"Yo me casé con un alcohólico"

"YO ME CASE con un alcohólico —dijo una señora en una reunión de los Alcohólicos Anónimos a la que asistí—. En cierto modo me alegro de haberlo hecho, porque de otra manera tal vez nunca hubiera conocido a Dios ni me hubiera encontrado conmigo misma".

Si bien ella había hablado con voz suave aunque firme, de todos modos no pude creer lo que decía.

 

Comencé a escuchar observaciones tan positivas como ésta desde la primera vez que asistí a esas reuniones. Recuerdo haberme preguntado asombrada cómo alguien podía decir eso, y cómo ellos podían pretender comprender mi estado de ánimo: cuan miserable, humillada y avergonzada me sentía por tener que asistir a esas reuniones; y sin embargo, cuánta esperanza había puesto en ellas.

 

La primera vez que asistí, me encontré sentada con otras personas en una habitación no muy grande. Hombres, mujeres, jóvenes y ancianos, estaban alrededor de una mesa grande.

 

 Algunos adornaban sus dedos con anillos de diamantes y otras piedras preciosas; en cambio otros parecían ser muy pobres. Pero todos teníamos una misma característica: nuestras vidas, de una manera u otra habían sido afectadas por el alcoholismo.

 

YO HABÍA ESTADO CASADA durante 17 años con un esposo bebedor. Solamente una semana antes había decidido separarme de él. Hasta entonces, el amor, el temor, el orgullo y la ignorancia, todo eso en grandes cantidades, de alguna manera se habían combinado para encerrarme en una prisión de sufrimiento. Además, siempre me había aferrado a la esperanza de poder cambiarlo. Pero finalmente se agotó mi capacidad de soportar, y ese día le dije que me iba. Y Juan, mi marido, sabía que yo hablaba en serio. Probablemente presentía que ya se me habían hecho intolerables las peleas humillantes que se repetían con frecuencia, la última de las cuales la habíamos tenido justamente la noche anterior. Por supuesto que él recordaba muy poco de lo sucedido, ya que estaba borracho.

 

    Ese día habíamos tenido una fiesta. Habíamos reunido una cantidad impresionante de botellas de licor y de vino. Juan no esperó que llegaran las visitas para ponerse a beber. Además, como dueño de casa, durante la fiesta no tenía necesidad de que alguien volviera a llenar su copa; él mismo lo hacía todas las veces que deseaba. A la hora de la comida ya ni siquiera podía hablar bien, a las 10 de la noche se había puesto pesado, y media hora después se había quedado dormido.

 

En ese momento, nuestros visitantes, muy confundidos, se despidieron. Antes de irse trataron de animarme diciéndome: "Todos se toman unas copas de más de vez en cuando". "Eso también me ha pasado a mí". "Olvídalo, Elena". ¿Pero cómo olvidarlo? Había estado tratando de olvidar el alcoholismo de mi marido desde el día cuando nos casamos. Al comienzo se había aficionado a la cerveza. Aunque no teníamos dinero para comprar todo lo que necesitábamos, las botellas de cerveza nunca faltaban en casa.

 

    Nos entreteníamos jugando a las cartas y tomando cerveza. En realidad, las cartas eran una disculpa para beber. A mí se me antojaba que las fiestas que teníamos en las casas de nuestros amigos eran una especie de concurso para determinar cuál de los esposos era el que más bebía y cuál de las esposas era la que mejor lo soportaba. Generalmente Juan y yo ganábamos los concursos, pero eso a mí no me hacía nada feliz.

    CUANDO JUAN SE ESTABLECIÓ EN SU CARRERA, pensé que las cosas cambiarían. Pero no fue así. Aunque tuvimos nuestros amigos, en todas nuestras fiestas se bebía abundantemente. Mi marido me aseguraba que esas reuniones sociales eran indispensables para su progreso en su profesión.


 

"Estoy ascendiendo, Elena", solía decirme, reprochándome por no sentirme feliz. Me decía que no me preocupara porque nuestros hijos quedaban solos, ni porque gastábamos en fiestas sociales. Me instaba a pasarlo bien, a divertirme y a disfrutar como lo hacían los demás.

 

El problema era que no todos los esposos presentes volcaban su copa porque les temblaba la mano, ni se caían en el piso pulido del salón de baile, ni se quedaban dormidos en medio de una frase incoherente. Tampoco no todas las esposas tenían que manejar de regreso a casa ni soportar los horrores de viajar en un auto conducido por un borracho. Yo había abandonado las creencias religiosas aprendidas en mi niñez, pero esos viajes en un auto que zigzagueaba por el camino me mantenían orando fervientemente a Alguien que yo esperaba que estuviera allí y me oyera.

