Este capítulo está basado en: Mateo 27. 31-53; Marcos 15: 20-38;
Lucas 23: 26-46; Juan 19: 16-30.
El Deseado de Todas las Gentes, Cáp. 78.
"Y COMO vinieron al lugar que se llama de la Calavera, le
crucificaron allí."
"Para santificar al pueblo por su propia sangre,"
Cristo "padeció fuera de la puerta." Hebreos 13:
12. Por la trasgresión de la ley de Dios, Adán y Eva fueron desterrados del
Edén. Cristo, nuestro substituto, iba a sufrir fuera de los límites de
Jerusalén. Murió fuera de la puerta, donde eran ejecutados los criminales y
homicidas. Rebosan de significado las palabras: "Cristo
nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición."
Gálatas 3: 13.

Una vasta multitud siguió a Jesús desde el pretorio hasta el Calvario. Las
nuevas de su condena se habían difundido por toda Jerusalén, y acudieron al
lugar de su ejecución personas de todas clases y jerarquías. Los sacerdotes y
príncipes se habían comprometido a no molestar a los seguidores de Cristo si él
les era entregado, así que los discípulos y creyentes de la ciudad y región
circundante pudieron unirse a la muchedumbre que seguía al Salvador.
Al cruzar Jesús la puerta del atrio del tribunal de Pilato, la cruz que había
sido preparada para Barrabás fue puesta sobre sus hombros magullados y
ensangrentados. Dos compañeros de Barrabás iban a sufrir la muerte al mismo
tiempo que Jesús, y se pusieron también cruces sobre ellos. La carga del
Salvador era demasiado pesada para él en su condición débil y doliente. Desde la
cena de Pascua que tomara con sus discípulos, no había ingerido alimento ni
bebida. En el huerto de Getsemaní había agonizado en conflicto con los agentes
satánicos. Había soportado la angustia de la entrega, y había visto a sus
discípulos abandonarle y huir. Había sido llevado a Annás, luego a Caifás y
después a Pilato. De Pilato había sido enviado a Herodes, luego de nuevo a
Pilato. Las injurias habían sucedido a las injurias, los escarnios a los
escarnios; Jesús había sido flagelado dos veces, y toda esa noche se había
producido una escena tras otra de un carácter capaz de probar hasta lo sumo a un
alma humana. Cristo no había desfallecido. No había pronunciado palabra que no
tendiese a glorificar a Dios. Durante toda la deshonrosa farsa del proceso, se
había portado con firmeza y dignidad. Pero cuando, después de la segunda
flagelación, la cruz fue puesta sobre él, la naturaleza humana no pudo soportar
más y Jesús cayó desmayado bajo la carga.
La muchedumbre que seguía al Salvador vio sus pasos débiles y tambaleantes, pero
no manifestó compasión. Se burló de él y le vilipendió porque no podía llevar la
pesada cruz. Volvieron a poner sobre él la carga, y otra vez cayó desfalleciente
al suelo. Sus perseguidores vieron que le era imposible llevarla más lejos. No
sabían dónde encontrar quien quisiese llevar la humillante carga. Los judíos
mismos no podían hacerlo, porque la contaminación les habría impedido observar
la Pascua. Entre la turba que le seguía no había una sola persona que quisiese
rebajarse a llevar la cruz.
En
ese momento, un forastero, Simón cireneo, que volvía del campo, se encontró con
la muchedumbre. Oyó las burlas y palabras soeces de la turba; oyó las palabras
repetidas con desprecio: Abrid paso para el Rey de los judíos. Se detuvo
asombrado ante la escena; y como expresara su compasión, se apoderaron de él y
colocaron la cruz sobre sus hombros.
Simón había oído hablar de Jesús. Sus hijos creían en el Salvador, pero él no
era discípulo. Resultó una bendición para él llevar la cruz al Calvario y desde
entonces estuvo siempre agradecido por esta providencia. Ella le indujo a tomar
sobre sí la cruz de Cristo por su propia voluntad y a estar siempre alegremente
bajo su carga.
Había no pocas mujeres entre la multitud que seguía al Inocente a su muerte
cruel. Su atención estaba fija en Jesús. Algunas de ellas le habían visto antes.
Algunas le habían llevado sus enfermos y dolientes. Otras habían sido sanadas.
Al oír el relato de las escenas que acababan de acontecer, se asombraron por el
odio de la muchedumbre hacia Aquel por quien su propio corazón se enternecía y
estaba por quebrantarse. Y a pesar de la acción de la turba enfurecida y de las
palabras airadas de sacerdotes y príncipes, esas mujeres expresaron su 692
simpatía. Al caer Jesús desfallecido bajo la cruz, prorrumpieron en llanto
lastimero.
