
En el Trato con los Demás
TODA asociación en la vida requiere el ejercicio
del dominio propio, la tolerancia y la simpatía. Diferimos tanto en disposición,
hábitos y educación, que nuestra manera de ver las cosas varía mucho. Juzgamos
de modos distintos. Nuestra comprensión de la verdad, nuestras ideas acerca del
comportamiento en la vida, no son idénticas en todo respecto. No hay dos
personas cuyas experiencias sean iguales en todo detalle. Las pruebas de uno no
son las de otro. Los deberes que a uno le parecen fáciles, son para otro en
extremo difíciles y le dejan perplejo.
Tan frágil, tan ignorante, tan propensa a equivocarse es la naturaleza humana,
que cada cual debe ser prudente al valorar a su prójimo. Poco sabemos de la
influencia de nuestros actos en la experiencia de los demás. Lo que hacemos o
decimos puede parecernos de poca monta, cuando, si pudiéramos abrir los ojos,
veríamos que de ello dependen importantísimos resultados para el bien o el mal.
Miramiento por quienes llevan cargas
Muchos son los que han llevado tan pocas cargas, y cuyo corazón ha experimentado
tan poca angustia verdadera, y ha sentido tan poca congoja por el prójimo, que
no pueden comprender lo que es llevar cargas. No son más capaces de apreciar las
de quien las lleva que lo es el niño de comprender el cuidado y el duro trabajo
de su recargado padre. El niño extraña los temores y las perplejidades de su
padre. Le parecen 385 inútiles. Pero cuando su experiencia aumente con los años
y le toque llevar su propia carga, entonces echará una mirada retrospectiva
sobre la vida de su padre; y comprenderá lo que anteriormente le parecía tan
incomprensible. La amarga experiencia le dará conocimiento.
No se comprende la pesada labor de muchos ni se aprecian debidamente sus
trabajos hasta después de su muerte. Cuando otros asumen las cargas que el
extinto dejó, y tropiezan con las dificultades que él arrostró, entonces
comprenden hasta qué punto fueron probados su valor y su fe. Muchas veces, ya no
ven entonces las faltas que tanto se apresuraban a censurar. La experiencia les
enseña a tener simpatía. Dios permite que los hombres ocupen puestos de
responsabilidad. Cuando se equivocan, tiene poder para corregirlos o para
deponerlos. Cuidémonos de no juzgar, porque es obra que pertenece a Dios.
La conducta de David para con Saúl encierra una lección. Por mandato de Dios
Saúl fue ungido rey de Israel. Por causa de su desobediencia, el Señor declaró
que el reino le sería quitado; y no obstante, ¡cuán cariñosa, cortés y prudente
fue la conducta de David para con él! Al procurar quitarle la vida a David, Saúl
se trasladó al desierto, y, sin saberlo, penetró en la misma cueva en que David
y sus guerreros estaban escondidos. "Entonces los de David le dijeron: He aquí
el día de que te ha dicho Jehová: . . Entrego tu enemigo en tus manos, y harás
con él como te pareciera.... Y dijo a los suyos: Jehová me guarde de hacer tal
cosa contra mi señor, el ungido de Jehová, que yo extienda mi mano contra él;
porque es el ungido de Jehová." (1 Samuel 24:5, 7.) El Salvador nos dice: "No
juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis,
seréis juzgados; y con la medida con que medís, os volverán a medir." (S. Mateo
7:1, 2.) Acordaos de que pronto el curso de vuestra vida será revisado ante
Dios. Recordad también que él dijo: "Eres 386 inexcusable, oh hombre, cualquiera
que juzgas, porque lo mismo haces, tú que juzgas." (Romanos 2: 1.)
No nos conviene dejarnos llevar del enojo con motivo de algún agravio real o
supuesto que se nos haya hecho. El enemigo a quien más hemos de temer es el yo.
Ninguna forma de vicio es tan funesta para el carácter como la pasión humana no
refrenada por el Espíritu Santo. Ninguna victoria que podamos ganar es tan
preciosa como la victoria sobre nosotros mismos.
