¿Demócrata o dictador? (El derecho a no fumar).
Por Daniel Basterra.
 

Click para ampliarDecía el gran constitucionalista ingles Sir Ivor Jennings que “el verdadero demócrata siempre tiene la sospecha de que no siempre tiene la razón”. ¿Somos demócratas o no lo somos? Diariamente podemos demostrarlo en muchos de nuestros actos, eso es evidente. Pero se dan muchos casos en los que, sin darnos cuenta, podemos convertirnos en verdaderos dictadores. Incluso por actos reflejos, como el hecho de encender un cigarrillo allí donde está prohibido fumar o no se debe fumar.

Mucho se debate sobre si se debe ilegalizar el hecho de fumar en determinados lugares. Yo, personalmente, soy contrario a las prohibiciones. Creo que, en un país occidental y moderno, se debe tener el suficiente civismo como para darse cuenta de ello y pensar, con Sir Ivor Jennings, que no siempre se tiene la razón – o el derecho, añado yo, sin querer enmendarle la plana-.
 Pero para aquellos, más bien despistados – pensemos así piadosamente-, que encienden un cigarrillo sin darse cuenta, lo mismo en una sala de juicios que ante la cama de un moribundo, el poder legislativo tiene que trabajar- hoy por hoy todavía envuelto en humo de cigarrillos y aun de puros- dictando normas, que, esperemos, algún día se cumplan y se hagan cumplir.
 Así el Real Decreto de 5 de marzo de 1982, número 709, sobre publicidad y consumo del tabaco, comienza: “Al objeto de adecuar las diversas normativas existentes a las que, con carácter general, rigen en otros países y en particular los europeos, y cumpliendo el mandato del Congreso de los Diputados, se promulga el presente Real Decreto...”.

 


 

Los derechos de los no fumadores.

En Junio de 1974, la Conferencia Internacional sobre el Tabaco y Salud, proclamó los siguientes derechos de los no fumadores:

  • DERECHO A RESPIRAR AIRE PURO.

  • DERECHO A PROTESTAR, con firmeza pero con educación, cuando un fumador enciende un cigarrillo en un lugar público donde no está permitido fumar.

  • DERECHO A ACTUAR de acuerdo con las leyes de cada país, para conseguir que se extienda la prohibición de fumar a todos los locales públicos.

 El preámbulo se extiende en consideraciones “encomendadas a proteger la salud de los españoles”, y, finalmente, en su artículo establece la prohibición absoluta de fumar en los medios de transporte colectivo urbano, en los centros sanitarios y docentes, y en otros establecimientos públicos donde se deben habilitar ciertas zonas para fumar. En otros transportes públicos, las zonas de fumadores y no fumadores deben estar convenientemente habilitadas y señalizadas.
De esta manera los fumadores “pasivos”, o sea, aquellos que no quieren fumar pero que, a la fuerza, deben inhalar el humo ajeno, se quejan, con razón, de la dictadura de los fumadores activos. Según leí hace poco en una revista, una investigación médica en Alemania para determinar la cantidad de nicotina y gases tóxicos presentes en el aire saturado parcial o  totalmente de humo de cigarrillo, reveló que en esos lugar públicos una persona puede “fumar” sin proponérselo hasta un cigarrillo por hora.
 Creo que es una cuestión de civismo, de educación incluso, el que los fumadores activos respeten el derecho de los pasivos, especialmente en los lugares en los que esté prohibida tal práctica. Hora será de que en los lugares públicos, los trenes, los aviones, etc., la gente se preocupe de no molestar a los demás con sus humos. Y que los responsables de esos lugares y medios hagan cumplir la norma, incluso sin requerirlo para ellos. Recuerdo algún viaje verdaderamente insoportable por esa causa.
 Y lo más gracioso ha sido que, si he intentado abrir un poco la ventanilla, para tener un poco de aire puro y refrigerar los pulmones, todo el mundo ha protestado, mientras aceptaban pacientemente, hasta los no fumadores, el aire casi hediondo de tal mezcla de humos y de alientos. Resulta incomprensible, pero suele ser así. Pensemos, además, en el peligro añadido para los niños.

 

En vista de estas actitudes, tal vez debiera ser aleccionadora la noticia aparecida en El País, de 2 de diciembre de 1985, que comentaba así: “El Tribunal de Seguros de Estocolmo ha dictado una sentencia por la que la Seguridad Social de este país deberá indemnizar a la familia de una mujer llamada Gun Palm, que murió como consecuencia de un cáncer de pulmón tras haber trabajado en una oficina durante  años con compañeros que fumaban, mientras que la fallecida no era fumadora. La cantidad de la indemnización todavía no ha sido fijada. El tribunal sueco estima que el humo procedente de los cigarrillos de los colegas de la persona fallecida contribuyó a minar la salud de la misma e incluso influyó en su muerte. Gun Palm, que murió en 1982, a los 55 años, no fumaba nada, pero trabajó casi veinte años con seis compañeros fumadores.”
Una sentencia ejemplar, aunque, posiblemente, con poca base jurídica en cuestión de pruebas. Ahora bien, no se pude olvidar que el hecho de contaminar el aire puro, que todos tenemos derecho a respirar, debe ser considerado como algo socialmente inaceptable. En Canadá, y algunos otros países socialmente avanzados, el derecho al aire puro del no fumador tiene prioridad sobre el “derecho” del fumador al ensuciarlo.
Recordemos que la costumbre de escupir en público- cosa muy corriente hace nos años cuando había escupideras hasta en los tranvías -, ha  desaparecido en la mayoría de los países, y no solo porque representaba una amenaza para la salud, sino simplemente porque se convirtió en algo “feo” y socialmente inaceptable.
 
 
 

LEYES ANTITABAQUICAS.
En los países más avanzados social y económicamente (EU y los de la CEE, por ejemplo), las leyes fomentan en abandono del tabaco y protegen a la juventud para que no se inicie en su consumo:
· No se permite o se limita la publicidad tabáquica.
· Se impide que se relacione el tabaco con la actividad deportiva.
· Se prohíbe la venta de tabaco a menores de edad.
· Se prohíbe rigurosamente que se fume en lugares públicos cerrados.
· En los transportes públicos colectivos se da preferencia a los no fumadores.
· Médicos, maestros, presentadores de televisión y políticos no pueden fumar en público.
· La venta de tabaco se grava con fuertes impuestos.

Ojalá que este mismo fenómeno se produzca en el caso del fumar y que los ceniceros, pronto, tengan que desaparecer, por inútiles, como desaparecieron por lo mismo los adminículos ante citados.

Daniel Basterra, es doctor en Derecho y colaborador especial de nuestra revista. Ejerce como profesor titular en la Universidad Complutense de Madrid (España). Las leyes a las que alude en su artículo son las de España.


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Última actualización 27/06/2015