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Lo más bello de la creación.

Mientras Adán  observaba a los animales que gozaban de los tibios rayos del sol o que jugaban alegremente en la pradera, pronto se dio cuenta que todos andaban en parejas. Cada animal tenía una compañera. Al lado del majestuoso león, caminaba una mansa y esbelta leona. Detrás del elegante ciervo iba una graciosa gama. Acompañando al poderoso toro, caminaba una gentil vaca. Cerca del tigre, estaba la tigra. Al lado del  oso, marchaba una osa. No lejos del conejo, caminaba a los saltos una coneja, y lo mismo ocurría con la jirafa, la cebra, el reno, el antílope, el zorro y la ardilla.
 

Únicamente Adán estaba solo. Por cierto que los animales se mostraban tan amigables con él como les era posible y cuando los llamaba, se detenían y lo miraban con sus ojos expresivos y asombrados, pero no podían contestarle una sola palabra. El perro era el que más parecía entenderlo y actuaba como si quisiera hablarle, pero todo lo que lograba hacer era ladrar, saltar y mover la cola.

Adán debe haberse preguntado repetidamente por qué era que él no tenía una compañera y quizás hasta comenzó a buscar una. Tal vez llamó, esperando que alguien, semejante a él, oyera su voz y le contestara. Puede ser que abrigara la esperanza de que de repente apareciera un ser que pudiera ser su compañera y amiga especial. Pero no vio a nadie.

Pensando en eso se recostó en la hierba y su sentimiento de soledades fue aumentando. La tierra era muy hermosa, los animales se mostraban muy amigables y divertidos; pero él no encontraba a nadie con quien pudiera compartir sus pensamientos y sentimientos, con quien pudiera conversar; es decir, nadie excepto Dios.

De pronto Adán tuvo mucho sueño, y le extrañó, pues nunca antes se había sentido así. ¿Qué le pasaría? Trató de mantenerse despierto, pero no pudo. El sueño se fue apoderando más y más de él hasta que por fin le fue imposible mantener los ojos abiertos por más tiempo, y se durmió profundamente, perdiendo la noción de todo lo que le rodeaba: la tierra, las flores, los árboles, los animales; todo se esfumó y desapareció de su conciencia.

En ese momento Dios volvió a acercarse a él tanto como la primera vez, cuando alentó en su nariz soplo de vida, y con un toque rápido de su prodigiosa mano creadora, sacó una costilla de Adán y cerró luego la herida con admirable pericia.

"Y de la costilla que el hombre tomada, formó Jehová Dios a la mujer".

¡Qué cosa extraña hizo Dios! Si él pudo hacer el sol, la luna y las estrellas con sólo decir: "halla en el firmamento de los cielos lumbreras"; si pudo crear todos los animales al solo mandato de: "brote de la tierra seres animados según su especie", ¿Por qué no dijo: "sea una mujer" ? ¿Y por qué, después de crear a Adán la criatura más maravillosa de este nuevo mundo, tomó una costilla de su cuerpo perfecto para crear con ella a la compañera del hombre?

Dios debe haber tenido una buena razón para obrar de esa manera y me gusta pensar que se debió a que él quería que Adán supiera que su esposa era realmente parte de él mismo, y por lo tanto debía tratarla siempre como se trataría a sí mismo. La Biblia nos dice que Dios hizo a Eva para que fuera "una ayuda semejante a él". ¡Y que pensamiento hermoso es ése! Ella había de estar siempre a su lado, ayudando, trabajando con él, y con él debía hacer planes y compartir los gozos de la vida.

Pero contemplamos nuevamente a Dios dedicado a su obra.

Se nos dice que de la costilla que Adán "formó" a la mujer. Del mismo modo que había "formado" al hombre del polvo de la tierra, así ahora, con infinita sabiduría y destreza formó a la que había de llegar a ser la madre de toda la raza humana. ¡Cuán perfectamente modeló las acciones de su hermoso rostro! ¡Con cuánta gracia dispuso su cabello largo y ondulado! ¡Con qué amante solicitud colocó en su mente y corazón toda la ternura, toda la suavidad, toda la dulzura, toda la infinita provisión de amor que el anhela que cada madre posea!

En menos tiempo del que lleva contarlo, allí estaba ante él, el ser más bello de toda la creación, en cuyos ojos resplandecientes el gozo de vivir, y cuya sonrisa le prestaba a su rostro una belleza incomparable.

Y ahora, cuando Dios  "La presentó al hombre", Eva, llena de gracia, dio los primeros pasos. Miró a Adán que dormía sobre la hierba y se preguntó quién podría ser.

Soñando quizás, con la compañera que esperaba encontrar algún día en alguna parte de este admirable mundo que Dios le había dado, Adán se despertó y abrió los ojos. ¡OH maravilla de maravillas! Allí  ante él, se presentó un ser mucho más hermoso de lo que había soñado encontrar alguna vez, una criatura tan exquisita, tan noble, tan hermosa que Adán apenas podía entender que era un ser real. Al mirar en sus ojos radiantes, bondadosos y comprensivos, se dio cuenta en el acto de que esa era la compañera de su vida, su amiga querida que tanto había anhelado tener.

"El hombre exclamó: esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta se llamará varona, porque del varón ha sido tomada."

¡Eso es amor a primera vista! Instantáneamente ambos parecieron darse cuenta de que se pertenecía el uno al otro. Ansiosamente entrelazaron sus manos y salieron caminando juntos.

Como rey y reina de la gloriosa tierra nueva, recorrieron los campos cubiertos de flores, las colinas salpicadas de árboles, la playa bañada por las olas, explorando los prodigios de la creación de Dios y maravillándose por la gloria de su poder. Mientras tanto, no muy lejos de allí, observando en silencio con tierno amor, y sonriendo por la completa felicidad de ambos, estaba Dios mismo, cuyo gozo fue perfecto en ellos.

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