Paciencia en las pruebas
No debemos permitir que nuestros sentimientos sean quisquillosos. Hemos
de vivir, no para proteger nuestros sentimientos o nuestra reputación, sino para
salvar almas. Conforme nos interesemos en la salvación de las almas, dejaremos
de notar las leves diferencias que suelen surgir en nuestro trato con los demás.
Piensen o hagan ellos lo que quieran con respecto a nosotros, nada debe turbar
nuestra unión con Cristo, nuestra comunión con el Espíritu Santo. "¿Qué gloria
es, si pecando vosotros sois abofeteados, y lo sufrís? mas si haciendo bien sois
afligidos, y lo sufrís, esto ciertamente es agradable delante de Dios." (1 S.
Pedro 2:20.)
No os desquitéis. En cuanto os sea posible, quitad toda causa de falsa
aprensión. Evitad la apariencia del mal. Haced cuanto podáis, sin sacrificar los
principios cristianos, para conciliaros con los demás. "Si trajeres tu presente
al altar, y allí te acordares de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí
tu presente delante del altar, y vete, vuelve primero en amistad con tu hermano,
y entonces ven y ofrece tu presente." (S. Mateo 5:23, 24.)
Si os dicen palabras violentas, no repliquéis jamás con el mismo espíritu.
Recordad que "la blanda respuesta quita la ira" (Proverbios 15:1.) Y hay un
poder maravilloso en el silencio. A veces las palabras que se le dicen al que
está enfadado no sirven sino para exasperarlo. Pero pronto se
387 desvanece el
enojo contestado con el silencio, con espíritu cariñoso y paciente.
Bajo la granizada de palabras punzantes de acre censura, mantened vuestro
espíritu firme en la Palabra de Dios. Atesoren vuestro espíritu y vuestro
corazón las promesas de Dios. Si se os trata mal o si se os censura sin motivo,
en vez de replicar con enojo, repetíos las preciosas promesas:
"No seas vencido de lo malo; mas vence con el bien el mal."(Romanos 12:21.)
"Encomienda a Jehová tu camino, y espera en él; y él hará. Y exhibirá tu
justicia como la luz, y tus derechos como el mediodía." (Salmo 37:5, 6.)
"Nada hay encubierto, que no haya de ser descubierto; ni oculto, que no haya de
ser sabido."(S. Lucas 12:2.)
"Hombres hiciste subir sobre nuestra cabeza; entramos en fuego y en aguas, y
sacástenos a hartura." (Salmo 66:12.)
Propendemos a buscar simpatía y aliento en nuestro prójimo, en vez de mirar a
Jesús. En su misericordia y fidelidad, Dios permite muchas veces que aquellos en
quienes ponemos nuestra confianza nos chasqueen, para que aprendamos cuán vano
es confiar en el hombre y hacer de la carne nuestro brazo. Confiemos completa,
humilde y abnegadamente en Dios. El conoce las tristezas que sentimos en las
profundidades de nuestro ser y que no podemos expresar. Cuando todo parezca
obscuro e inexplicable, recordemos las palabras de Cristo: "Lo que yo hago, tú
no entiendes ahora; mas lo entenderás después." (S. Juan 13:7.)
Estudiad la historia de José y de Daniel. El Señor no impidió las intrigas de
los hombres que procuraban hacerles daño; pero hizo redundar todos aquellos
ardides en beneficio de sus siervos que en medio de la prueba y del conflicto
conservaron su fe y lealtad.
Mientras permanezcamos en el mundo, tendremos que arrostrar influencias
adversas. Habrá provocaciones que 388 probarán nuestro temple, y si las
arrostramos con buen espíritu desarrollaremos las virtudes cristianas. Si Cristo
vive en nosotros, seremos sufridos, bondadosos y prudentes, alegres en medio de
los enojos e irritaciones. Día tras día y año tras año iremos venciéndonos,
hasta llegar al noble heroísmo. Esta es la tarea que se nos ha señalado; pero no
se puede llevar a cabo sin la ayuda de Jesús, sin ánimo resuelto, sin propósito
firme, sin continua vigilancia y oración. Cada cual tiene su propia lucha. Ni
siquiera Dios puede ennoblecer nuestro carácter ni hacer útiles nuestras vidas a
menos que lleguemos a ser sus colaboradores. Los que huyen del combate pierden
la fuerza y el gozo de la victoria.
