Las Fiestas Anuales
Patriarcas y Profetas. CAPÍTULO
52.
por Ellen G White
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"También hoy sería bueno que el pueblo de Dios tuviera una fiesta de las cabañas, una alegre conmemoración de las bendiciones que Dios le ha otorgado." Patriarcas y Profetas Pág. 583. |
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HABÍA
tres asambleas anuales de todo Israel rendir culto en el santuario. (Éxodo
23: 14-16.) Por algún tiempo fue Silo el lugar de reunión;
pero más tarde Jerusalén llegó a ser el centro del
culto de la nación, y allí se congregaban las tribus para
las fiestas solemnes.
El
pueblo estaba rodeado de tribus feroces y belicosas, ansiosas de apoderarse
de sus tierras; y sin embargo, tres veces al año todos los hombres
robustos y fuertes para la guerra, y toda la gente que podía soportar
el viaje, tenían orden de dejar sus casas para dirigirse al lugar
de reunión, cerca del centro del país. ¿Qué
había de impedir a sus enemigos que se precipitasen sobre aquellas
moradas y familias sin protección y destruirlas a sangre y fuego?
¿Qué había de estorbar una invasión de la tierra,
que reduciría a Israel al cautiverio bajo el dominio de algún
enemigo extraño? Dios había prometido ser el protector de
su pueblo. "el ángel de Jehová acampa en derredor de los
que le temen, y los defiende." (Sal. 34: 7.)Mientras
los israelitas subieran para adorar, el poder divino refrenaría
a sus enemigos. Dios había
prometido: "Yo arrojaré las gentes de tu presencia, y ensancharé
tu término: y ninguno codiciará tu tierra, cuando tú
subieres para ser visto delante de Jehová tu Dios tres veces en
el año." (Exo. 34: 24.)
La
primera de esta fiestas, la pascua, o fiesta de los panes ázimos
o sin levadura, se celebraba en Abib, el primer mes de año judío,
que correspondía a fines de marzo y principios de abril. Entonces
el frío del invierno había pasado, como también la
lluvia tardía y toda la naturaleza se regocijaba en la frescura
y hermosura de la primavera. La hierba
reverdecía en las colinas y los valles, y por
doquiera las flores silvestres adornaban los campos. La
luna, ya casi llena, embellecía las noches. Era
la estación tan bien descrita por el santo poeta que cantó:
"He
aquí ha pasado el invierno,
Hase
mudado, la lluvia se fue;
Hanse
mostrado las flores en la tierra,
El
tiempo de la canción es venido,
Y
en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola; La
higuera ha echado sus higos,
Y
las vides en cierne dieron olor." (Cant. 2: 11-13.)
Por todo el país, grupos de peregrinos se dirigían hacia Jerusalén. Los pastores que habían dejado por el momento sus rebaños y sus montes, así como los pescadores del mar de Galilea, los labradores de los campos y los hijos de los profetas que acudían de las escuelas sagradas, todos dirigían sus pasos hacia el sitio donde se revelaba la presencia de Dios. Viajaban en cortas etapas, pues muchos iban a pie. Las caravanas veían continuamente aumentar sus filas, y a menudo se hallan muy numerosas antes de llegar a la santa ciudad.
La
alegría de la naturaleza despertaba alborozo en el corazón
de Israel y gratitud hacia el Dador de todas las cosas buenas. Se
cantaban los grandiosos salmos hebreos que ensalzaban la gloria y la majestad
de Jehová. A la señal
de la trompeta, con acompañamiento de címbalos, se elevaba
el coro de agradecimiento, entonado por centenares de voces:
"Yo
me alegré con los que me decían:
A
la casa de Jehová iremos.
Nuestros
pies estuvieron
En
tus puertas, oh Jerusalén....
Y
allá subieron las tribus, las tribus de JAH,...
Para
alabar el nombre de Jehová....
Pedid
la paz de Jerusalem:
Sean
prosperados los que te aman." (Sal. 122: 1-6.)
Cuando
veían en derredor suyo las colinas donde los paganos, solían
encender antaño los fuegos de sus altares, los hijos de Israel cantaban:
"Alzaré
mis ojos a los montes,
De
donde vendrá mi socorro.
Mi
socorro viene de Jehová,
Que
hizo los cielos y la tierra." (Sal. 121: 1, 2.)
"Los
que confían en Jehová son como el monte de Sión,
Que
no deslizará: estará para siempre.
Como
Jerusalem tiene montes alrededor de ella,
Así
Jehová alrededor de su pueblo
Desde
ahora y para siempre." (Sal. 125: 1, 2.)
