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Disertación matinal para los ministros reunidos en el congreso de la Asociación General, en Battle Creek, Michigan, en noviembre de 1883. Publicada en la edición de 1892 de Gospel Workers [Obreros evangélicos] páginas 411, 415, y en Mensajes selectos, tomo 1, páginas 411, 415.
"Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar
nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1: 9).
Dios requiere que confesemos nuestros pecados y humillemos nuestro
corazón ante El. Pero al mismo tiempo debiéramos tenerle
confianza como a un Padre tierno que no abandonará a los que ponen
su confianza en El. Muchos de nosotros caminamos por vista y no por
fe. Creemos en las cosas que se ven, pero no apreciamos las preciosas
promesas que se nos dan en la Palabra de Dios. Sin embargo, no podemos
deshonrar a Dios más decididamente que mostrando que desconfiamos
de lo que El dice, y poniendo en duda si el Señor nos habla de verdad
o nos está engañando.
Dios no nos abandona por causa de nuestros pecados. Quizás
hayamos cometido errores y contristado a su Espíritu, pero cuando
nos arrepentimos y acudimos a El con corazón contrito, no nos desdeña.
Hay estorbos que deben ser removidos. Se han fomentado sentimientos
equivocados y ha habido orgullo, suficiencia propia, impaciencia y murmuraciones.
Todo esto nos separa de Dios. Deben confesarse los pecados: debe
haber una obra más profunda de la 35 gracia en el corazón.
Los que se sienten débiles y desanimados deben llegar a ser hombres
fuertes en Dios y deben hacer una noble obra para el Maestro. Pero
deben proceder con altura; no deben ser influidos por motivos egoístas.
Los méritos de Cristo son nuestra única esperanza
Debemos aprender en la escuela de Cristo. Sólo su justicia
puede darnos derecho a una de las bendiciones del pacto de la gracia.
Durante mucho tiempo hemos deseado y procurado obtener esas bendiciones,
pero no las hemos recibido porque hemos fomentado la idea de que podríamos
hacer algo para hacernos dignos de ellas. No hemos apartado la vista
de nosotros mismos, creyendo que Jesús es un Salvador viviente.
No debemos pensar que nos salvan nuestra propia gracia y nuestros méritos.
La gracia de Cristo es nuestra única esperanza de salvación.
El Señor promete mediante su profeta: "Deje el impío su camino,
y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová,
el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el
cual será amplio en perdonar" (Isa. 55: 7). Debemos creer
en la promesa en sí, y no aceptar un sentimiento como si fuera fe.
Cuando confiemos plenamente en Dios, cuando descansemos sobre los méritos
de Jesús como en un Salvador que perdona los pecados, recibiremos
toda la ayuda que podamos desear.
Miramos a nuestro yo como si tuviéramos poder para salvarnos
a nosotros mismos, pero Jesús murió por nosotros porque somos
impotentes para hacer eso. En El están nuestra esperanza,
nuestra justificación, nuestra justicia. No debemos desalentarnos
y temer que no tenemos Salvador, o que El no tiene pensamientos de misericordia
hacia nosotros. En este mismo momento está realizando su obra
en nuestro favor, invitándonos a acudir a El, en nuestra 36
impotencia, y ser salvados. Lo deshonramos con nuestra incredulidad.
Es asombroso cómo tratamos a nuestro mejor Amigo, cuán poca
confianza depositamos en Aquel que puede salvarnos hasta lo sumo y que
nos ha dado toda evidencia de su gran amor.
Mis hermanos, ¿esperan que sus nietos los recomendarán
para recibir el favor de Dios, pensando que deben ser liberados del pecado
antes de que confíen en su poder para salvar? Si esta es la
lucha que se efectúa en su mente, temo que no obtengan fortaleza
y que al final se desanimen.
Miren y vivan
En el desierto, cuando el Señor permitió que serpientes
venenosas atacaran a los israelitas rebeldes, se instruyó a Moisés
que erigiera una serpiente de bronce y ordenara que todos los heridos la
miraran y vivieran. Pero muchos no vieron la utilidad de ese remedio
indicado por el Cielo. Los muertos y moribundos los rodeaban por
doquiera, y sabían que sin la ayuda divina su muerte era cierta;
mas lamentaban sus heridas, sus dolores, su muerte segura, hasta que se
les acababan las fuerzas y sus ojos quedaban vidriosos, cuando podrían
haber recibido una curación instantánea.
"Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así"
también fue "el Hijo del Hombre... levantado, para que todo aquel
que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna"(Juan 3: 14,
15). Si están conscientes de sus pecados, no dediquen todas
sus facultades a lamentarse por ellos, sino miren y vivan. Jesús
es nuestro único Salvador, y aunque millones que necesitan ser curados
rechacen su misericordia ofrecida, nadie que confía en sus méritos
será abandonado para perecer. Al paso que reconozcamos nuestra
condición impotente sin Cristo, no debemos desanimarnos. Debemos
confiar en un Salvador crucificado 37 resucitado. Pobre alma, enferma
de pecado y desanimada, mira y vive. Jesús ha empeñado
su palabra; salvará a todos los que acuden a El.
Ven a Jesús, y recibe descanso y paz. Ahora mismo puedes
tener la bendición. Satanás te sugiere que eres impotente
y que no puedes bendecirte a ti mismo. Es verdad: eres impotente.
Pero exalta a Jesús delante de él: "Tengo un Salvador resucitado.
En El confío y El nunca permitirá que yo sea confundido.
Yo te invito en su nombre. El es mi justicia y mi corona de regocijo".
En lo que respecta a esto, nadie piense que su caso es sin esperanza, pues
no es así. Quizá te parezca que eres pecador y que
estás perdido, pero precisamente por eso necesitas un Salvador.
Si tienes pecados que confesar, no pierdas tiempo. Los momentos sois
de oro. "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo
para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:
9). Serán saciados los que tienen hambre y sed de justicia,
pues Jesús lo ha prometido. ¡Precioso Salvador!
Sus brazos están abiertos para recibirnos, y su gran corazón
de amor espera para bendecirnos.
Algunos parecen sentir que deben ser puestos a prueba y deben demostrar
al Señor que se han reformado, antes de poder demandar sus bendiciones.
Sin embargo, esas queridas almas pueden pedir ahora mismo la bendición.
Deben tener la gracia de Cristo, el Espíritu de Cristo que les ayude
en sus debilidades, o no podrán formar un carácter cristiano.
Jesús anhela que vayamos a El tal como somos: pecadores, impotentes,
desvalidos.
El arrepentimiento es un don de Dios
El arrepentimiento, tanto como el perdón, es el don de Dios por
medio de Cristo. Mediante la influencia del Espíritu Santo
somos convencidos de pecado y sentimos nuestra necesidad de perdón.
38 Sólo los contritos son perdonados, pero es la gracia de Dios
la que hace que se arrepienta el corazón. El conoce todas
nuestras debilidades y flaquezas, y nos ayudará.
Algunos que acuden a Dios mediante el arrepentimiento y la confesión,
y creen que sus pecados han sido perdonados, no recurren, sin embargo,
a las promesas de Dios como debieran. No comprenden que Jesús
es un Salvador siempre presente y no están listos para confiarle
la custodia de su alma, descansando en El para que perfeccione la obra
de la gracia comenzada en su corazón. Al paso que piensan
que se entregan a Dios, existe mucho de confianza propia. Hay almas
concienzudas que confían parcialmente en Dios y parcialmente en
sí mismas. No recurren a Dios para ser preservadas por su
poder, sino que dependen de su vigilancia contra la tentación y
de la realización de ciertos deberes para que Dios las acepte.
No hay victorias en esta clase de fe. Tales personas se esfuerzan en vano.
Sus almas están en un yugo continuo y no hallan descanso hasta que
sus cargas son puestas a los pies de Jesús.
Se necesitan vigilancia constante y ferviente y amante devoción.
Pero ellas se presentan naturalmente cuando el alma es preservada por el
poder de Dios, mediante la fe. No podemos hacer nada, absolutamente
nada para ganar el favor divino. No debemos confiar en absoluto en
nosotros mismos ni en nuestras buenas obras. Sin embargo, cuando
vamos a Cristo como seres falibles y pecaminosos, podemos hallar descanso
en su amor. Dios acepta a cada uno que acude a El confiando plenamente
en los méritos de un Salvador crucificado. El amor surge en
el corazón. Puede no haber un éxtasis de sentimientos,
pero hay una confianza serena y permanente. Toda carga se hace liviana,
pues es fácil el yugo que impone Cristo. El deber se convierte
en 39 una delicia, y el sacrificio en un placer. La senda que antes
parecía envuelta en tinieblas se hace brillante con los rayos del
Sol de Justicia. Esto es caminar en la luz así como Cristo
está en la luz. 40
ESTO ES JUSTIFICACIÓN POR LA FE
Parte del Manuscrito 21 de 1891, escrito el 27 de febrero de 1891.
Publicado en el Seventh-day Adventist Bible Comentary [Comentario bíblico
adventista del séptimo día], tomo 6, páginas 1070,
1071.