No necesitamos llevar cuenta de las pruebas, dificultades, pesares y tristezas,
porque están consignados en los libros, y no los olvidará el Cielo. Mientras
rememoramos las cosas desagradables, se escapan de la memoria muchas que son
agradables, tales como la bondad misericordioso con que Dios nos rodea a cada
momento, y el amor que admira a los ángeles, el que le impulsó a dar a su Hijo
para que muriese por nosotros. Si al trabajar para Cristo creéis haber
experimentado mayores pruebas y cuidados que las que afligieron a otros,
recordad que gozaréis de una paz desconocida de quienes rehuyeron esas cargas.
Hay consuelo y gozo en el servicio de Cristo. Demostrad al mundo que la vida de
Cristo no es fracaso.
Si no os sentís de buen ánimo
y alegres, no habléis de ello. No arrojéis sombra sobre la vida de los demás.
Una religión fría y desolada no atrae nunca almas a Cristo. Las aparta de él
para empujarlas a las redes que Satanás tendió ante los pies de los
descarriados. En vez de pensar en vuestros desalientos, pensad en el poder a que
podéis aspirar en el nombre de Cristo. Aférrese vuestra imaginación a las cosas
invisibles. Dirigid vuestros pensamientos hacia las manifestaciones evidentes
del gran amor de Dios por vosotros. La fe 389 puede sobrellevar la prueba,
resistir a la tentación y mantenerse firme ante los desengaños. Jesús vive y es
nuestro abogado. Todo lo que su mediación nos asegura es nuestro.
¿No creéis que Cristo aprecia a los que viven enteramente para él? ¿No pensáis
que visita a los que, como el amado Juan en el destierro, se encuentran por su
causa en situaciones difíciles? Dios no consentirá en que sea dejado solo uno de
sus fieles obreros, para que luche con gran desventaja y sea vencido. El guarda
como preciosa joya a todo aquel cuya vida está escondida con Cristo en él. De
cada uno de ellos dice: "Ponerte he como anillo de sellar: porque yo te escogí."
(Hageo 2:23.)
Hablad por tanto de las promesas; hablad de la buena voluntad de Jesús para
bendecir. No nos olvida ni un solo instante. Cuando, a pesar de circunstancias
desagradables, sigamos confiados en su amor y unidos íntimamente con él, el
sentimiento de su presencia nos inspirará un gozo profundo y tranquilo. Acerca
de sí mismo Cristo dijo: "Nada hago de mí mismo; mas como el Padre me enseñó,
esto hablo. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre;
porque yo, lo que a él agrada, hago siempre." (S. Juan 8:28, 29.)
La presencia del Padre rodeaba a Cristo, y nada le sucedía que Dios en su
infinito amor no permitiera para bendición del mundo. Esto era fuente de
consuelo para Cristo, y lo es también para nosotros. El que está lleno del
espíritu de Cristo vive en Cristo. Lo que le suceda viene del Salvador, que le
rodea con su presencia. Nada podrá tocarle sin permiso del Señor. Todos nuestros
padecimientos y tristezas, todas nuestras tentaciones y pruebas, todas nuestras
pesadumbres y congojas, todas nuestras privaciones y persecuciones, todo, en una
palabra, contribuye a nuestro bien. Todos los acontecimientos y circunstancias
obran con Dios para nuestro bien. 390
Si comprendemos la longanimidad de Dios para con nosotros, nunca juzgaremos ni
acusaremos a nadie. Cuando Cristo vivía en la tierra, ¡cuán sorprendidos
hubieran quedado quienes con él vivían, si, después de haberle conocido, le
hubieran oído decir una palabra de acusación, de censura o de impaciencia! No
olvidemos nunca que los que le aman deben imitar su carácter.
"Amándoos los unos a los otros con caridad fraternal; previniéndoos con honra
los unos a los otros." "No volviendo mal por mal, ni maldición por maldición,
sino antes por el contrario, bendiciendo; sabiendo que vosotros sois llamados
para que poseáis bendición en herencia." (Romanos 12:10; 1 S. Pedro 3:9.)
El Señor Jesús nos pide que reconozcamos los derechos de cada ser humano. Hemos
de considerar los derechos sociales de los hombres y sus derechos como
cristianos. A todos debemos tratar con cortesía y delicadeza, como hijos e hijas
de Dios.