Al
llegar a la cumbre de las colinas que dominaban la santa ciudad, miraban
con asombro y reverencia las multitudes de adoradores que se dirigían
hacia el templo. Veían ascender
el humo del incienso, y al oír las trompetas de los levitas que
anunciaban el servicio sagrado, sentían la inspiración de
la hora sagrada, y cantaban:
"Grande
es Jehová y digno de ser en gran manera alabado, En la ciudad de
nuestro Dios, en el monte de su santuario. Hermosa provincia, el gozo de
toda la tierra es el monte de Sión, A los lados. del aquilón,
la ciudad del gran Rey." (Sal. 48:1, 2.)
"Haya
paz en tu ante muro,
Y
descanso en tus palacios."
"Abridme
las puertas de la justicia:
Entraré
por ellas, alabaré a JAH."
"A
Jehová pagaré ahora mis votos
Delante
de todo su pueblo;
En
los atrios de la casa de Jehová,
En
medio de ti, oh Jerusalem.
Aleluya."
(Sal. 122:7; 118.191 116:18, 19.)
Todas
las casas de Jerusalén se abrían para recibir a los peregrinos,
y se les proporcionaba alojamiento gratuito; pero esto no bastaba para
la vasta asamblea, y se levantaban tiendas en todos los sitios disponibles
de la ciudad y de las colinas circundantes.
El
día catorce del mes, por la noche, se celebraba la pascua, cuyas
ceremonias solemnes e imponentes conmemoraban la liberación de la
esclavitud en Egipto y señalaban hacia adelante, al sacrificio que
los había de librar de la servidumbre del pecado. Cuando
el Salvador dio su vida en el Calvario, cesó el significado de la
pascua, y quedó instituida la santa cena para conmemorar
el acontecimiento que había sido prefigurado por la pascua.
La
pascua seguía por siete días como fiesta de los panes ázimos. El
primero y el último eran días de santa convocación,
durante los cuales no debía hacerse trabajo servil alguno. El
segundo día de la fiesta se presentaban a Dios las primicias de
la mies del año. La cebada
era el primer cereal que se cosechaba en Palestina, y al principio de la
fiesta empezaba a madurar. El sacerdote
agitaba una gavilla de este cereal ante el altar de Dios en reconocimiento
de que todo era suyo. No se había
de recoger la cosecha antes que se cumpliera este rito.
Cincuenta
días después de la ofrenda de las primicias, venía
la fiesta de Pentecostés, también llamada fiesta de la mies
o de las semanas. Como expresión
de gratitud por el cereal que servía de alimento, se ofrecían
al Señor dos panes cocidos con levadura. La
fiesta duraba un solo día que se dedicaba al culto.
En
el séptimo mes venia la fiesta de las cabañas, o de la
recolección. Esta
fiesta reconocía la bondad de Dios en los productos de la huerta,
del olivar, y del viñedo. Así
se completaba la serie de reuniones festivas del año. La
tierra había dado su abundancia, la mies había sido recogida
en los graneros, los frutos, el aceite y el vino habían sido almacenados
y las primicias se habían puesto en reserva, y ahora acudía
el pueblo con los tributos de agradecimiento al Dios que le había
bendecido.
Esta
fiesta debía ser ante todo una ocasión
de regocijo. Se celebraba poco después
del gran día de la expiación, en el cual se había
dado la seguridad de que no sería ya recordada la iniquidad del
pueblo. Este, ahora reconciliado
con Dios, se presentaba ante él para reconocer su bondad, y para
alabar su misericordia. Terminados
los trabajos de la siega, y no habiendo empezado aún las labores
del año nuevo, el pueblo estaba libre de cuidados y podía
someterse a las influencias sagradas y placenteras de la hora. Aunque
se les mandaba solamente a los padres y a los hijos que acudieran a las
fiestas, siempre que fuera posible las familias debían asistir también
a ellas, y de su hospitalidad debían participar los siervos, los
levitas, los extranjeros y los pobres.
Como
la pascua, la fiesta de los tabernáculos era conmemorativa. En
recuerdo de su peregrinación por el desierto, el pueblo debía
dejar sus casas y morar en cabañas o enramadas hechas con "gajos
... de árbol hermoso, ramos de palmas, y ramas de árboles
espesos, y sauces de los arroyos." (Lev. 23: 40, 42, 43.)El
primer día era una santa convocación, y a los siete días
de la fiesta se añadía otro octavo que se observaba de la
misma manera.
En
estas asambleas anuales, los corazones de jóvenes y ancianos recibían
aliento para servir a Dios, al mismo tiempo que el trato amistoso de los
habitantes de las diferentes partes de la tierra reforzaba los vínculos
que los unían a Dios y unos a otros. También
hoy sería bueno que el pueblo de Dios tuviera una fiesta de las
cabañas, una alegre conmemoración de las bendiciones que
Dios le ha otorgado. Como los hijos
de Israel celebraban el libramiento que Dios había concedido a sus
padres, y también como los había protegido milagrosamente
a ellos mismos durante sus peregrinaciones después de la salida
de Egipto, así debiéramos recordar con gratitud los diferentes
medios que él ideó para apartarnos del mundo y de las tinieblas
del error y para llevamos a la luz preciosa de su gracia y de su verdad.