Cuando el pecador, penitente, contrito delante de Dios, comprende el
sacrificio de Cristo en su favor y acepta este sacrificio como su única
esperanza en esta vida y en la vida futura, sus pecados son perdonados.
Esto es justificación por la fe. Cada alma creyente debe conformar
enteramente su voluntad a la voluntad de Dios y mantenerse en un estado
de arrepentimiento y contrición, ejerciendo fe en los méritos
expiatorios del Redentor y avanzando de fortaleza en fortaleza, de gloria
en gloria.
El perdón y la justificación son una y la misma cosa.
Mediante la fe, el creyente pasa de la posición de un rebelde, un
hijo del pecado y de Satanás, a la posición de un leal súbdito
de Jesucristo, no en virtud de una bondad inherente, sino porque Cristo
lo recibe como hijo suyo por adopción. El pecador recibe el
perdón de sus pecados, porque estos pecados son cargados por su
Sustituto y Garante. El Señor le dice a su Padre celestial:
"Este es mi hijo. Suspendo la sentencia de condenación de
muerte que pesa sobre él, dándole mi póliza de seguro
de vida -vida eterna- en virtud de que yo he tomado su lugar y he sufrido
por sus pecados. Ciertamente, él es mi hijo amado".
De esa manera el hombre, perdonado y cubierto con las hermosas vestiduras
de la justicia de Cristo, comparece sin tacha delante de Dios. 108
El pecador puede errar, pero no es desechado sin misericordia.
Su única esperanza, sin embargo, es el arrepentimiento para con
Dios y la fe en el Señor Jesucristo. Es prerrogativa del Padre
perdonar nuestras transgresiones y nuestros pecados, porque Cristo ha tomado
sobre sí nuestra culpa y ha suspendido la sentencia que pendía
sobre nosotros, imputándonos su propia justicia. Su sacrificio
satisface plenamente los requerimientos de justicia.
La justificación es lo opuesto a la condenación.
La ilimitada misericordia de Dios se ejerce sobre los que son totalmente
indignos. El perdona transgresiones y pecados por amor a Jesús,
quien se ha convertido en la propiciación por nuestros pecados.
Mediante la fe en Cristo, el transgresor culpable entra en el favor de
Dios y en la firme esperanza de la vida eterna. 109
OBEDIENCIA Y SANTIFICACIÓN
Artículo publicado en Signs of the Times el 19 de mayo de
1890.
"Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó
a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante"
(Efe. 5: 2). En toda la plenitud de su divinidad, en toda la gloria
de su inmaculada humanidad, Cristo se dio a sí mismo por nosotros
como un sacrificio completo y gratuito, y todo el que acude a El debería
aceptarlo como si fuera el único por quien el precio ha sido pagado.
Así como en Adán todos mueren, en Cristo todos serán
vivificados; porque los obedientes resucitarán para inmortalidad,
y los transgresores resucitarán para sufrir la muerte, la penalidad
de la ley que han quebrantado.
La obediencia a la ley de Dios es santificación. Hay muchos
que tienen ideas erróneas respecto a esta obra en el alma, pero
Jesús oró que sus discípulos fueran santificados por
medio de la verdad, y añadió: "Tu palabra es verdad" (Juan
17: 17). La santificación no es una obra instantánea
sino progresiva, así como la obediencia es continua. En tanto
Satanás nos apremie con sus tentaciones, tendremos que librar una
y otra vez la batalla por el dominio propio; pero mediante la obediencia,
la verdad santificará el alma. Los que son leales a la verdad
han de superar, por medio de los méritos de Cristo, toda debilidad
de carácter que los ha llevado a ser modelados por cada una de las
diversas circunstancias de la vida.
El engaño y la trampa de Satanás
Muchos han tomado la posición de que no pueden pecar porque están
santificados, pero ésta es 88 una trampa engañosa del maligno.
Hay un constante peligro de caer en pecado, porque Cristo nos ha amonestado
a velar y orar para que no caigamos en tentación. Si somos
conscientes de la debilidad del yo, no nos confiaremos en nosotros mismos
ni seremos indiferentes al peligro, sino que sentiremos la necesidad de
acudir a la Fuente de nuestra fortaleza: Jesús, nuestra justicia.
Hemos de allegarnos con arrepentimiento y contricción, con una desesperada
sensación de nuestra propia debilidad finita, y aprender, que debemos
acudir diariamente a los méritos de la sangre de Cristo, a fin de
que lleguemos a ser vasos apropiados para el uso del Maestro.