Esto fue lo único que atrajo la atención de Cristo. Aunque abrumado por el
sufrimiento mientras llevaba los pecados del mundo, no era indiferente a la
expresión de pesar. Miró a esas mujeres con tierna compasión. No eran creyentes
en él; sabía que no le compadecían como enviado de Dios, sino que eran movidas
por sentimientos de compasión humana. No despreció su simpatía, sino que ésta
despertó en su corazón una simpatía más profunda por ellas. "Hijas de Jerusalem
--dijo,-- no me lloréis a mí, mas llorad por vosotras mismas, y por vuestros
hijos." De la escena que presenciaba, Cristo miró hacia adelante al tiempo de la
destrucción de Jerusalén. En ese terrible acontecimiento, muchas de las que
lloraban ahora por él iban a perecer con sus hijos.
De la caída de Jerusalén, los pensamientos de Jesús pasaron a un juicio más
amplio. En la destrucción de la ciudad impenitente, vio un símbolo de la
destrucción final que caerá sobre el mundo. Dijo: "Entonces comenzarán a decir a
los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. Porque si en el
árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué se hará?" Por el árbol verde,
Jesús se represento a sí mismo, el Redentor inocente. Dios permitió que su ira
contra la transgresión cayese sobre su Hijo amado. Jesús iba a ser crucificado
por los pecados de los hombres. ¿Qué sufrimiento iba entonces a soportar el
pecador que continuase en el pecado? Todos los impenitentes e incrédulos iban a
conocer un pesar y una desgracia que el lenguaje no podría expresar.
Entre la multitud que siguió al Salvador hasta el Calvario, había muchos que le
habían acompañado con gozosos hosannas y agitando palmas, mientras entraba
triunfantemente en Jerusalén. Pero no pocos de aquellos que habían gritado sus
alabanzas porque era una acción popular, participaban en clamar: "Crucifícale,
crucifícale." Cuando Cristo entró en Jerusalén, las esperanzas de los discípulos
habían llegado a su apogeo. Se habían agolpado en derredor de su Maestro,
sintiendo que era un alto honor estar relacionados con él. Ahora, en su
humillación, le seguían de lejos. Estaban llenos de pesar y agobiados por las
esperanzas frustradas. Ahora se verificaban las palabras de Jesús: "Todos
vosotros seréis escandalizados en mí esta noche; porque escrito está: Heriré al
Pastor, y las ovejas de la manada serán dispersas." Mateo 26: 31.
Al llegar al lugar de la ejecución, los
presos fueron atados a los instrumentos de tortura. Los dos ladrones se
debatieron en las manos de aquellos que los ponían sobre la cruz; pero Jesús no
ofreció resistencia. La madre de Jesús, sostenida por el amado discípulo Juan,
había seguido las pisadas de su Hijo hasta el Calvario. Le había visto desmayar
bajo la carga de la cruz, y había anhelado sostener con su mano la cabeza herida
y bañar la frente que una vez se reclinara en su seno. Pero se le había negado
este triste privilegio. Juntamente con los discípulos, acariciaba todavía la
esperanza de que Jesús manifestara su poder y se librara de sus enemigos. Pero
su corazón volvió a desfallecer al recordar las palabras con que Jesús había
predicho las mismas escenas que estaban ocurriendo. Mientras ataban a los
ladrones a la cruz, miró suspensa en agonía. ¿Dejaría que se le crucificase
Aquel que había dado vida a los muertos? ¿Se sometería el Hijo de Dios a esta
muerte cruel? ¿Debería ella renunciar a su fe de que Jesús era el Mesías?
¿Tendría ella que presenciar su oprobio y pesar sin tener siquiera el privilegio
de servirle en su angustia? Vio sus manos extendidas sobre la cruz; se trajeron
el martillo y los clavos, y mientras éstos se hundían a través de la tierna
carne, los afligidos discípulos apartaron de la cruel escena el cuerpo
desfalleciente de la madre de Jesús.
El
Salvador no dejó oír un murmullo de queja. Su rostro permaneció sereno. Pero
había grandes gotas de sudor sobre su frente. No hubo mano compasiva que
enjugase el rocío de muerte de su rostro, ni se oyeron palabras de simpatía y
fidelidad inquebrantable que sostuviesen su corazón humano. Mientras los
soldados estaban realizando su terrible obra, Jesús oraba por sus enemigos:
"Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen." Su espíritu se apartó de sus
propios sufrimientos para pensar en el pecado de sus perseguidores, y en la
terrible retribución que les tocaría. No invocó maldición alguna sobre los
soldados que le maltrataban tan rudamente. No invocó venganza alguna sobre los
sacerdotes y príncipes que se regocijaban por haber logrado su propósito. Cristo
se compadeció 694 de ellos en su ignorancia y culpa. Sólo exhaló una súplica
para que fuesen perdonados, "porque no saben lo que hacen."
Si hubiesen sabido que estaban torturando a Aquel que había venido para salvar a
la raza pecaminosa de la ruina eterna, el remordimiento y el horror se habrían
apoderado de ellos. Pero su ignorancia no suprimió su culpabilidad, porque
habían tenido el privilegio de conocer y aceptar a Jesús como su Salvador.