El cristianismo hará de todo hombre un cumplido caballero. Cristo fue cortés aun
con sus perseguidores; y sus discípulos verdaderos manifestarán el mismo
espíritu. Mirad a Pablo cuando compareció ante los magistrados. Su discurso ante
Agripa es dechado de verdadera cortesía y de persuasiva elocuencia. El Evangelio
no fomenta la cortesía formalista, tan corriente en el mundo, sino la cortesía
que brota de la verdadera bondad del corazón.
El cultivo más esmerado del decoro externo no basta para acabar con el enojo, el
juicio implacable y la palabra inconveniente. El verdadero refinamiento no
traslucirá mientras se siga considerando al yo como objeto supremo. El amor debe
residir en el corazón. Un cristiano cabal funda sus motivos de acción en el amor
profundo que tiene por el Maestro. De las raíces de su amor a Cristo brota un
interés abnegado por sus hermanos. El amor comunica al que lo posee gracia,
391
decoro y gentileza en el modo de portarse. Ilumina el rostro y modula la voz;
refina y eleva al ser entero.
La vida no consiste principalmente en grandes sacrificios ni en maravillosas
hazañas, sino en cosas menudas, que parecen insignificantes y sin embargo suelen
ser causa de mucho bien o mucho mal en nuestras vidas. Por nuestro fracaso en
soportar las pruebas que nos sobrevengan en las cosas menudas, es como se
contraen hábitos que deforman el carácter, y cuando sobrevienen las grandes
pruebas nos encuentran desapercibidos. Sólo obrando de acuerdo con los buenos
principios en las pruebas de la vida diaria, podremos adquirir poder para
permanecer firmes y fieles en situaciones más peligrosas y difíciles.
Nunca estamos solos. Sea que le escojamos o no, tenemos siempre a Uno por
compañero. Recordemos que doquiera estemos, hagamos lo que hagamos, Dios está
siempre presente. Nada de lo que se diga, se haga o se piense puede escapar a su
atención. Para cada palabra o acción tenemos un testigo, el Santo Dios, que
aborrece el pecado. Recordémoslo siempre antes de hablar o de realizar un acto
cualquiera. Como cristianos, somos miembros de la familia real, hijos del Rey
celestial. No digáis una palabra ni hagáis cosa alguna que afrente "el buen
nombre que fue invocado sobre vosotros." (Santiago 2:7.)
Estudiad atentamente el
carácter divino-humano, y preguntaos siempre: "¿Qué haría Jesús si estuviera en
mi lugar?" Tal debiera ser la norma de vuestro deber. No frecuentéis
innecesariamente la sociedad de quienes debilitarían por sus artificios vuestro
propósito de hacer el bien, o mancharían vuestra conciencia. No hagáis entre
extraños, en la calle o en casa, lo que tenga la menor apariencia de mal. Haced
algo cada día para mejorar, embellecer y ennoblecer la vida que Cristo compró
con su sangre.
Obrad siempre movidos por buenos principios, y nunca por 392 impulso. Moderad la
impetuosidad natural de vuestro ser con mansedumbre y dulzura. No deis lugar a
la liviandad ni a la frivolidad. No broten chistes vulgares de vuestros labios.
Ni siquiera deis rienda suelta a vuestros pensamientos. Deben ser contenidos y
sometidos a la obediencia de Cristo. Consagradlos siempre a cosas santas. De
este modo, mediante la gracia de Cristo, serán puros y sinceros.
Debemos sentir siempre el poder ennoblecedor de los pensamientos puros. La única
seguridad para el alma consiste en pensar bien, pues acerca del hombre se nos
dice: "Cual es su pensamiento en su alma, tal es él." (Proverbios 23:7.) El
poder del dominio propio se acrecienta con el ejercicio. Lo que al principio
parece difícil, se vuelve fácil con la práctica, hasta que los buenos
pensamientos y acciones llegan a ser habituales. Si queremos, podemos apartarnos
de todo lo vulgar y degradante y elevarnos hasta un alto nivel, donde gozaremos
del respeto de los hombres y del amor de DIOS.