Mientras así dependemos de Dios no seremos hallados en guerra
contra la verdad, sino que siempre estaremos habilitados para ponernos
de parte de la justicia. Deberíamos aferrarnos a la enseñanza
de la Biblia y no seguir las costumbres y tradiciones del mundo, los dichos
y hechos de los hombres.
Cuando surgen errores y son enseñados como verdad bíblica,
los que están conectados con Cristo no confiarán en lo que
dice el ministro, sino que -como los nobles bereanos- escudriñarán
cada día las Escrituras para ver si estas cosas son así.
Al descubrir cuál es la palabra del Señor, se pondrán
de parte de la verdad. Oirán la voz del verdadero Pastor,
que dice: "Este es el camino, andad en él". De esa manera
serán instruidos papa hacer de la Biblia su consejero, y no oirán
ni seguirán la voz de un extraño.
Dos lecciones
Si el alma ha de ser purificada y ennoblecida, y hecha idónea
para las cortes celestiales, hay dos lecciones que tienen que ser aprendidas:
abnegación y dominio propio. Algunos aprenden estas importantes
lecciones más fácilmente que otros, porque 89 están
formados en la sencilla disciplina que el Señor les da con dulzura
y amor. Otros necesitan la lenta disciplina del sufrimiento, para
que el fuego purificador pueda depurar sus corazones de orgullo y autosuficiencia,
de pasión mundanal y amor propio, a fin de que pueda surgir el oro
genuino del carácter y puedan llegar a ser vencedores mediante la
gracia de Cristo.
El amor de Dios fortalecerá el alma, y por la virtud de los
méritos de la sangre de Cristo podemos permanecer incólumes
en medio del fuego de la tentación y las pruebas; pero ninguna
otra ayuda puede tener valor para salvar, sino la de Cristo, nuestra justicia,
el cual nos ha sido hecho sabiduría y santificación y redención.
La verdadera santificación es nada más y nada menos que
amar a Dios con todo el corazón, caminar en sus mandamientos y estatutos
sin mácula. La santificación no es una emoción
sino un principio de origen celestial que pone todas las pasiones y todos
los deseos bajo el control del Espíritu de Dios; y esta obra es
realizada por medio de nuestro Señor y Salvador.
La santificación espuria no lleva a glorificar a Dios, sino
que induce a quienes pretenden poseerla a exaltarse y glorificarse a sí
mismos. Cualquier cosa que sobrevenga en nuestra experiencia, sea
de alegría o de tristeza, que no refleje a Cristo ni lo señale
como su autor, glorificándolo a El y sumergiendo al yo hasta hacerlo
desaparecer de la vista, no es una genuina experiencia cristiana.
Cuando la gracia de Cristo se implanta en el alma mediante el Espíritu
Santo, el que la posee se volverá humilde en espíritu y procurará
asociarse con aquellos cuya conversación versa sobre temas celestiales.
Entonces el Espíritu tomará las cosas de Cristo y nos las
mostrará y glorificará, no al receptor, 90 sino al Dador.
Por lo tanto, si tú tienes la sagrada paz de Cristo en tu corazón,
tus labios se llenarán de alabanza y gratitud a Dios. Tus
oraciones, el cumplimiento de tu deber, tu benevolencia, tu abnegación,
no serán el tema de tu pensamiento o conversación, sino que
magnificarás a Aquel que se dio a sí mismo por ti cuando
aún eras pecador. Dirás: "Me entrego a Jesús.
He hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así
como los profetas". Al alabarlo a El, recibirás una preciosa
bendición, y toda la alabanza y la gloria por lo que es hecho por
medio de ti serán atribuidas a Dios.
Ni turbulento ni ingobernable
La paz de Cristo no es un elemento turbulento e ingobernable que se
manifieste en voces estentóreas y ejercicios corporales. La
paz de Cristo es una paz inteligente, y no induce a quienes la poseen a
llevar las señales del fanatismo y la extravagancia. No es
un impulso errático sino una emanación de Dios.
Cuando el Salvador imparte su paz al alma, el corazón está
en perfecta armonía con la Palabra de Dios, porque el Espíritu
y la Palabra concuerdan. El Señor cumple su Palabra en todas
sus relaciones con los hombres. Es su propia voluntad, su propia
voz, revelada a los hombres, y El no tiene una nueva voluntad, ni una nueva
verdad, aparte de su Palabra, para manifestar a sus hijos. Si tienen
una maravillosa experiencia que no está en armonía con expresas
instrucciones de la Palabra de Dios, bien harían en dudar de ella,
porque su origen no es de lo alto. La paz de Cristo viene por medio
del conocimiento de Jesús, a quien la Biblia revela.