Algunos iban a ver todavía su pecado, arrepentirse y convertirse. Otros, por su
impenitencia, iban a hacer imposible que fuese, contestada la oración de Cristo
en su favor. Pero asimismo se cumplía el propósito de Dios. Jesús estaba
adquiriendo derecho a ser abogado de los hombres en la presencia del Padre.
Esa oración de Cristo por sus enemigos abarcaba al mundo. Abarcaba a todo
pecador que hubiera vivido desde el principio del mundo o fuese a vivir hasta el
fin del tiempo. Sobre todos recae la culpabilidad de la crucifixión del Hijo de
Dios. A todos se ofrece libremente el perdón. "El que quiere" puede tener paz
con Dios y heredar la vida eterna.
Tan pronto como Jesús estuvo clavado en la cruz, ésta fue levantada por hombres
fuertes y plantada con gran violencia en el hoyo preparado para ella. Esto causó
los más atroces dolores al Hijo de Dios. Pilato escribió entonces una
inscripción en hebreo, griego y latín y la colocó sobre la cruz, más arriba que
la cabeza de Jesús. Decía: "Jesús Nazareno, Rey de los
Judíos." Esta inscripción irritaba a los judíos. En el tribunal de Pilato
habían clamado: "Crucifícale." "No tenemos rey sino a César." Juan 19: 15.
Habían declarado que quien reconociese a otro rey era traidor. Pilato escribió
el sentimiento que habían expresado. No se mencionaba delito alguno, excepto que
Jesús era Rey de los judíos. La inscripción era un reconocimiento virtual de la
fidelidad de los judíos al poder romano. Declaraba que cualquiera que aseverase
ser Rey de Israel, era considerado por ellos como digno de muerte. Los
sacerdotes se habían excedido. Cuando maquinaban la muerte de Cristo, Caifás
había declarado conveniente que un hombre muriese para salvar la nación. Ahora
su hipocresía quedó revelada. A fin de destruir a Cristo, habían estado
dispuestos a sacrificar hasta su existencia nacional.
Los sacerdotes vieron lo que habían hecho, y pidieron a Pilato que cambiase la
inscripción. Dijeron: "No escribas, Rey de los judíos: sino, que él dijo: Rey
soy de los Judíos." Pero Pilato estaba airado consigo mismo por su debilidad
anterior y despreciaba cabalmente a los celosos y arteros sacerdotes y
príncipes. Respondió fríamente: "Lo que he escrito, he escrito."
Un poder superior a Pilato y a los judíos había dirigido la colocación de esa
inscripción sobre la cabeza de Jesús. Era la providencia de Dios, tenía que
incitar a reflexionar e investigar las Escrituras. El lugar donde Cristo fue
crucificado se hallaba cerca de la ciudad. Miles de personas de todos los países
estaban entonces en Jerusalén, y la inscripción que declaraba Mesías a Jesús de
Nazaret iba a llegar a su conocimiento. Era una verdad viva transcrita por una
mano que Dios había guiado.
En los sufrimientos de Cristo en la cruz, se cumplía la profecía. Siglos antes
de la crucifixión, el Salvador había predicho el trato que iba a recibir. Dijo:
"Porque perros me han rodeado, hame cercado cuadrilla de malignos: horadaron mis
manos y mis pies. Contar puedo todos mis huesos; ellos miran, considéranme.
Partieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes." Salmo
22:16-18. La profecía concerniente a sus vestiduras fue cumplida sin consejo ni
intervención de los amigos o los enemigos del Crucificado. Su ropa había sido
dada a los soldados que le habían puesto en la cruz. Cristo oyó las disputas de
los hombres mientras se repartían las ropas entre sí. Su túnica era tejida sin
costura y dijeron: "No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, de quién
será."
En otra profecía, el Salvador declaró: "La afrenta ha quebrantado mi corazón, y
estoy acongojado: y esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo: y
consoladores, y ninguno hallé. Pusiéronme además hiel por comida, y en mi sed me
dieron a beber vinagre." Salmo 69: 20, 21. Era permitido dar a los que sufrían
la muerte de cruz una poción estupefaciente que amortiguase la sensación del
dolor. Esta poción fue ofrecida a Jesús; pero al probarla, la rehusó. No quería
recibir algo que turbase su inteligencia. Su fe debía aferrarse a Dios. Era su
única fuerza. Enturbiar sus sentidos sería dar una ventaja a Satanás.
Los enemigos de Jesús desahogaron su ira sobre él mientras pendía de la cruz.
Sacerdotes, príncipes y escribas se unieron a la muchedumbre para burlarse del
Salvador moribundo. En ocasión del bautismo y de la transfiguración, se había
oído la voz de Dios proclamar a Cristo como su Hijo. Nuevamente, precisamente
antes de la entrega de Cristo, el Padre había hablado y atestiguado su
divinidad. Pero ahora la voz del cielo callaba. Ningún testimonio se oía en
favor de Cristo. Solo, sufría los ultrajes y las burlas de los hombres
perversos.
