romana, los retratos papales del infierno, ni que se espacien en la sangre, los truenos y los absurdos de Macbeth y La Tempestad, o la alborotada imaginación de la decadente Francia. Estos autores no son sino muestras de lo que yo rechazaría. Simplemente no tenemos tiempo que dedicarles. ¿Nos damos cuenta que estamos en los umbrales de la eternidad? ¿Cómo pueden los profesos maestros cristianos hacer frente a su Dios mientras enseñan a estos y otros autores paganos y degradantes? Hacemos poco o nada de la literatura bíblica. Reconozco que su atmosfera oriental y su semántica requieren ser enfocada a través de una apreciación inicial de la literatura occidental, pero este debería ser el propósito intermitente y la meta final del estudio de la literatura.
Podría citar otras ramas del conocimiento que necesitan ser reformadas, pero no me referiré a ellas aquí. Nuestro Currículo necesita una revisión para preservar e insertar lo vital y eliminar los vicios y la corrupción. Cada asignación del currículo necesita ser enseñada con Cristo como el centro de ella; y la manera de cómo alcanzar este propósito amerita el estudio de toda nuestra facultad, de manera continua.


 Tomado de Nuestro Firme Fundamento. Tomo 6, No. 1. Páginas 16-18.

 

11/03/2010 11:00:43