Hablemos bien de los demás
Practicad el hábito de hablar bien de los demás. Pensad en las buenas
cualidades de aquellos a quienes tratáis, y fijaos lo menos posible en sus
faltas y errores. Cuando sintáis la tentación de lamentar lo que alguien haya
dicho o hecho, alabad algo de su vida y carácter. Cultivad el agradecimiento.
Alabad a Dios por su amor admirable de haber dado a Cristo para que muriera por
nosotros. Nada sacamos con pensar en nuestros agravios. Dios nos invita a
meditar en su misericordia y amor incomparables, para que seamos movidos a
alabarle.
Los que trabajan fervorosamente no tienen tiempo para fijarse en las faltas
ajenas. No podemos vivir de las cáscaras de las faltas o errores de los demás.
Hablar mal es una maldición doble, que recae más pesadamente sobre el que habla
que sobre el que oye. El que esparce las semillas de la disensión
393 y la
discordia cosecha en su propia alma los frutos mortíferos. El mero hecho de
buscar algo malo en otros desarrolla el mal en los que lo buscan. Al espaciarnos
en los defectos de los demás nos transformamos a la imagen de ellos. Por el
contrario, mirando a Jesús, hablando de su amor y de la perfección de su
carácter, nos transformamos a su imagen. Mediante la contemplación del elevado
ideal que él puso ante nosotros, nos elevaremos a una atmósfera pura y santa,
hasta la presencia de Dios. Cuando permanecemos en ella brota de nosotros una
luz que irradia sobre cuantos se relacionan con nosotros.
En vez de criticar y condenar a los demás, decid: "Tengo que consumar mi propia
salvación. Si coopero con el que quiere salvar mi alma, debo vigilarme a mí
mismo con diligencia. Debo eliminar de mi vida todo mal. Debo vencer todo
defecto. Debo ser una nueva criatura en Cristo. Entonces, en vez de debilitar a
los que luchan contra el mal, podré fortalecerles con palabras de aliento."
Somos por demás indiferentes unos con otros. Demasiadas veces olvidamos que
nuestros compañeros de trabajo necesitan fuerza y estímulo. No dejemos de
reiterarles el interés y la simpatía que por ellos sentimos. Ayudémosles con
nuestras oraciones y dejémosles saber que así obramos.
No todos los que dicen trabajar por Cristo son discípulos verdaderos. Entre los
que llevan su nombre y se llaman sus obreros, hay quienes no le representan por
su carácter. No se rigen por los principios de su Maestro. A menudo ocasionan
perplejidad y desaliento a sus compañeros de trabajo, jóvenes aún en experiencia
cristiana; pero no hay por qué dejarse extraviar. Cristo nos dio un ejemplo
perfecto. Nos manda que le sigamos.
Hasta la consumación de los siglos habrá cizaña entre el trigo. Cuando los
siervos del padre de familia, en su celo por la honra de él, le pidieron permiso
para arrancar la cizaña, 394 él les dijo: "No; porque cogiendo la cizaña, no
arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro
hasta la siega." (S. Mateo 13:29, 30.)
En su misericordia y longanimidad, Dios tiene paciencia con el impío, y aun con
el de falso corazón. Entre los apóstoles escogidos por el Cristo, estaba Judas
el traidor. ¿Deberá ser causa de sorpresa o de desaliento el que haya hoy
hipócritas entre los obreros de Cristo? Si Aquel que lee en los corazones pudo
soportar al que, como él sabía, iba a entregarle, ¡con cuánta paciencia
deberemos nosotros también soportar a los que yerran!
Seamos como Jesús
Y no todos, ni aun entre los que parecen ser los que más yerran, son como Judas.
El impetuoso Pedro, tan violento y seguro de sí mismo, aparentaba a menudo ser
inferior a Judas. El Salvador le reprendió más veces que al traidor. Pero ¡qué
vida de servicio y sacrificio fue la suya! ¡Cómo atestigua el poder de la gracia
de Dios! Hasta donde podamos, debemos ser para los demás lo que fue Jesús para
sus discípulos mientras andaba y discurría con ellos en la tierra.