"Si eres Hijo de Dios --decían,--
desciende de la cruz." "Sálvese
a sí, si éste es el Mesías, el escogido de Dios." En el desierto de la
tentación, Satanás había declarado: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras
se hagan pan." "Si eres Hijo de Dios, échate abajo"
desde el pináculo del templo. Mateo 4:3, 6. Y Satanás, con ángeles suyos en
forma humana, estaba presente al lado de la cruz. El gran enemigo y sus huestes
cooperaban con los sacerdotes y príncipes. Los maestros del pueblo habían
incitado a la turba ignorante a pronunciar juicio contra Uno a quien muchos no
habían mirado hasta que se les instó a que diesen testimonio contra él. Los
sacerdotes, los príncipes, los fariseos y el populacho empedernido estaban
confederados en un frenesí satánico. Los dirigentes religiosos se habían unido
con Satanás y sus ángeles. Estaban cumpliendo sus órdenes.
Jesús, sufriendo y moribundo, oía cada palabra mientras los sacerdotes
declaraban: "A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. El Cristo, Rey de
Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos." Cristo podría
haber descendido de la cruz. Pero por el hecho de que no quiso salvarse a sí
mismo tiene el pecador esperanza de perdón y favor con Dios.
Mientras se burlaban del Salvador, los hombres que profesaban ser expositores de
la profecía repetían las mismas palabras que la Inspiración había predicho que
pronunciarían en esta ocasión. Sin embargo, en su ceguera, no vieron que estaban
cumpliendo la profecía. Los que con irrisión dijeron: "Confió
en Dios: líbrele ahora si le quiere: porque ha dicho: Soy Hijo de Dios,"
no pensaron que su testimonio repercutiría a través de los siglos. Pero aunque
fueron dichas en son de burla, estas palabras indujeron a los hombres a
escudriñar las Escrituras como nunca lo habían hecho antes. Hombres sabios
oyeron, escudriñaron, reflexionaron y oraron. Hubo quienes no descansaron hasta
que, por la comparación de un pasaje de la Escritura con otro, vieron el
significado de la misión de Cristo. Nunca antes hubo un conocimiento tan general
de Jesús como una vez que fue colgado de la cruz. En el corazón de muchos de
aquellos que presenciaron la crucifixión y oyeron las palabras de Cristo
resplandeció la luz de la verdad.
Durante
su agonía sobre la cruz, llegó a Jesús un rayo de consuelo. Fue la petición del
ladrón arrepentido. Los dos hombres crucificados con Jesús se habían burlado de
él al principio; y por efecto del padecimiento uno de ellos se volvió más
desesperado y desafiante. Pero no sucedió así con su compañero. Este hombre no
era un criminal empedernido. Había sido extraviado por las malas compañías, pero
era menos culpable que muchos de aquellos que estaban al lado de la cruz
vilipendiando al Salvador. Había visto y oído a Jesús y se había convencido por
su enseñanza, pero había sido desviado de él por los sacerdotes y príncipes.
Procurando ahogar su convicción, se había hundido más y más en el pecado, hasta
que fue arrestado, juzgado como criminal y condenado a morir en la cruz. En el
tribunal y en el camino al Calvario, había estado en compañía de Jesús. Había
oído a Pilato declarar: "Ningún crimen hallo en él."
Juan 19: 4. Había notado su porte divino y el espíritu compasivo de perdón que
manifestaba hacia quienes le atormentaban. En la cruz, vio a los muchos que
hacían gran profesión de religión sacarle la lengua con escarnio y ridiculizar
al Señor Jesús. Vio las cabezas que se sacudían, oyó cómo su compañero de
culpabilidad repetía las palabras de reproche: "Si tú eres el Cristo, sálvate a
ti mismo y a nosotros." Entre los que pasaban, oía a muchos que defendían a
Jesús. Les oía repetir sus palabras y hablar de sus obras. Penetró de nuevo en
su corazón la convicción de que era el Cristo. Volviéndose hacia su compañero
culpable, dijo: "¿Ni aun tú temes a Dios, estando en la misma condenación?" Los
ladrones moribundos no tenían ya nada que temer de los hombres. Pero uno de
ellos sentía la convicción de que había un Dios a quien temer, un futuro que
debía hacerle temblar. Y ahora, así como se hallaba, todo manchado por el
pecado, se veía a punto de terminar la historia de su vida. "Y nosotros, a la
verdad, justamente padecemos --gimió,-- porque recibimos lo que merecieron
nuestros hechos: mas éste ningún mal hizo."