 

Supongo que encontré un número suficiente de esposas que sufrían como yo, y que me convencieron de que mi marido no era el peor de todos. Además, al día siguiente él se mostraba muy arrepentido. Me amaba y traía al hogar el dinero que necesitábamos. Siempre se mostraba muy generoso conmigo. ¿No era eso una prueba suficiente de su amor? ¿No me bastaba con eso?

Por supuesto que no era suficiente. El dinero no puede comprar la intimidad ni un compañerismo lleno de amor. Además, el alcohol es un tremendo escollo en las relaciones matrimoniales íntimas.

EN LOS ÚLTIMOS AÑOS, la mayor parte de las noches mi marido dormía con sueño intranquilo e irregular, mientras que yo permanecía despierta buscando la razón de ello. Tal vez yo no era la esposa que Juan necesitaba. Puesto que yo me sentía miserable, mía debía ser la culpa. Probablemente lo hacía beber en exceso debido a mi nerviosidad, a mi actitud criticona, a mi deseo de mantener con él conversaciones decentes. Mi razonamiento estaba completamente equivocado; pero yo, en mi ignorancia, seguí utilizándolo y procuré cambiar mi manera de ser para convertirme en una esposa ejemplar que indujera a Juan a abandonar el alcohol.

 

    Dudo que hubiera podido sobrevivir a causa de mi desgracia si no hubiera aprendido a tener fe en un Dios lleno de amor. Desesperada, y con una profunda necesidad de encontrar estabilidad y comprensión, me puse a buscar a Dios. El me encontró a mí y yo lo encontré a él, y así fue como mi amargura y resentimiento fueron reemplazados por un conocimiento de su amor consolador y orientador.

 

Como tenía fe en que algún día, de alguna manera, mi marido cambiaría, seguí viviendo con él y cumplí mi deber de esposa y madre. Todavía lo amaba. Todas las humillaciones y los maltratos que había experimentado no habían conseguido matar completamente mi amor por el hombre que yo veía en Juan a pesar de su obsesión por la bebida. Yo oraba con frecuencia:

"Dios mío, tiene que haber una solución para este problema. Te ruego que me muestres cuál es el camino".

 

    Hasta entonces nunca había oído hablar del grupo de rehabilitación para familias de alcohólicos llamado AL-ANON, y nadie en mi familia, ni mis amigos, me había hablado de Alcohólicos Anónimos. Pero yo tampoco consideraba que Juan fuera un alcohólico. No podía admitirlo, porque eso hubiera sido el fin de todo, ya que me habría sentido sin esperanza.

 

Juan seguía trayendo dinero a casa, pero nuestra vida íntima se había convertido en un verdadero caos. Terminé pensando que teníamos un problema de matrimonio. Sin embargo, fuera de rogarle a Juan que fuéramos a consultar a un consejero matrimonial, lo que él rehusó sistemáticamente, no supe qué otra cosa hacer. No es posible explicarlo a quien no lo ha vivido, pero la enfermedad que sobreviene por tener que vivir con un alcohólico, confunde la mente. La crisis llegó en forma inevitable, tal como ocurre con cualquier enfermedad que progresa hacia el estado de crisis.

A LA MAÑANA SIGUIENTE, después de nuestra última fiesta social con abundantes bebidas alcohólicas, recorrí con la mirada la sala de mi casa. Vi a mi esposo todo desgreñado, el cenicero volcado, y una copa rota con el líquido derramado. La alfombra y los sillones estaban manchados. ¡Qué ruina! Pero también se habían arruinado mis sueños, mis ilusiones y mi esperanza. Eso mismo había sucedido varias veces. Comprendí que las cosas no podían continuar de esa manera.

Tomé una determinación.

 

    —Juan, me voy de casa —le dije—. No me importa dónde ni cómo, pero me voy.

Mi marido todavía sentía los efectos de la borrachera, pero sus ojos inyectados de sangre me miraron inquisitivos. Luego dijo:

    —Sí, creo que debo tener un problema. Dame un par de semanas y entonces buscaré ayuda.

    —No, Juan. No un par de semanas. ¡Ahora mismo! Yo todavía tenía el número del teléfono de un consejero matrimonial. Si él quisiera tal vez podríamos ir a verlo.

—¿Quieres ir?

—¿Dónde?

—A consultar al consejero matrimonial.