Consideraos misioneros, ante todo entre vuestros compañeros de trabajo. Cuesta a
menudo mucho tiempo y trabajo ganar un alma para Cristo. Y cuando un alma deja
el pecado para aceptar la justicia, hay gozo entre los ángeles. ¿Pensáis que a
los diligentes espíritus que velan por estas almas les agrada la indiferencia
con que las tratan quienes aseveran ser cristianos? Si Jesús nos tratara como
nosotros nos tratamos muchas veces unos a otros, ¿quién de nosotros podría
salvarse? Recordad que no podéis leer en los corazones. No conocéis los motivos
que inspiran los actos que os parecen malos. Son muchos los que no recibieron
buena educación; sus caracteres están deformados; son toscos y duros y parecen
del todo tortuosos. Pero la gracia de Cristo puede 395 transformarlos. No los
desechéis ni los arrastréis al desaliento ni a la desesperación, diciéndoles:
"Me habéis engañado y ya no procuraré ayudaros." Unas cuantas Palabras, dichas
con la viveza inspirada por la provocación, y que consideramos merecidas, pueden
romper los lazos de influencia que debieran unir su corazón con el nuestro.
La vida consecuente, la sufrida prudencia, el ánimo impasible bajo la
provocación, son siempre los argumentos más decisivos y los más solemnes
llamamientos. Si habéis tenido oportunidades y ventajas que otros no tuvieron,
tenedlo bien en cuenta, y sed siempre maestros sabios, esmerados y benévolos.
Para que el sello deje en la cera una impresión clara y destacada, no lo
aplicáis precipitadamente y con violencia, sino que con mucho cuidado lo ponéis
sobre la cera blanda, y pausadamente y con firmeza lo oprimís hasta que la cera
se endurece. Así también tratad con las almas humanas. El secreto del éxito que
tiene la influencia cristiana consiste en que ella es ejercida de continuo, y
ello depende de la firmeza con que manifestéis el carácter de Cristo. Ayudad a
los que han errado, hablándoles de lo que habéis experimentado. Mostradles cómo,
cuando cometisteis vosotros también faltas graves, la paciencia, la bondad y la
ayuda de vuestros compañeros de trabajo os infundieron aliento y esperanza.
Hasta el día del juicio no conoceréis la influencia de un trato bondadoso y
respetuoso para con el débil, el irrazonable y el indigno. Cuando tropezamos con
la ingratitud y la traición de los cometidos sagrados, nos sentimos impulsados a
manifestar desprecio e indignación. Esto es lo que espera el culpable, y se
prepara para ello. Pero la prudencia bondadosa le sorprende, y suele despertar
sus mejores impulsos y el deseo de llevar una vida más noble.
"Hermanos, si alguno fuere tomado en alguna falta, vosotros que sois
espirituales, restaurad al tal con el espíritu de 396 mansedumbre;
considerándote a ti mismo, porque tú no seas también tentado. Sobrellevad los
unos las cargas de los otros; y cumplid así la ley de Cristo." (Gálatas 6:1, 2.)
Todos los que profesan ser hijos de Dios deben recordar que, como misioneros,
tendrán que tratar con toda clase de personas: refinadas y toscas, humildes y
soberbias, religiosas y escépticas, educadas e ignorantes, ricas y pobres. No es
posible tratar a todas estas mentalidades del mismo modo; y no obstante, todas
necesitan bondad y simpatía. Mediante el trato mutuo, nuestro intelecto debe
recibir pulimento y refinamiento. Dependemos unos de otros, unidos como estamos
por los vínculos de la fraternidad humana.
"Habiéndonos formado el cielo para que dependiéramos unos de otros, el amo, el
siervo o el amigo, uno a otro le piden ayuda, hasta que la flaqueza de uno venga
a ser la fuerza de todos."
Por medio de las relaciones sociales el cristianismo se revela al mundo. Todo
hombre y mujer que ha recibido la divina iluminación debe arrojar luz sobre el
tenebroso sendero de aquellos que no conocen el mejor camino. La influencia
social, santificada por el Espíritu de Cristo, debe servir para llevar almas al
Salvador. Cristo no debe permanecer oculto en el corazón como tesoro codiciado,
sagrado y dulce, para que de él sólo goce su dueño. Cristo debe ser en nosotros
una fuente de agua que brote para vida eterna y refrigere a todos los que se
relacionen con nosotros. 397
Tomado de El Ministerio de Curación
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