Nada ponía ya en tela de juicio. No expresaba dudas ni reproches. Al ser
condenado por su crimen, el ladrón se había llenado de desesperación; pero ahora
brotaban en su mente pensamientos extraños, impregnados de ternura. Recordaba
todo lo que había oído decir acerca de Jesús, cómo había sanado a los enfermos y
perdonado el pecado. Había oído las palabras de los que creían en Jesús y le
seguían llorando. Había visto y leído el título puesto sobre la cabeza del
Salvador. Había oído a los transeúntes repetirlo, algunos con labios temblorosos
y afligidos, otros con escarnio y burla. El Espíritu Santo iluminó su mente y
poco a poco se fue eslabonando la cadena de la evidencia. En Jesús, magullado,
escarnecido y colgado de la cruz, vio al Cordero de Dios, que quita el pecado
del mundo. La esperanza se mezcló con la angustia en su voz, mientras que su
alma desamparada se aferraba de un Salvador moribundo. "Señor,
acuérdate de mí --exclamó,-- cuando vinieres en tu
reino." Lucas 23: 42, V.M. Prestamente llegó la respuesta. El tono era
suave y melodioso, y las palabras, llenas de amor, compasión y poder: De cierto
te digo hoy: estarás conmigo en el paraíso.

Durante largas horas de agonía, el vilipendio y el escarnio habían herido los
oídos de Jesús. Mientras pendía de la cruz, subía hacia él el ruido de las
burlas y maldiciones. Con corazón anhelante, había escuchado para oír alguna
expresión de fe de parte de sus discípulos. Había oído solamente las tristes
palabras: "Esperábamos que él era el que había de redimir a Israel." ¡Cuánto
agradecimiento sintió entonces el Salvador por la expresión de fe y amor que oyó
del ladrón moribundo! Mientras los dirigentes judíos le negaban y hasta sus
discípulos dudaban de su divinidad, el pobre ladrón, en el umbral de la
eternidad, llamó a Jesús, Señor. Muchos estaban dispuestos a llamarle Señor
cuando realizaba milagros y después que hubo resucitado de la tumba; pero
mientras pendía moribundo de la cruz, nadie le reconoció sino el ladrón
arrepentido que se salvó a la undécima hora.
Los que estaban cerca de allí oyeron las palabras del ladrón cuando llamaba a
Jesús, Señor. El tono del hombre arrepentido llamó su atención. Los que, al pie
de la cruz, habían estado disputándose la ropa de Cristo y echando suertes sobre
su túnica, se detuvieron a escuchar. Callaron las voces airadas. Con el aliento
en suspenso, miraron a Cristo y esperaron la respuesta de aquellos labios
moribundos.
Mientras pronunciaba las palabras de promesa, la obscura nube que parecía rodear
la cruz fue atravesada por una luz viva y brillante. El ladrón arrepentido
sintió la perfecta paz de la aceptación por Dios. En su humillación, Cristo fue
glorificado. El que ante otros ojos parecía vencido, era el Vencedor. Fue
reconocido como Expiador del pecado. Los hombres pueden ejercer poder sobre su
cuerpo humano. Pueden herir sus santas sienes con la corona de espinas. Pueden
despojarle de su vestidura y disputársela en el reparto. Pero no pueden quitarle
su poder de perdonar pecados. Al morir, da testimonio de su propia divinidad,
para la gloria del Padre. Su oído no se ha agravado al punto de no poder oír ni
se ha acortado su brazo para no poder salvar. Es su derecho real salvar hasta lo
sumo a todos los que por él se allegan a Dios.
De cierto te digo hoy: estarás conmigo en el paraíso (Véase la nota 4 del
Apéndice.). Cristo no prometió que el ladrón estaría en el paraíso ese día, El
mismo no fue ese día al paraíso. Durmió en la tumba, y en la mañana de la
resurrección dijo: "Aun no he subido a mi Padre."
Juan 20: 17. Pero en el día de la crucifixión, el día de la derrota y tinieblas
aparentes, formuló la promesa. "Hoy;" mientras
moría en la cruz como malhechor, Cristo aseguró al pobre pecador: "Estarás
conmigo en el paraíso."

Los ladrones crucificados con Jesús
estaban "uno a cada lado, y Jesús en medio." Así se había dispuesto por
indicación de los sacerdotes y príncipes. La posición de Cristo entre los
ladrones debía indicar que era el mayor criminal de los tres. Así se cumplía el
pasaje: "Fue contado con los perversos." Isaías 53:
12. Pero los sacerdotes no podían ver el pleno significado de su acto. Como
Jesús crucificado con los ladrones fue puesto "en medio," así su cruz fue puesta
en medio de un mundo que yacía en el pecado. Y las palabras de perdón dirigidas
al ladrón arrepentido encendieron una luz que brillará hasta los más remotos
confines de la tierra.