 

Después de vacilar durante un buen rato, finalmente dijo que si. Busqué el número apresuradamente e hice una cita, antes de que él o yo nos arrepintiéramos.

 

    La semana antes de la cita nos resultó casi intolerable. Vivimos bajo una gran tensión. No nos hablamos, evitamos tocarnos y Juan ni siquiera bebió. Nuestros hijos andaban silenciosos y se preguntaban por qué estábamos en casa todas las noches.

    Finalmente llegó el día de la cita. El consejero matrimonial era un especialista en problemas creados por el alcoholismo. Estuvimos 45 minutos con él, y yo fui la que más habló. Al final de esa primera sesión, nos preguntó si estábamos dispuestos a asistir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos y de AL-ANON comenzando inmediatamente.

 

    Mi mente se pobló de imágenes espantosas: borrachos tendidos en las calles, alcohólicos sin remedio, degradación y vergüenza. Me dieron ganas de gritar:

    "¡Juan no es así!" Escuché aturdida mientras el consejero explicaba lo que era AL-ANON.

 

"Estoy dispuesta a ir a cualquier parte donde puedan ayudarnos" —dije finalmente.

 

    Mi marido también accedió, aunque con gran dificultad, porque eso constituía una derrota para él. Se me hizo un nudo en el estómago. Estaba esperanzada, y sin embargo sentía miedo. Pensé en su trabajo, en nuestros amigos y en la familia: ¿qué pensaría la gente? Sin embargo, decidí seguir adelante porque estaba desesperada.

    "Alguien se pondrá en contacto con ustedes" —nos aseguró el consejero. Esa misma noche nos visitó un matrimonio desconocido. Después de saludar, el marido dijo:

- "Mi nombre es Francisco. Esta es mi esposa Vera. Puesto que vivimos cerca de ustedes, pensamos que podían acompañarnos a la reunión de esta noche".

 

¿También ellos tenían un problema de alcoholismo y vivían cerca de nosotros? ¡Sentí un enorme alivio al saber que no estábamos solos!

De modo que esa noche asistí a una reunión de AL-ANON. Juan fue al grupo de Alcohólicos Anónimos que funcionaba en otra sala de reuniones. Si yo me sentía avergonzada, ¡cuánto peor sería para él! Tuvo que aprender a decir: "Soy un alcohólico". Yo solamente tuve que admitir que era la esposa de un alcohólico. Después de varias reuniones comenzamos a sentir alivio y a recibir verdadera ayuda. Esto nos recompensó por nuestro orgullo herido. Por supuesto, se trataba de un falso orgullo.

 

    CONTINUAMOS DURANTE VARIOS MESES las reuniones con nuestro consejero matrimonial, lo que nos ayudó mucho. Pero la asistencia a las reuniones de Alcohólicos Anónimos nos dio algunas ideas muy claras acerca de nuestra condición. Juan tiene una enfermedad que puede ser perfectamente controlada mientras él no pruebe cerveza, vino o licor. ¡Ni siquiera una sola copa! Y yo tengo una inestabilidad emocional que ha sido el resultado de vivir durante tanto tiempo con un alcohólico. Pero también puedo recuperarme de este problema.

 

    Afortunadamente Juan y yo adoptamos firmemente el plan de los Alcohólicos Anónimos. Descubrimos que los mismos problemas y las mismas angustias que nosotros habíamos experimentado los habían tenido también otros miembros. Nos resultaba increíble, pero no éramos los únicos. Nos dimos cuenta de que hay millones de personas que tienen exactamente el mismo problema del alcoholismo. Supimos también que en todas las clases sociales hay gente que se está rehabilitando del alcoholismo. Esas personas llevan vidas felices y útiles sin necesidad de usar alcohol en ninguna de sus formas. En nuestro pequeño mundo, distorsionado por el licor, nunca habíamos soñado que eso fuera posible.

 

    Ya hace años que Juan no ha tocado una bebida alcohólica. Ha ido ganando sus victorias un día tras otro. Juan me dice que la sobriedad finalmente lo ha hecho estar en paz consigo mismo. Yo misma he progresado mucho en el arte de controlar las emociones y de vivir en paz con todos. Eso me ha proporcionado numerosas satisfacciones.

 

    Ha sido un camino muy largo el que hemos recorrido, pero agradezco continuamente a Dios

 por la madurez, la aceptación, la serenidad y la felicidad que nos ha traído ese largo camino. Como agradecimiento a Dios he decidido compartir con otros nuestra historia, para que comprendan que ellos también pueden resolver su problema de alcoholismo.

 

(Tomado de la revista Listen.)

 
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