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Prácticas culturales sobre siembra de Soya

Suelos y fertilización.

La soya necesita suelos profundos y bien drenados para que su sistema radicular se desarrolle adecuadamente y la planta no sufra períodos prolongados de inundación. El consumo aproximado de nutrientes es de unos 100kg de N, 25kg de P2O5 y 40kg de K2O por cada tonelada de grano producido.

Al igual que las demás leguminosas, la soya obtiene por si misma todo el nitrógeno que necesita, gracias a la capacidad que tienen sus raíces de formar pequeños nódulos en los que se desarrollan bacterias fijadoras del nitrógeno atmosférico (Rhizobium japonicum). Para favorecer el desarrollo de esas bacterias se utilizan normalmente inoculantes, formados por el Rhizobium y un substrato adecuado. Antes de la siembra, se prepara una pasta compuesta de entre 250 y 500g de inóculo, 1 litro de agua y 100 g de azúcar por cada 100kg de semilla. Inmediatamente después se mezclan las semillas con esta pasta y se procede a sembrarlas. Es importante que el sol no incida directamente sobre las semillas inoculadas, ya que ello podría provocar la muerte de las bacterias, y que el suelo esté bien aireado, pues la bacteria no puede fijar el nitrógeno en ausencia del oxigeno. La adición de abono nitrogenado provoca que las bacterias dejen de fijar el nitrógeno atmosférico para pasar a consumir el aplicado al suelo. Este fenómeno se conoce habitualmente con el nombre de hábito perezoso de las bacterias. El pH del suelo debe estar en torno a seis o siete, ya que los suelos excesivamente ácidos impiden el crecimiento bacteriano.

Para verificar en forma práctica la eficacia de la inoculación pueden arrancarse algunas plantas y comprobar la presencia de los nódulos. Si son funcionales, su interior debe presentar un tono entre rojo y rosado.

En los suelos que se van a cultivar por primera vez resulta conveniente aplicar una pequeña dosis de abono nitrogenado para favorecer la absorción del nitrógeno por las plantas durante las primeras fases del desarrollo, mientras se va produciendo la colonización bacteriana de las raíces. En los terrenos en que se ha cultivado soya durante varios años la inoculación puede realizarse uno de cada dos, puesto que las bacterias sobreviven en el suelo cerca de quince años.

Como en la mayoría de los cultivos extensivos, el fósforo y el potasio se aplican sólo en la siembra.

Siembra

La sensibilidad de la soya a la duración del día condiciona la elección de la fecha, el espaciamiento y la densidad de la siembra. La elección de una fecha de sementera adecuada resulta fundamental para garantizar una productividad alta.

En las siembras tempranas son menos pronunciados que en las tardías los efectos de fotoperíodo sobre cultivares con distinta duración de ciclo. Ello se explica por el alargamiento del periodo vegetativo, ya que cada cultivar florece según su sensibilidad al fotoperíodo, característica ésta que permanece invariable. Por ejemplo, si en el hemisferio austral se anticipa a principios de octubre la siembra de un cultivar que florece cuando la longitud del día es de 14h (lo que ocurre alrededor de enero y febrero), la duración del ciclo vegetativo será de 100 a 120 días, aproximadamente. El mismo cultivar, sembrado en noviembre, tendrá entre 60 y 90 días de ciclo vegetativo, puesto que el momento en que se inicia la floración no cambia. Por esta razón, cuando se llevan a cabo siembras tardías deben emplearse, por lo general, cultivares de ciclo largo, ya que, al reducirse el tiempo de que las plantas disponen del periodo vegetativo, éstas crecen menos. Si se utilizasen cultivares de ciclo cortos, el tallo quedaría menos alto y las primeras vainas se encontrarían muy cerca del suelo, por lo que se dificultaría la recolección mecánica. Con los cultivares del ciclo tardío, que generalmente crecen más que los precoces, el efecto de la reducción en altura de las plantas resulta menos grave.

El espaciamiento entre las hileras constituye otro elemento importante en el manejo del cultivo; resulta muy valioso para el productor conocer bien sus efectos. La soya se adapta a distintos espaciamientos y a diversas densidades de siembra sin experimentar grandes modificaciones en su capacidad productiva. En siembras con distancias cortas entre líneas, la planta se ramifica menos y crece más en altura. Si se aumenta la distancia, la ramificación será más abundante, y la altura de las plantas, menor. Además, debe recordarse que en las siembras tempranas la distancia entre líneas debe ser mayor que en las tardías.

El espaciamiento básico del cultivo entre líneas es de 60cm. En las siembras tardías se recomienda la utilización de cultivares de ciclo tardío y reducir la distancia a 40 cm, manteniendo el número de plantas en la línea. De esta manera se consigue que las plantas crezcan y que aumente la altura de inserción de las primeras vainas. Cuando nos movemos entre las doscientas mil y las quinientas mil plantas por hectárea, la soya es capaz de compensar las variaciones en la densidad de siembra sin que se produzcan cambios significativos en el rendimiento. Ello supone que pueden emplearse entre 90 y 120kg de semilla por hectárea. La densidad de siembra más adecuada depende de diversos factores, como la fecha de plantación, el cultivar, la fertilidad del suelo y el régimen de precipitaciones. En los terrenos poco fértiles y en los ligeros se utilizará una dosis de semilla menor que en los suelos ricos o de textura fuerte. Hay que tener siempre en cuenta que una densidad elevada favorece el encamado de las plantas.

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