Con asombro, los ángeles contemplaron el amor infinito de Jesús, quien,
sufriendo la más intensa agonía mental y corporal, pensó solamente en los demás
y animó al alma penitente a creer. En su humillación, se había dirigido como
profeta a las hijas de Jerusalén; como sacerdote y abogado, había intercedido
con el Padre para que perdonase a sus homicidas; como Salvador amante, había
perdonado los pecados del ladrón arrepentido.
Mientras
la mirada de Jesús recorría la multitud que le rodeaba, una figura llamó su
atención. Al pie de la cruz estaba su madre, sostenida por el discípulo Juan.
Ella no podía permanecer lejos de su Hijo; y Juan, sabiendo que el fin se
acercaba, la había traído de nuevo al lado de la cruz. En el momento de morir,
Cristo recordó a su madre. Mirando su rostro pesaroso y luego a Juan, le dijo:
"Mujer, he ahí tu hijo," y luego a Juan: "He ahí tu madre." Juan comprendió las
palabras de Cristo y aceptó el cometido. Llevó a María a su casa, y desde esa
hora la cuidó tiernamente. ¡Oh Salvador compasivo y amante! ¡En medio de todo su
dolor físico y su angustia mental, tuvo un cuidado reflexivo para su madre! No
tenía dinero con que proveer a su comodidad, pero estaba él entronizado en el
corazón de Juan y le dio su madre como legado precioso. Así le proveyó lo que
más necesitaba: la tierna simpatía de quien la amaba porque ella amaba a Jesús.
Y al recibirla como un sagrado cometido, Juan recibía una gran bendición. Le
recordaba constantemente a su amado Maestro.
El perfecto ejemplo de amor filial de Cristo resplandece con brillo siempre vivo
a través de la neblina de los siglos. Durante casi treinta años Jesús había
ayudado con su trabajo diario a llevar las cargas del hogar. Y ahora, aun en su
última agonía, se acordó de proveer para su madre viuda y afligida. El mismo
espíritu se verá en todo discípulo de nuestro Señor. Los que siguen a Cristo
sentirán que es parte de su religión respetar a sus padres y cuidar de ellos.
Los padres y las madres nunca dejarán de recibir cuidado reflexivo y tierna
simpatía de parte del corazón donde se alberga el amor de Cristo.
El Señor de gloria estaba muriendo en rescate por la familia humana. Al entregar
su preciosa vida, Cristo no fue sostenido por un gozo triunfante. Todo era
lobreguez opresiva. No era el temor de la muerte lo que le agobiaba. No era el
dolor ni la ignominia de la cruz lo que le causaba agonía inefable. Cristo era
el príncipe de los dolientes. Pero su sufrimiento provenía del sentimiento de la
malignidad del pecado, del conocimiento de que por la familiaridad con el mal,
el hombre se había vuelto ciego a su enormidad. Cristo vio cuán terrible es el
dominio del pecado sobre el corazón humano, y cuán pocos estarían dispuestos a
desligarse de su poder. Sabía que sin la ayuda de Dios la humanidad tendría que
perecer, y vio a las multitudes perecer teniendo a su alcance ayuda abundante.
Sobre Cristo como substituto y garante nuestro fue puesta la iniquidad de todos
nosotros. Fue contado por trasgresor, a fin de que pudiese redimirnos de la
condenación de la ley. La culpabilidad de cada descendiente de Adán abrumó su
corazón. La ira de Dios contra el pecado, la terrible manifestación de su
desagrado por causa de la iniquidad, llenó de consternación el alma de su Hijo.
Toda su vida, Cristo había estado proclamando a un mundo caído las buenas nuevas
de la misericordia y el amor perdonador del Padre. Su tema era la salvación aun
del principal de los pecadores. Pero en estos momentos, sintiendo el terrible
peso de la culpabilidad que lleva, no puede ver el rostro reconciliador del
Padre. Al sentir el Salvador que de él se retraía el semblante divino en esta
hora de suprema angustia, atravesó su corazón un pesar que nunca podrá
comprender plenamente el hombre. Tan grande fue esa agonía que apenas le dejaba
sentir el dolor físico.
Con fieras tentaciones, Satanás torturaba el corazón de Jesús. El Salvador no
podía ver a través de los portales de la tumba. La esperanza no le presentaba su
salida del sepulcro como vencedor ni le hablaba de la aceptación de su
sacrificio por el Padre. Temía que el pecado fuese tan ofensivo para Dios que su
separación resultase eterna. Sintió la angustia que el pecador sentirá cuando la
misericordia no interceda más por la raza culpable. El sentido del pecado, que
atraía la ira del Padre sobre él como substituto del hombre, fue lo que hizo tan
amarga la copa que bebía el Hijo de Dios y quebró su corazón.