A
los que vivían lejos del tabernáculo la asistencia a las
fiestas anuales les requería más de un mes de cada año. Este
ejemplo de devoción a Dios debe recalcar la importancia de los servicios
religiosos y la necesidad de subordinar nuestros intereses egoístas
y mundanos a los que son espirituales y eternos. Sufrimos una pérdida
si hacemos caso omiso del privilegio de reunirnos para fortalecernos y
alentarnos los unos a los otros en el servicio de Dios. Las
verdades de su palabra pierden entonces para nuestra mente su vigor e importancia. Nuestro
corazón deja de sentirse iluminado e inspirado por la influencia
santificadora, y decae nuestra espiritualidad. En
nuestro trato mutuo como cristianos perdemos mucho por carecer de simpatía
unos hacia otros. El que se encierra
en sí mismo no desempeña bien la misión que Dios le
ha encargado. Somos todos hijos de
un solo Padre y dependemos unos de otros para ser felices. Somos
objeto de los requerimientos de Dios y la humanidad. Al
cultivar debidamente los elementos sociales de nuestra naturaleza simpatizamos
con nuestros hermanos y los esfuerzos que hacemos por beneficiar a nuestros
semejantes, nos proporcionan felicidad.
La
fiesta de las cabañas no era sólo una conmemoración,
sino también un tipo o figura. No
solamente señalaba algo pasado: la estada en el desierto, sino que,
además, como la fiesta de la mies, celebraba la recolección
de los frutos de la tierra, y apuntaba hacia algo futuro: el gran día
de la siega final, cuando el Señor de la mies mandará a sus
segadores a recoger la cizaña en manojos destinados al fuego y a
juntar el trigo en su granero. En
aquel tiempo todos los impíos serán destruídos. "Serán
como si no hubieran sido." (Abd. 16.)Y
todas las voces del universo entero se unirán para elevar alegres
alabanzas a Dios. Dice el revelador."Y
oí a toda criatura que está en el cielo, y sobre la tierra,
y debajo de la tierra, y que está en el mar, y todas las cosas que
en ellos están, diciendo: Al que está sentado en el trono,
y al Cordero, sea la bendición, y la honra, y la gloria, y el poder,
para siempre jamás." (Apoc. 5:13.)
En
la fiesta de las cabañas, el pueblo de Dios alababa a Dios porque
recordaba la misericordia que le manifestara al librarle de la servidumbre
de Egipto, y el tierno cuidado del que le hiciera objeto durante su peregrinación
en el desierto. Se regocijaba
también por saber que le había perdonado y aceptado gracias
al reciente servicio del día de expiación. Pero
cuando los redimidos de Jehová estén a salvo en la Canaán
celestial, para siempre libertados del yugo de la maldición bajo
el cual "todas las criaturas gimen a una, y a una están de parto
hasta ahora" (Rom. 8: 22),se regocijarán
con un deleite indecible y glorioso. Entonces
habrá concluido la gran obra expiatorio que Cristo emprendió
para redimir a los hombres, y sus pecados habrán sido borrados para
siempre.
"Alegrarse
han el desierto y la soledad:
El
yermo se gozará, y florecerá como la rosa.
Florecerá
profusamente, también se alegrará y cantará con júbilo:
La
gloria del Líbano le será dada,
La
hermosura de Carmel y de Sarón.
Ellos
verán la gloria de Jehová, la hermosura del Dios nuestro.
. . .
Entonces
los ojos de los ciegos serán abiertos, Y los oídos de los
sordos se abrirán.
Entonces
el cojo saltará como un ciervo, Y cantará la lengua del mudo;
Porque
aguas serán cavadas en el desierto, Y torrentes en la soledad.
El
lugar seco será tornado en estanque,
Yel
secadal en manaderos de aguas. . . .
Y
habrá allí calzada y camino,
Y
será llamado camino de Santidad;
No
pasará por él inmundo;
Y
habrá para ellos en él quien los acompañe,
De
tal manera que los insensatos no yerren.
No
habrá allí león,
Ni
bestia fiera subirá por él, Ni allí se hallará,
Para
que caminen los redimidos.
Y
los redimidos de Jehová volverán,
Y
vendrán a Sión con alegría,
Y
gozo perpetuo será sobre sus cabezas:
Y
retendrán el gozo y alegría,
Y
huirá la tristeza y el gemido." (Isa. 35: 1, 2,5-10.)
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