Si la felicidad proviene de fuentes ajenas y no del Manantial divino,
será tan variable como cambiantes son las circunstancias; pero la
paz de Cristo es 91 una paz constante y permanente. No depende de
circunstancia alguna de la vida, ni de la cantidad de bienes mundanales,
ni del número de amigos terrenales. Cristo es la fuente de
aguas vivas, y la felicidad y la paz que provienen de El nunca faltarán,
porque El es un manantial de vida. Los que confían en El pueden
decir: "Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las
tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida,
y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y se
turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza. Del
río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las
moradas del Altísimo" (Sal. 46: 1-4).
Tenemos motivo de incesante gratitud a Dios porque Cristo, por su perfecta
obediencia, reconquistó el cielo que Adán perdió por
su desobediencia. Adán pecó, y los descendientes de
Adán comparten su culpa y las consecuencias; pero Jesús cargó
con la culpa de Adán, y todos los descendientes de Adán que
se refugien en Cristo, el segundo Adán, pueden escapar, de la penalidad
de la transgresión. Jesús reconquistó el cielo
para el hombre soportando la prueba que Adán no pudo resistir; porque
El obedeció la ley a la perfección, y todos los que tengan
una concepción correcta del plan de redención comprenderán
que no pueden ser salvos mientras estén transgrediendo los sagrados
preceptos de Dios. Deben dejar de transgredir la ley y deben aferrarse
a las promesas de Dios que están a nuestra disposición por
medio de los méritos de Cristo.
No hay que confiar en los hombres
Nuestra fe no debe apoyarse en la capacidad de los hombres sino en el poder de Dios. Es peligroso confiar en los hombres, aun cuando puedan haber 92 sido usados como instrumentos de Dios para realizar una obra grande y buena. Cristo debe ser nuestra fortaleza y nuestro refugio. Los mejores hombres pueden desviarse de su rectitud, y la mejor religión, cuando se corrompe, es siempre la más peligrosa en su influencia sobre las mentes. La religión pura y viva consiste en la obediencia a toda palabra que sale de la boca de Dios. La justicia exalta a una nación, y la falte de ella degrada y corrompe al hombre.
"Crean, tan sólo crean"
Hoy en día se pronuncian desde los púlpitos las siguientes
palabras: "Crean, tan sólo crean. Tengan fe en Cristo; no
tienen nada que hacer con la antigua ley; tan sólo confíen
en Cristo". ¡Cuán diferentes son estas palabras de las del
apóstol que declara que la fe sin obras es muerta. El dice:
"Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos
a vosotros mismos" (Sant. 1: 22). Debemos poseer la fe que obra por
amor y purifica el alma. Muchos procuran sustituir una fe superficial
con una vida recta y piensan que por medio de esto obtendrán la
salvación.
El Señor requiere en la actualidad exactamente lo que requirió
de Adán en el Edén: la perfecta obediencia a la ley de Dios.
Debemos poseer una rectitud sin ningún defecto, sin tacha alguna.
Dios dio a su Hijo para que muriera por el mundo, pero El no murió
para abrogar la ley que era santa y justa y buena. El sacrificio
de Cristo en el Calvario es un argumento incontestable que muestra la inmutabilidad
de la ley. Su penalidad fue sufrida por el Hijo de Dios en favor
del hombre culpable, para que mediante los méritos de Aquel, el
pecador pudiera por la fe en su nombre obtener la virtud de su carácter
inmaculado. 93
Se le dio al pecador una segunda oportunidad de guardar la ley de Dios
mediante la fortaleza de su divino Redentor. La cruz del Calvario
condena para siempre la idea que Satanás ha colocado delante del
mundo cristiano -que la muerte de Cristo abolió no solamente el
sistema típico de sacrificios y ceremonias sino también la
inmutable ley de Dios, el fundamento de su trono, la trascripción
de su carácter.
Por medio de todos los artificios posibles Satanás ha procurado
invalidar la eficacia del sacrificio del Hijo de Dios, hacer que su expiación
sea inútil y su misión un fracaso. Ha sostenido que
la muerte de Cristo hizo innecesaria la obediencia a la ley y permitió
que el pecador obtuviera, sin abandonar el pecado, el favor de un Dios
santo. Ha declarado que la norma del Antiguo Testamento fue rebajada
en el Evangelio y que los hombres pueden acudir a Cristo, no para ser salvados
de sus pecados sino en sus pecados.
Pero cuando Juan vio a Jesús, anunció su misión
diciendo: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo"
(Juan 1: 29). Para toda alma arrepentida, el mensaje es: "Venid luego,
dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como
la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como
el carmesí, vendrán a ser como blanca lana" (Isa. 1: 18).
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