Con asombro, los ángeles presenciaron la desesperada agonía del Salvador. Las
huestes del cielo velaron sus rostros para no ver ese terrible espectáculo. La
naturaleza inanimada expresó simpatía por su Autor insultado y moribundo. El sol
se negó a mirar la terrible escena Sus rayos brillantes iluminaba la tierra a
mediodía, cuando de repente parecieron borrarse. Como fúnebre mortaja, una
oscuridad completa rodeó la cruz. "Fueron hechas tinieblas sobre toda la tierra
hasta la hora de nona." Estas tinieblas, que eran tan profundas como la
medianoche sin luna ni estrellas, no se debía a ningún eclipse ni a otra causa
natural. Era un testimonio milagroso dado por Dios para confirmar la fe de las
generaciones ulteriores.
En esa densa oscuridad, se ocultaba la presencia de Dios. El hace de las
tinieblas su pabellón y oculta su gloria de los ojos humanos. Dios y sus santos
ángeles estaban al lado de la cruz. El Padre estaba con su Hijo. Sin embargo, su
presencia no se reveló. Si su gloria hubiese fulgurado de la nube, habría
quedado destruido todo espectador humano. En aquella hora terrible, Cristo no
fue consolado por la presencia del Padre. Pisó solo el lagar y del pueblo no
hubo nadie con Él.
Con esa densa oscuridad, Dios veló la última agonía humana de su hijo. Todos los
que habían visto a Cristo sufrir estaban convencidos de su divinidad. Ese
rostro, una vez contemplado por la humanidad, no sería jamás olvidado. Así como
el rostro de Caín expresaba su culpabilidad de homicida, el rostro de Cristo
revelaba inocencia, serenidad, benevolencia: la imagen de Dios. Pero sus
acusadores no quisieron prestar atención al sello del cielo. Durante largas
horas de agonía, Cristo había sido mirado por la multitud escarnecedora. Ahora
le ocultó misericordiosamente el manto de Dios..
Un
silencio sepulcral parecía haber caído sobre el Calvario. Un terror sin nombre
dominaba a la muchedumbre que estaba rodeando la cruz. Las maldiciones y los
vilipendios quedaron a medio pronunciar. Hombres, mujeres y niños cayeron
postrados al suelo. Rayos vívidos fulguraban ocasionalmente de la nube y dejaban
ver la cruz y el Redentor crucificado. Sacerdotes, príncipes, escribas, verdugos
y la turba, todos pensaron que había llegado su tiempo de retribución. Después
de un rato, alguien murmuró que Jesús bajaría ahora de la cruz. Algunos
intentaron regresar a tientas a la ciudad, golpeándose el pecho y llorando de
miedo.
A la hora nona, las tinieblas se elevaron de la gente, pero siguieron rodeando
al Salvador. Eran un símbolo de la agonía y horror que pesaban sobre su corazón.
Ningún ojo podía atravesar la lobreguez que rodeaba la cruz, y nadie podía
penetrar la lobreguez más intensa que rodeaba el alma doliente de Cristo.
Los airados rayos parecían lanzados contra él mientras pendía de la cruz.
Entonces "exclamó Jesús a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi,
¿lama sabachthani?" "Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has desamparado?" Cuando la lobreguez exterior se asentó en derredor
del Salvador, muchas voces exclamaron: La venganza del cielo está sobre él. Son
lanzados contra él los rayos de la ira de Dios, porque se declaró hijo de Dios.
Muchos que creían en él oyeron su clamor desesperado. La esperanza los abandonó.
Si Dios había abandonado a Jesús, ¿en quién podían confiar sus seguidores?
Cuando las tinieblas se alzaron del espíritu oprimido de Cristo, recrudeció su
sentido de los sufrimientos físicos y dijo: "Sed tengo." Uno de los soldados
romanos, movido a compasión al mirar sus labios resecos, colocó una esponja en
un tallo de hisopo y, sumergiéndola en un vaso de vinagre, se la ofreció a
Jesús. Pero los sacerdotes se burlaron de su agonía. Cuando las tinieblas
cubrieron la tierra, se habían llenado de temor; pero al disiparse su terror
volvieron a temer que Jesús se les escapase todavía. Interpretaron mal sus
palabras: "Eloi, Eloi, ¿lama sabachthani?" Con amargo desprecio y escarnio
dijeron: "A Elías llama éste." Rechazaron la última oportunidad de aliviar sus
sufrimientos. "Deja --dijeron,-- veamos si viene Elías a librarle."
El inmaculado hijo de Dios pendía de la cruz: su carne estaba lacerada por los
azotes; aquellas manos que tantas veces se habían extendido para bendecir,
estaban clavadas en el madero; aquellos pies tan incansables en los ministerios
de amor estaban también clavados a la cruz; esa cabeza real estaba herida por la
corona de espinas; aquellos labios temblorosos formulaban clamores de dolor. Y
todo lo que sufrió: las gotas de sangre que cayeron de su cabeza, sus manos y
sus pies, la agonía que torturó su cuerpo y la inefable angustia que llenó su
alma al ocultarse el rostro de su Padre, habla a cada hijo de la humanidad y
declara: Por ti consiente el Hijo de Dios en llevar esta carga de culpabilidad;
por ti saquea el dominio de la muerte y abre las puertas del Paraíso. El que
calmó las airadas ondas y anduvo sobre la cresta espumosa de las olas, el que
hizo temblar a los demonios y huir a la enfermedad, el que abrió los ojos de los
ciegos y devolvió la vida a los muertos, se ofrece como sacrificio en la cruz, y
esto por amor a ti. Él, el Expiador del pecado, soporta la ira de la justicia
divina y por causa tuya se hizo pecado.
En silencio, los espectadores miraron el fin de la terrible escena. El sol
resplandecía; pero la cruz estaba todavía rodeada de tinieblas. Los sacerdotes y
príncipes miraban hacia Jerusalén; y he aquí, la nube densa se había asentado
sobre la ciudad y las llanuras de Judea. El sol de justicia, la luz del mundo,
retiraba sus rayos de Jerusalén, la que una vez fuera la ciudad favorecida. Los
fieros rayos de la ira de Dios iban dirigidos contra la ciudad condenada.
De repente, la lobreguez se apartó de la cruz, y en tonos claros, como de
trompeta, que parecían repercutir por toda la creación, Jesús exclamó: "Consumado
es." "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu."
Una luz circuyó la cruz y el rostro del Salvador brilló con una gloria como la
del sol. Inclinó entonces la cabeza sobre el pecho y murió
Entre las terribles tinieblas, aparentemente abandonado de Dios, Cristo había
apurado las últimas heces de la copa de la desgracia humana. En esas terribles
horas había confiado en la evidencia que antes recibiera de que era aceptado de
su Padre. Conocía el carácter de su Padre; comprendía su justicia, su
misericordia y su gran amor. Por la fe, confió en Aquel a quien había sido
siempre su placer obedecer. Y mientras, sumiso, se confiaba a Dios, desapareció
la sensación de haber perdido el favor de su Padre. Por la fe, Cristo venció.
Nunca antes había presenciado la tierra una escena tal. La multitud permanecía
paralizada, y con aliento en suspenso miraba al Salvador. Otra vez descendieron
tinieblas sobre la tierra y se oyó un ronco rumor, como de un fuerte trueno. Se
produjo un violento terremoto que hizo caer a la gente en racimos. Siguió la más
frenética confusión y consternación. En las montañas circundantes se partieron
rocas que bajaron con fragor a las llanuras. Se abrieron sepulcros y los muertos
fueron arrojados de sus tumbas. La creación parecía estremecerse hasta los
átomos. Príncipes, soldados, verdugos y pueblo yacían postrados en el suelo.
Cuando
los labios de Cristo exhalaron el fuerte clamor: "Consumado
es," los sacerdotes estaban oficiando en el templo. Era la hora del
sacrificio vespertino. Habían traído para matarlo el cordero que representaba a
Cristo. Ataviado con vestiduras significativas y hermosas, el sacerdote estaba
con cuchillo levantado, como Abrahán a punto de matar a su hijo. Con intenso
interés, el pueblo estaba mirando. Pero la tierra tembló y se agitó; porque el
Señor mismo se acercaba. Con ruido desgarrador, el velo interior del templo fue
rasgado de arriba abajo por una mano invisible, que dejó expuesto a la mirada de
la multitud un lugar que fuera una vez llenado por la presencia de Dios. En este
lugar, había morado la Shekinah . Allí Dios había manifestado su gloria sobre el
propiciatorio. Nadie sino el sumo sacerdote había alzado jamás el velo que
separaba este departamento del resto del templo. Allí entra una vez al año para
hacer expiación por los pecados del pueblo. Pero he aquí, este velo se había
desgarrado en dos. Ya no era más sagrado el lugar santísimo del santuario
terrenal.
Todo era terror y confusión. El sacerdote estaba por matar la víctima; pero el
cuchillo cayó de su mano enervada y el cordero escapó. El símbolo había
encontrado en la muerte del Hijo de Dios la realidad que prefiguraba. El gran
sacrificio había sido hecho. Estaba abierto el camino que llevaba al santísimo.
Había sido preparado para todos un camino nuevo y viviente. Ya no necesitaría la
humanidad pecaminosa y entristecida esperar la salida del sumo sacerdote. Desde
entonces, el Salvador iba a oficiar como sacerdote y abogado en el cielo de los
cielos. Era como si una voz viva hubiese dicho a los adoradores: Ahora terminan
todos los sacrificios y ofrendas por el pecado. El Hijo de Dios ha venido
conforme a su Palabra: "Heme aquí (en la cabecera del
libro está escrito de mí) para que haga, oh Dios, tu voluntad." "Por su propia
sangre [él entra] una sola vez en el santuario, habiendo obtenido eterna
redención." Hebreos 10: 7; 9: 12.
![]()
![]()
Descargue
este libro gratis
La Pasión Mel Gibson
17/04/2011 05:38 p.m.